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Te lo voy a contar

Las sociedades comienzan a perder sus libertades cuando dejan de distinguir entre la verdad y la mentira. La memoria y el lenguaje preservan el pasado. El verdadero triunfo del poder no consiste en controlar a las personas, sino en lograr que desconfíen de la verdad


Lo que hoy gana espacio es un modelo de comunicación política que, en la construcción de sus mensajes, privilegia la mentira.

Paradójicamente, cuando verificar la información es más fácil que nunca y, en principio, lo falso debería tener menos posibilidades de prosperar, ocurre exactamente lo contrario: la mentira se impone con una facilidad sorprendente. Como dice el viejo refrán: «Cuando escuchamos solo a Caperucita Roja, el malo siempre será el lobo».



Usted se preguntará: ¿cómo lo hacen? Lo que sabemos es una gota; lo que ignoramos, un océano.


Primero, mediante la insistencia en la mentira.

Segundo, descalificando a quienes la desmienten.

Tercero, porque la gente prescinde de los intermediarios que podrían acercarla a la verdad.


El gobernante o el político difunden la mentira; el ciudadano no se informa —o simplemente no quiere hacerlo— y termina obteniendo la información directamente de quien miente o de fuentes controladas por él o afines a su causa. Se forma así una ciudadanía dispuesta a aceptar la mentira como verdad, porque esta le permite ver el mundo como desea que sea.


Quienes utilizan este modelo de comunicación recurren sistemáticamente a las medias verdades: muestran una parte de la realidad y esconden la otra. Emplean insinuaciones difundidas a través de medios informativos y la yuxtaposición de imágenes para hacer pasar por verdadero lo que no lo es, dependiendo de cómo las presentan y del ángulo que privilegian. También apelan a la presunción y al sobreentendido. Por ejemplo, si un funcionario es corrupto y existen evidencias en casos emblemáticos, concluyen que todos los funcionarios lo son, aunque ello sea falso.


Evaden e ignoran el contenido de los hechos, manipulan la realidad y afirman únicamente aquello que favorece su narrativa. No permiten que la evidencia interfiera con sus relatos falsos. Convierten lo irrelevante en relevante y atacan o denuncian al adversario sin datos sólidos, elevando hechos insignificantes a la categoría de asuntos centrales.


La censura ya no la ejerce únicamente el gobierno. Hoy también opera a través de redes de miles de ciudadanos manipulados, incapaces de admitir ideas distintas de las suyas y dispuestos a linchar públicamente a quienes sostienen opiniones diferentes. Es una inquisición de carácter popular, impulsada por el poder político y multiplicada por la complicidad del silencio. «No es necesario beber toda el agua del mar para saber que es salada».


El apoyo a la democracia está en picada. A nivel mundial, el 69 % de las personas manifiesta estar insatisfecho con los resultados del sistema político. Hasta hace poco, Estados Unidos era un ejemplo de funcionamiento democrático —sin ser perfecto—, donde ninguno de los poderes del Estado podía abusar de los ciudadanos. Hoy, en el afán de «hacer grande a Estados Unidos otra vez», el país se ha convertido en una mezcla con numerosos ingredientes antidemocráticos, sumados al proyecto continental del presidente Trump, denominado «El escudo de las Américas», acompañado por el coro de países al que ahora se suman Keiko en Perú, De la Espriella en Colombia y, a la espera en Brasil, el hijo de Bolsonaro.


Se descalifican, además, etapas enteras de nuestra historia republicana de manera descarada, juzgando decisiones y hechos del pasado desde la comodidad del presente y con el beneficio de la perspectiva histórica. Además de perverso, este ejercicio resulta equivocado: convierte la política en un instrumento de poder absoluto y artificial, lo que impide ser optimistas respecto del futuro cercano. Todo este proceder fortalece a los enemigos de la democracia, mientras una veintena de jefes de Estado y de Gobierno en el mundo siguen esta modalidad, desmantelando gradualmente la institucionalidad democrática. «El ratón más cobarde arriesga el cuello si el queso es suficientemente grande».


Recordemos nuestro pasado reciente: una democracia que no mejora la vida de la población termina siendo percibida como innecesaria. La principal preocupación de los ciudadanos sigue siendo la economía y el costo de la vida. Sin embargo, esa realidad es compleja y multicausal. Muchas personas ya no piensan en la democracia como solución, ni se les ha logrado convencer de que sigue siendo el mejor camino. La consideran un sistema agotado. Continúan informándose principalmente a través de las redes sociales, lo que no es un asunto menor, pues condiciona la forma de interpretar la realidad: cada vez hay menos argumentos y más consignas, menos reflexión y más polarización. Me recuerda al vendedor de ilusiones: «Tan pronto la moneda suena en el cofre, el alma salta del purgatorio al cielo».


La seguridad constituye una demanda legítima de la población, pero ello no debería justificar la eliminación del disenso ni del debate público. El problema es que, en nuestra realidad, el fanatismo alimentado por la ignorancia impone una única versión de los hechos. Si miramos detrás de la puerta de la historia, la lista de enemigos de la democracia es extensa: la corrupción, los políticos populistas, los partidos sin convicción democrática, los autoritarismos, las autocracias, la fragmentación extrema de los sistemas de partidos, el narcotráfico y las plutocracias que terminan capturando el poder del Estado.


Vivimos en un espejismo político: acudimos a las urnas, pero solo cambian los rostros. El poder permanece concentrado, los problemas de la gente continúan, la autocracia avanza y las promesas se repiten. Nuevas acciones, las mismas mañas. Prometer no es gobernar; es engañar. Ojo: están ocurriendo cosas que ya hemos visto. «La democracia tiene amigos de mentira y enemigos de verdad».


La democracia es mucho más frágil de lo que creemos. Su deterioro comienza desde la base, de forma lenta y silenciosa. Solo advertimos su importancia cuando la hemos perdido. Es como la salud: vivimos sin pensar en ella hasta que nos falta. Eso es precisamente lo que estamos experimentando. Necesitamos normas más exigentes para enfrentar a los enemigos de la democracia. Hoy se espera mucho más de los funcionarios públicos y de los partidos políticos, pero seguimos sin encontrar respuestas. «Quien guarda la bala para un tiro perfecto, muere con el arma cargada».


Las sociedades comienzan a perder sus libertades cuando dejan de distinguir entre la verdad y la mentira. La memoria y el lenguaje preservan el pasado. El verdadero triunfo del poder no consiste en controlar a las personas, sino en lograr que desconfíen de la verdad. La transparencia y la rendición de cuentas no son enemigas de la eficiencia; por el contrario, legitiman las decisiones públicas y reducen los riesgos de corrupción. Sin transparencia, la confianza ciudadana se erosiona. Las cosas deben contarse como son, no como algunos quieren que las contemos. «La felicidad de tu vida depende de la calidad de tus pensamientos».

General (r) de la Fuerza Armada de El Salvador.

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