“Cuando la gente te dice: ‘Mi opinión es tan válida como la de cualquiera’, habría que responderle: no exactamente. Tienes el mismo derecho que cualquiera a dar tu opinión, eso sí. Pero eso no significa que tu opinión tenga el mismo valor en todos los temas. Si estamos hablando de cómo construir un aeropuerto, y tú no tienes formación en esa materia, tu opinión no es tan válida como la de un experto. Si hablamos de cómo levantar una torre, y tú no eres ingeniero, tu opinión tampoco vale lo mismo que la de quien estudió y ejerció esa profesión. Yo, Juan Miguel Zunzunegui, soy doctor en Humanidades. Tampoco puedo opinar con autoridad sobre una torre ni sobre un aeropuerto. Puedo opinar de historia. Es importante que la gente aprenda eso”.
Al escuchar esta reflexión del doctor Zunzunegui en una red social, inmediatamente me vinieron a la mente múltiples conversaciones en las que he participado, donde uno o dos de los presentes empiezan a explicar o dar opiniones sobre salud, medicina, farmacéutica y nutrición. Lo hacen sin tener estudios en ninguna de esas materias y, para colmo de males, con explicaciones erróneas o falsas, sin base de evidencia. Incluso aconsejan a terceros sobre cómo tratar sus enfermedades o les venden productos milagrosos para curas imposibles.
Al escuchar a Zunzunegui, comprendí algo que muchos profesionales vivimos en silencio: no todas las opiniones sobre salud son tan válidas como la de un médico.
Platicando con diversos colegas médicos, todos comentan experiencias similares. En muchos casos, los opinadores sin formación no tienen tapujos ni pena para externar sus ideas, aun sabiendo que hay un médico presente. Mientras tanto, quienes sí son doctos en la materia, con el paso del tiempo y la experiencia, prefieren no corregirlos ni hacer advertencias. Han optado por callar para evitar consecuencias desagradables.
Lo que me pregunto es: ¿por qué sucede esto? ¿Siempre ha sido así?
El origen de estas conductas parece responder a varios fenómenos.
Primero, porque actualmente muchas personas pueden hablar públicamente sin filtros. A esto algunos le llaman “democratización de la palabra”. Cualquiera puede tomar el micrófono, pero no necesariamente posee el conocimiento. Los filtros de antes eran la universidad, el periódico, la academia, el colegio profesional, los libros y los títulos. Hoy cualquiera tiene un teléfono, una red social y una audiencia. Eso tiene aspectos positivos, desde luego. Pero también ha creado la ilusión de que tener voz equivale a tener competencia, con efectos que terminan alcanzando a toda la sociedad.
Segundo, porque muchas personas confunden experiencia personal con conocimiento general. Alguien dice: “A mí me funcionó este suplemento”, “mi vecina se curó con tal cosa”, “yo leí que los medicamentos hacen daño”. Y desde esa vivencia individual saltan a recomendar tratamientos, dietas, fármacos o terapias como si fueran verdades comprobadas. En ocasiones, incluso aconsejan abandonar una prescripción médica, con consecuencias perjudiciales. El problema es que, en salud, una anécdota puede ser emotiva, pero no sustituye años de estudio, fisiología, farmacología, estadística, diagnóstico diferencial y evidencia clínica.
Tercero, porque la medicina y la nutrición despiertan miedo, esperanza y ansiedad. Cuando alguien está enfermo, quiere soluciones rápidas, baratas o gratuitas. Allí entran los opinadores sin formación suficiente, pero con enorme seguridad verbal. A veces no actúan por maldad, sino por ignorancia entusiasta. Otras veces sí hay negocio: productos milagrosos, curas alternativas, dietas extremas, promesas de desintoxicación, rejuvenecimiento o sanación total.
Cuarto, porque el conocimiento experto suele ser prudente, mientras la ignorancia suele ser tajante. El médico dice: “depende”, “hay que evaluar”, “necesitamos exámenes”, “puede haber contraindicaciones”. El desinformado dice: “eso se cura con esto”, “deje esa pastilla”, “los médicos no quieren que usted sepa”, “lo hacen solo para sacarle el pisto”. La seguridad absoluta seduce más que la prudencia científica.
Recuerdo a una colega que decidió construir su casa con un maestro de obras. No quiso afrontar el costo de un ingeniero. Durante el terremoto de 2001, se derrumbó la pared principal del segundo piso. No hubo consecuencias humanas porque sus hijos no estaban en la vivienda.
La ignorancia es tajante, pero también puede ser atrevida.
Y quinto, porque muchos profesionales se han cansado de corregir. Corregir al desinformado puede traer discusiones, acusaciones de arrogancia y frases como: “usted se cree superior”, “los médicos son cerrados”, “cada quien tiene su verdad”. Entonces el médico, el farmacéutico, el nutricionista o el investigador optan por callar. No porque estén de acuerdo, sino porque han aprendido que discutir con la seguridad del ignorante suele ser agotador.
El silencio del experto no siempre es consentimiento; muchas veces es fatiga.
¿Siempre ha sido así? Sí y no.
Siempre ha existido la opinión sin conocimiento. Desde hace siglos ha habido curanderos, charlatanes, remedios mágicos, vendedores de elixires, supersticiones médicas y consejos peligrosos dados con gran convicción. En ese sentido, el fenómeno no es nuevo. La humanidad siempre ha tenido una relación ambigua con el experto: lo busca cuando lo necesita, pero lo desafía cuando el conocimiento contradice sus deseos.
Lo que sí es nuevo es la escala.
Antes, el mal consejo circulaba en una familia, en un pueblo, en una tertulia o en un mercado. Hoy puede circular en TikTok, WhatsApp, Facebook o YouTube y llegar a miles o millones de personas en minutos. Antes el curandero necesitaba una plaza; hoy necesita un anillo de luz, una cámara y una frase pegajosa.
También ha cambiado la actitud cultural frente a la autoridad. Durante mucho tiempo, el médico, el maestro, el sacerdote, el abogado o el ingeniero ocupaban un lugar de respeto casi automático. Eso tenía defectos, porque podía generar abusos o autoritarismo. Pero ahora hemos caído, a veces, en el extremo contrario: sospechar de todo experto solo por ser experto, y creerle más al que habla “como pueblo”, aunque diga barbaridades.
No siempre fue así con esta intensidad. La desconfianza hacia las élites, la saturación de información, las redes sociales, los intereses comerciales y la cultura de “mi verdad” han hecho que el fenómeno sea más visible y más peligroso.
No todas las opiniones valen lo mismo cuando lo que está en juego no es una preferencia, sino una consecuencia. En ingeniería y en salud, una opinión equivocada no solo informa mal: puede retrasar un diagnóstico, suspender un tratamiento, agravar una enfermedad, derribar una estructura o poner vidas en riesgo.
Todos tienen derecho a hablar. Pero no todos tienen autoridad para aconsejar, orientar o prescribir.
¡Hasta la próxima!
Médica, Nutrióloga y Abogada
mirellawollants2014@gmail.com