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Nuevos modales, mismos deseos

Hemos avanzado. El lenguaje cambió. La representación cambió. Muchas conversaciones cambiaron. Nuestros reflejos, quizá, son más tercos.

ALEJANDRA GAVIDIA, COLUMNISTA DE EL DIARIO DE HOY thumbnail

Nos volvimos bastante educados hablando de cuerpos. Aprendimos que no debemos comentar el peso ajeno, que la belleza existe en todas las tallas, que adelgazar no siempre significa estar saludable y que nadie debería sentirse obligado a modificar su cuerpo para merecer respeto. Una evolución maravillosa. Solo quedó un pequeño detalle pendiente: seguimos poniéndonos extraordinariamente felices cuando alguien adelgaza.

No solo decimos “qué bueno que bajaste de peso”. Somos gente evolucionada. Ahora decimos “¡qué increíble te ves!”, “estás espectacular”, “¿qué estás haciendo?” o mi favorita: “se te nota un montón”.

Y ahí aparece una contradicción bastante divertida. Hemos aprendido que todos los cuerpos son igualmente dignos, pero algunos cambios corporales siguen provocando una cantidad sospechosamente mayor de entusiasmo. Nadie llega a una reunión después de subir ocho kilos y recibe un comité espontáneo de felicitaciones preguntándole cuál es su secreto. Qué raro, ¿no?

Durante los últimos años hablamos muchísimo de body positivity, diversidad corporal y representación. Vimos cuerpos distintos en campañas, aprendimos a cuestionar estándares imposibles y hasta empezamos a sentir cierta vergüenza al recordar las revistas que analizaban si una actriz había cometido el crimen de tener celulitis.

Todo eso importa. Muchísimo. Pero una cosa es aprender qué no debemos decir y otra bastante distinta dejar de pensar lo que nos enseñaron durante décadas. Porque la delgadez nunca se fue del todo. Simplemente aprendimos a hablar de ella con mejores modales.

Ya no siempre decimos “quiero estar flaca”. Decimos que queremos “sentirnos más ligeras”, “desinflamarnos”, “marcarnos”, “volver a nuestra mejor versión” o “estar saludables”. Y, por supuesto, muchas veces eso es exactamente lo que queremos. Cuidar la salud, hacer ejercicio o perder peso no tiene nada de reprochable.

Pero resulta curioso que nuestra “mejor versión” tenga una extraordinaria tendencia a pesar menos.

También aprendimos algo todavía más sofisticado: a no juzgar los cuerpos ajenos mientras seguimos juzgando ferozmente el nuestro. Podemos defender con absoluta sinceridad que una mujer de cualquier talla es preciosa y, cinco minutos después, entrar en crisis porque nuestros propios jeans talla 8 aprietan. Todos los cuerpos son hermosos. El nuestro, aparentemente, está sujeto a términos y condiciones.

Y no creo que eso nos convierta automáticamente en hipócritas. Sería demasiado sencillo reducirlo a ello. Los ideales de belleza no desaparecen porque intelectualmente decidamos que son injustos. Uno puede entender perfectamente que la delgadez no determina el valor de una persona y seguir sintiendo una pequeña descarga de satisfacción cuando la báscula marca menos.

Las contradicciones también caben en nuestros cuerpos. Lo interesante es observar qué seguimos premiando.

A quién llamamos “disciplinada”. Qué transformación se vuelve inspiradora. Qué fotos reciben el “wow”. Qué cuerpo asociamos con haberse “dejado” y cuál con haberse “puesto las pilas”. Porque quizá dejamos de decir algunas cosas, pero nuestros aplausos siguieron hablando perfectamente.

Y los aplausos importan porque también educan. Aprendemos muy rápido qué transformación merece celebración y cuál merece silencio. Una persona puede recibir más comentarios positivos sobre su cuerpo en tres meses de pérdida de peso que en años enteros habitándolo. No hace falta que nadie diga que estar más delgada es mejor. A veces basta con observar cuándo aparecen los cumplidos.

Ahora que determinados cuerpos extremadamente delgados vuelven a ocupar espacios de moda y cultura, la conversación resulta todavía más incómoda. No porque exista algo malo en ser naturalmente muy delgada —sería bastante absurdo combatir un estándar corporal atacando otro cuerpo—, sino porque conocemos demasiado bien la diferencia entre que un cuerpo exista y que una sociedad lo convierta en aspiración.

Ahí conviene mirarnos sin demasiada superioridad moral. No necesitamos regresar a la época en que una revista podía llamar “gorda” a una mujer perfectamente saludable para reconocer que tampoco hemos llegado a esa utopía donde el tamaño dejó de importar.

Hemos avanzado. El lenguaje cambió. La representación cambió. Muchas conversaciones cambiaron. Nuestros reflejos, quizá, son más tercos.

Así que la próxima vez que digamos que todos los cuerpos son igualmente válidos, no hace falta dejar de decirlo. Ojalá sigamos diciéndolo. Pero podríamos prestar atención a dónde ponemos el aplauso. Porque llevamos años diciendo que el número de la báscula no define a nadie y, curiosamente, todavía sabemos exactamente cuándo aplaudirlo: cuando baja.

Alejandra Gavidia
Consultora política y Miss Universo El Salvador 2021

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