Un problema poco discutido entre nosotros es quiénes y cómo han establecido las apuestas de país en momentos clave de su historia. A veces se tiene la idea de que estos procesos son determinados por los gobernantes (el sesgo presidencialista que nos atolondra); otras, se piensa que el rumbo de país es definido por la clase económica dominante que usa al Estado para defender sus intereses. Hay quienes piensan que solo hemos sido engranajes secundarios de dinámicas que se definen fuera, por ejemplo, nada pasa aquí sin la intervención de los Estados Unidos. Algo de verdad puede haber en esas ideas, pero la realidad es mucho más compleja.
En la historia republicana ha habido dos momentos en que las apuestas de país se han perfilado con claridad y la acción estatal se orientó consistentemente a ellas. El primero se dio en el último tercio del siglo XIX, lo que se ha dado en llamar las reformas liberales y que estuvo marcado por la expansión cafetalera y el fortalecimiento del Estado. El segundo fue a mediados del siglo XX apuntalado en cuatro pilares: industrialización, diversificación de la agricultura, MERCOMUN y modernización estatal. El más consistente y de mayor impacto fue el último.
El último tercio del siglo XIX estuvo marcado por el optimismo, determinado por los cambios en la economía, el logro de una relativa estabilidad política (sobre todo con la constitución de 1886) y un aura de modernidad y progreso, reflejada en ciertos ámbitos: paisaje urbano, ferrocarril, puertos e infraestructura intelectual. Comparado con las carencias e inestabilidad política de mediados de siglo, el panorama general era bonancible.
En ese contexto, los intelectuales salvadoreños finiseculares jugaron un papel importante. En palabras de Edward B. Burns, a medida que “la sociedad se volvía más compleja, surgía la necesidad de política y social de definir a la nación… de explorar, registrar e interpretar sus experiencias pasadas y presentes; y de sugerir rumbos para el futuro”. A esa tarea se dedicaron personajes como David Joaquín Guzmán, Francisco Gavidia, Francisco Esteban Galindo, José Antonio Cevallos y otros. Abrevaron de fuentes de pensamiento diversas: de la Ilustración retomaron una confianza quizá excesiva en la razón. Conocían el liberalismo político y económico; sin embargo, los fracasos políticos del liberalismo federal los volvieron cautos, cuando no escépticos sobre los cambios políticos radicales, pero conservaron su confianza en el liberalismo económico. Admiraban a Darwin y, a través de Herberth Spenser, se aficionaron al evolucionismo social. Por supuesto, los obnubilaba el positivismo; confiaban mucho en la ciencia positiva, esa que, a diferencia de la filosofía especulativa, tenía aplicaciones prácticas inmediatas.
Con las limitaciones y desfases del caso, hacia 1880 El Salvador se veía en la senda del progreso, entendido como la emulación de lo hecho por las naciones del Atlántico norte. De Inglaterra y los Estados Unidos se admiraba los logros de la ciencia y la técnica; de Francia su tradición cultural y civilizatoria.
En noviembre de 1888 se inauguró la Exposición Nacional, de la cual se escogerían las muestras que el país presentaría en la Exposición universal de París del año siguiente. El poeta Vicente Acosta dio el discurso de ocasión, y dijo: «esta fiesta singularísima es la prueba más palmaria de que salimos del estacionarismo para encausarnos en el torrente de las ideas modernas… Significa que se han cerrado para siempre las puertas al atraso, a la indolencia, a la incuria, a la inepcia con todo su cortejo de males, abriendo nuevos horizontes, labrando ancho declive a la industria, al comercio y a la agricultura, significa que de hoy en más la actividad individual ya no luchará con la impotencia, porque la rodea una atmósfera de vida que empieza a desarrollar preciosos gérmenes.» (Diario Oficial, 02/11/1988).
Acosta contrapuso las taras del pasado colonial con las oportunidades que la modernidad ofrecía. Resulta interesante ver cómo su discurso está “contaminado” por la influencia de las ciencias naturales. De modo parecido pensaba David Joaquín Guzmán cuando reflexionaba sobre los indígenas a quienes veía atados al pasado por influencia de las supersticiones y la religión. Guzmán no veía futuro en los indígenas y ponía sus esperanzas en los ladinos, “activos, inteligentes, de perseverancia notable en todo lo que emprenden. Son los que ejercen las artes mecánicas, las industrias liberales y los oficios domésticos”.
