¡Caramba, cómo pasa el tiempo! Y no lo digo sólo porque ya 2025 se escurrió entre nuestros dedos, sino porque busqué un artículo que escribí y deseaba mencionar en esta ocasión. Encontré que fue publicado bajo el título de «El pastorcillo tonto», el 24/12/1999, ¡hace 26 años! Porque fue en marzo/1999 que inicié como colaboradora de El Diario de Hoy, por lo que agradezco infinitamente la paciencia y apoyo que en todos estos años he recibido para mi columna quincenal. ¡Dios los continúe bendiciendo! Verdaderamente, me emocioné mucho al ver hacia atrás.
Ahora retomo el hilo, porque de nuevo quiero basarme en el mensaje que me dejó ese librito que tanto me gustó. Y lo hago copiando un párrafo de mi artículo ya mencionado:
«Leí un maravilloso librito que comienza así: «Al principio Dios quiso poner un Belén y creó el universo para adornar la cuna». Es un cuento navideño de Enrique Monasterio, «El Belén que puso Dios», y narra cómo la Creación entera fue preparada con esmero, amor y cuidado (tal y como preparamos en estas fechas nuestros «nacimientos» o «belenes») con el único fin de recibir al Hijo de Dios cuando se encarnara e hiciese hombre. Con magistral narrativa e imaginación, el autor describe a los personajes que estuvieron presentes en el gran momento del Nacimiento de Jesús: desde «Oriente», la estrella que guio a los Reyes Magos, hasta «Zabulón», el autodenominado «pastorcillo tonto», quien pese a su debilidad mental, rodea a la Sagrada Familia con infinidad de pequeños detalles y servicios indispensables para paliar la difícil situación que atravesaban. En toda la historia, los personajes bíblicos se mezclan tierna y democráticamente con los personajes imaginarios, dejando al lector este mensaje: nada ni nadie ha sido creado por Dios solamente «porque sí»; todos tenemos una razón de ser, un por qué, una misión que llevar a cabo. Grande o pequeña, importante o sencilla, debemos aceptarla con alegría y cumplirla poniendo en ello toda nuestra capacidad y empeño. Porque, para el plan de Dios, esa misión es imprescindible.»
Y, ese mensaje, precisamente, es el que este año nos deja a cada uno. Porque cuando enfrentamos a diario tantos problemas, cuando vemos a nuestro alrededor cómo se deteriora lo que antes fue valioso (y no me refiero a lo material), cuando constatamos las graves necesidades que tantísimas personas están viviendo, cuando hay realidades que no se arreglan con propaganda, tendemos a pensar que nada podemos hacer, si apenas alcanzamos a resolver nuestras propias necesidades. Pero no es así.
Porque si, a conciencia, cumplimos con nuestras responsabilidades, por sencillas y «silvestres» que éstas sean, estamos prestando los servicios que quizá ningún otro prestaría, dando un poquito de ayuda donde nadie más la ha dado, brindando un poco de esperanza donde todo se veía oscuro. E invitando a mantenernos en pie, cuando ya tantos han abandonado la lucha y se han dado por vencidos.
Dios se ha hecho Niño para decirnos que cada uno, con nuestros defectos y debilidades, quizá somos prescindibles a los ojos de los hombres, pero no a los ojos de Él. Cada quien somos indispensables para realizar una misión única. En estas fechas, esmerémonos en descubrirla y empeñémonos en cumplirla. En eso consiste la verdadera felicidad que tanto nos esforzamos en buscar.
¡Que Dios Niño bendiga infinitamente a El Salvador!
Empresaria