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Nicaragua, una dictadura sin tapujos

El perfil psicológico del matrimonio Ortega-Murillo es inquietantemente parecido al de los Ceaușescu: implacables y adictos al culto a la personalidad. La extraña pareja ejerce una suerte de reinado feudal y absolutista

Daniel Ortega no es amigo de las sutilezas. El gobernante nicaragüense siempre ha sido rudo en las formas y el fondo. Cuando los sandinistas derrocaron al dictador Anastasio Somoza en 1979, el Frente Sandinista de Liberación Nacional se estrenó en el poder con una revolución de corte comunista que pretendía sustituir un régimen despótico con otro modelo autoritario. En aquel entonces, ya daban mala espina las imágenes de los revolucionarios celebrando en la ostentosa bañera del búnker presidencial, muy al estilo de los guerrilleros cubanos que en 1959 tumbaron a Fulgencio Batista, lo cual no fue difícil porque Batista simplemente huyó cargado de maletas con dinero para asegurarse un exilio mullido.

En su ya prolongada segunda etapa al mando del país, Ortega ha anunciado que “No volverá a haber elecciones en Nicaragua”. Tan ominoso anuncio lo hizo junto a su esposa, la copresidenta Rosario Murillo, en la celebración del 47 aniversario del triunfo de la revolución sandinista. Desde hace tiempo este matrimonio, que en inglés se define como un power couple, emula a Nicolae y Elena Ceaușescu, otra pareja que en Rumanía ejerció el poder cruelmente durante más de dos décadas. El dúo rumano estaba al frente de un estado policiaco que encarcelaba y hacía desaparecer a los opositores, algo que ha calcado el binomio Ortega-Murillo, con un largo haber de presos políticos y asesinados, sobre todo durante la oleada represiva que desataron en las fraudulentas elecciones de 2021, con los rivales políticos amordazados o condenados al destierro.


A sus ochenta años y con una salud renqueante, Daniel Ortega lanza sin tapujos una advertencia que se veía venir, pues el año pasado el gobierno aprobó una reforma constitucional que postergaba las elecciones presidenciales hasta 2027. Escudándose en que actualmente Washington ejerce una política de injerencia en América Latina, lo que el presidente Donald Trump denomina la “doctrina Donroe”, Ortega recurre al cansino playlist castrista: los opositores son unos “vendepatrias” al servicio de los intereses “yanquis”. De lo que se trata es de acorralar a la oposición democrática, cuyas figuras están en el exilio o silenciadas en su país. Gran parte de la intelectualidad nicaragüense vive en el exterior a causa de la persecución de la que ha sido objeto, como es el caso de los escritores Sergio Ramírez y Gioconda Belli, quienes en su día rompieron con el sandinismo por la deriva autocrática del régimen.

Resulta paradójico que los Ortega-Murillo decidan atrincherarse en la línea dura estalinista cuando su modelo a seguir –el que impusieron Fidel y Raúl Castro en Cuba hace casi 70 años– vive su ocaso más estrepitoso, por el agotamiento del castrismo y con el trumpismo pisándole los talones para que el régimen de La Habana acabe de implosionar. No solo su aliado cubano da las últimas boqueadas. En la vecina Venezuela otro antiguo aliado, el también fracasado chavismo, ahora se recicla bajo la tutela de Estados Unidos con una cúpula que acata sin rechistar los dictados desde Washington que marca el secretario de Estado de Estados Unidos, el cubanoamericano Marco Rubio, quien también tiene en la mirilla al díscolo matrimonio que rige el destino de los nicaragüenses. Después del anuncio de Ortega, Rubio ha declarado que “Estados Unidos no se quedará de brazos cruzados” frente al recrudecimiento de la represión en el país centroamericano.

¿Será que el octogenario líder sandinista se inclina por un final de régimen apocalíptico que se aparta de las negociaciones de los cubanos con Washington y de la perruna obediencia de Delcy Rodríguez en Venezuela con el afán de salvar el pellejo? El perfil psicológico del matrimonio Ortega-Murillo es inquietantemente parecido al de los Ceaușescu: implacables y adictos al culto a la personalidad. La extraña pareja ejerce una suerte de reinado feudal y absolutista.

La dictadura de Nicolae y Elena Ceaușescu acabó en 1989 con una revuelta popular que dio paso a la ejecución de la sanguinaria pareja el 25 de diciembre, como en un violento Cuento de Navidad. En su huida hacia adelante, los Ortega-Murillo exhortan a un final que arrastra a todo el país a salidas extremas con su “jamás, jamás, jamás” para fulminar cualquier atisbo de cambio. Hay revolucionarios que nunca aprenden de sus errores y crímenes. [©FIRMAS PRESS]

Gina Montaner (La Habana, 1960). Periodista y escritora.  Desde hace más de cuatro décadas publica una columna semanal en el Nuevo Herald  y en  diversos periódicos en América Latina. Su libro más reciente es Deséenme un buen viajeMemorias de una despedida (Planeta 2024). En 2009 publicó la novela La mala fama (Plaza y Janés) y en 2006 coordinó y prologó Un día sin inmigrantes (Grijalbo).

*Twitter: ginamontaner

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