Estos intelectuales entendían que el país que se construía exigiría más de unos y no repartiría equitativamente los beneficios. Pragmático, como era, José Antonio Cevallos, lo expresaba con crudeza en “Recuerdos salvadoreños”. Para alcanzar el progreso, las sociedades “necesitan de superiores e inferiores: de elevados y pequeños magistrados que ejecuten y apliquen las leyes para mantener el orden y la paz interior, y de ciudadanos que obedezcan y respeten las providencias que emanaren de la ley escrita. Necesitan de hombres que sirvan a la patria con sus luces y riquezas, y de hombres que hagan lo mismo personalmente, derramando su sangre en beneficio de todos.”
Para Guzmán y Cevallos, indígenas y campesinos estaban lastrados por la superstición, la vagancia y los vicios. No se detenían a pensar de dónde estas provenían y no se esmeraban en buscar alternativas. Según Guzmán, los indígenas estaban condenados a “desaparecer gradualmente en la masa de la civilización actual que es por una parte la suerte reservada á los vestigios espirantes (sic) de otras civilizaciones ya muertas”.
Diferente era la posición de Francisco E. Galindo, también pugnaba por romper con el pasado, pero creía que era posible reivindicar al indígena por medio de la educación; por eso decía “solo ella podrá hacer del indio un ciudadano, despertando la vida que duerme en su corazón y en su cerebro como yace la chispa en el seno del pedernal”. Consecuente con esas ideas, en sus “Elementos de pedagogía” (1887) incluía un capítulo sobre “Colegios agrícolas de indios”.
Ya para las primeras décadas del XX quedaba claro que la caficultura había dinamizado la economía del país, y producido fortunas importantes. Las ideas de los intelectuales no bastaron para atemperar ambiciones. Llama la atención que los salarios agrícolas eran casi los mismos de mediados del siglo (0.25 de colón). Las brechas socioeconómicas se ensanchaban conforme pasaban los años. Surgieron voces críticas; la más dura y elocuente fue la de Alberto Masferrer. El país no logró todo lo que pensaron los intelectuales, pero sus ideas marcaron el rumbo.
Hace rato que El Salvador no tiene un proyecto de desarrollo. El último intento se hizo en la presidencia de Calderón Sol, “Plan de nación” lo llamaron. Era discutible y perfectible; sin embargo, el siguiente gobierno lo desechó sin más. Hoy día se habla mucho de cambio, ruptura, de hacer a El Salvador “un país de primer mundo”, poniendo como vitrina unas cuantas cuadras remozadas del centro histórico, un hospital que ya estaba financiado y diseñado hacia 2018 y otras ocurrencias más. ¿Quiénes están pensando el futuro del país? Seguro no es el rimbombante “Círculo de reflexión política Siglo XXI”, sus ideas apenas alcanzan para aplaudir cualquier cosa que salga del gobierno y atacar a cualquiera que piense y que, producto de ese ejercicio, se atreva a cuestionar al poder establecido.
Pareciera que las grandes decisiones ni siquiera se toman en el gabinete de gobierno. Periodistas que conocen bien el funcionamiento del poder dicen que hay dos círculos de decisión. El primero es familiar, muy cercano al presidente, ahí se define la agenda; más en función de ambiciones familiares y no de intereses de país. El otro está compuesto por asesores venezolanos y mexicanos que operativizan las ideas que surgen del primero. Ministros y jefes de autónomas son simples ejecutores. No hay debate ni consultas, a pesar de que se toman medidas que afectan a toda la población. Se dice que El Salvador ha cambiado mucho, y cierto, ha habido un renacer autoritario que ya lo quisiera Maximiliano Hernández Martínez. La gran duda es ¿hacia dónde dirigen al país? De tenerlo, claro ¿cuáles serán sus apuestas estratégicas? Más importante, ¿Esas apuestas beneficiarán a quiénes?
Historiador, Universidad de El Salvador