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¿Qué está pasando en Alemania?

No basta con observar la ola que tenemos enfrente. Hay que intentar descubrir cuál se está formando más lejos y puede terminar alcanzándonos

Desde hace varios meses vengo siguiendo con especial atención las noticias económicas e industriales de Alemania. No por casualidad. Viví y trabajé allí durante diez años, conozco su industria y siempre he admirado su capacidad para fabricar productos de excelente calidad y competir en los mercados internacionales.

Para este seguimiento utilizo principalmente tres medios alemanes. De una manera sencilla, podría decir que BILD me da el titular, Frankfurter Allgemeine me ayuda a analizarlo y Der Spiegel a profundizar en el tema.

Después viene una herramienta que hace algunos años no teníamos: ChatGPT.

Con la inteligencia artificial analizo las noticias, busco antecedentes, contrasto cifras y, sobre todo, trato de relacionar unos acontecimientos con otros. Es un buen ejemplo de cómo utilizar la IA: no para que piense por uno, sino para ayudarnos a investigar, preguntar y comprender mejor.

Y de esas conversaciones surgió una pregunta:

¿Qué está pasando en Alemania?

Todo comenzó con la industria del automóvil.

Volkswagen, Audi, BMW, Mercedes-Benz y numerosos proveedores han venido anunciando reducciones de personal, reestructuraciones, disminuciones de producción y cierres de instalaciones.

Alemania construyó durante décadas una extraordinaria industria alrededor del automóvil. Pero una fábrica de automóviles no está sola. Detrás existen fabricantes de acero, aluminio, fundiciones, piezas mecanizadas, sistemas de dirección, componentes electrónicos, plásticos, maquinaria, transporte, mantenimiento y centenares de proveedores.

Cuando el fabricante reduce su producción, la primera onda alcanza a sus proveedores.

El problema del famoso «tornillito» de Volkswagen, que puede corroerse y afectar al sistema de dirección de cuatro millones de vehículos de Volkswagen, Audi, SEAT y Škoda, constituye un buen ejemplo.

El problema aparentemente está en un tornillo.

Pero ¿quién lo fabricó? ¿Quién suministró el acero? ¿Qué tratamiento recibió? ¿Dónde falló el proceso? ¿Quién realizó los controles? ¿Quién pagará finalmente la factura?

En una cadena industrial, un pequeño problema puede recorrer muchos kilómetros hacia atrás.

Es como una piedra que cae en un estanque.

El impacto comienza en un punto, pero inmediatamente se forman ondas que se alejan y alcanzan lugares que aparentemente nada tenían que ver con la piedra.

Y eso es precisamente lo que estamos observando.

Comenzamos siguiendo problemas de Volkswagen y otros fabricantes. Después aparecieron proveedores automotrices en dificultades. Algunas empresas se declararon insolventes, otras redujeron personal y algunas fábricas terminaron cerrando.

Pero las noticias continuaron.

Empezamos a encontrar insolvencias, cierres y reducciones de empleo en otros sectores: acero, maquinaria, papel, bicicletas, muebles, porcelana, alimentación, panaderías, especias y grandes almacenes.

Naturalmente, sería incorrecto afirmar que todos esos problemas son consecuencia de la crisis del automóvil.

Cada empresa tiene sus propias circunstancias: costos de energía, salarios, competencia internacional, endeudamiento, cambios tecnológicos, caída de la demanda, decisiones equivocadas o, simplemente, un modelo de negocio que dejó de funcionar.

Pero las ondas económicas terminan encontrándose, porque la onda no termina en la puerta de la fábrica.

Cada puesto de trabajo que desaparece significa una persona que pierde sus ingresos y, generalmente, una familia que inmediatamente comienza a revisar su presupuesto.

Se pospone la compra del automóvil. Se cambia menos el mobiliario. Se compra menos ropa. Se aplazan las vacaciones. Se sale menos a restaurantes. Se reparan cosas que antes se sustituían. Se buscan productos más baratos.

Entonces, la onda llega al comercio.

La familia del trabajador de una fábrica también compra pan, muebles, bicicletas, porcelana, ropa y especias; come en restaurantes y compra en grandes almacenes.

Por eso, cada puesto de trabajo perdido puede producir pequeñas ondas adicionales.

Menos empleo significa menos ingresos familiares; menos ingresos producen menos consumo; menos consumo reduce las ventas de otras empresas; menores ventas pueden obligar a reducir personal y, en los casos extremos, terminar en nuevas insolvencias.

Es un círculo que conviene observar cuidadosamente.

Durante las últimas semanas hemos ido recopilando una lista de empresas alemanas que han anunciado insolvencias, cierres de fábricas o reducciones importantes de empleo. También estamos contabilizando los puestos de trabajo implicados.

No todos los casos tienen las mismas causas y debemos evitar conclusiones apresuradas. Pero, cuando las noticias dejan de aparecer solamente en un sector y comienzan a repetirse en muchos otros, vale la pena levantar la vista y observar el panorama completo.

Eso es precisamente lo que estamos haciendo.

No pretendo anunciar una catástrofe ni afirmar que Alemania haya dejado de ser una potencia industrial. Alemania continúa teniendo empresas extraordinarias, trabajadores altamente cualificados, tecnología, infraestructura y una enorme capacidad de recuperación.

Pero también sería un error ignorar las señales.

Cuando voy al muelle de La Libertad y observo las olas del mar, siempre me llama la atención que, después de varias pequeñas, puede aparecer, desde mucho más lejos, una considerablemente mayor.

Con las crisis pasa algo parecido a lo que sucede con las olas del mar: unas vienen detrás de las anteriores.

En las empresas sucede algo parecido.

No basta con observar la ola que tenemos enfrente. Hay que intentar descubrir cuál se está formando más lejos y puede terminar alcanzándonos.

Por eso seguiré preguntándome ¿qué está pasando en Alemania? e intentando encontrar respuestas.

Para quienes quieran profundizar en este tema, en mi blog publicaré el análisis completo, incluida la relación de empresas, sectores, insolvencias, fábricas cerradas y puestos de trabajo afectados:

Pedro Roque

Todo es más fácil y sencillo con sentido común.

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