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Los que no nos escondimos

Cuando las calles quedaron vacías y las puertas se cerraron, hubo un sector que no tuvo la opción de refugiarse. Médicos, enfermeras, laboratoristas, personal de limpieza, camilleros, técnicos, conductores de ambulancia y trabajadores de la salud acudieron cada día a hospitales y unidades de salud sin saber con certeza qué encontrarían al final de cada jornada

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Porque fuimos capaces de hacerlo entre nosotros mismos, como trabajadores de la salud salvadoreños, así como enfrentamos la pandemia hemos sido capaces de alcanzar grandes hazañas en el mundo de la medicina con talento y esfuerzo nacional. Son muchos los logros que han quedado en el olvido, pero me referiré al más reciente:

Hay capítulos de la historia que no deberían archivarse en la comodidad del olvido. La pandemia de #COVID_19 es uno de ellos. No por las cifras, no por las conferencias de prensa, no por los discursos oficiales, sino por los hombres y mujeres que estuvieron donde el miedo era más grande: frente a la enfermedad, frente al sufrimiento y frente a la muerte.


Cuando las calles quedaron vacías y las puertas se cerraron, hubo un sector que no tuvo la opción de refugiarse. Médicos, enfermeras, laboratoristas, personal de limpieza, camilleros, técnicos, conductores de ambulancia y trabajadores de la salud acudieron cada día a hospitales y unidades de salud sin saber con certeza qué encontrarían al final de cada jornada.

La población veía estadísticas. Nosotros veíamos rostros.

Veíamos a pacientes que llegaban buscando aire. Veíamos familias separadas por protocolos inevitables. Veíamos el cansancio acumulado en colegas que trabajaban jornadas interminables. Veíamos la incertidumbre de una enfermedad nueva que obligaba a modificar protocolos, tratamientos y conocimientos casi cada semana.

Muchos profesionales de la salud regresaban a sus hogares con el temor de convertirse en el vehículo involuntario que llevara el virus a sus padres, esposos, esposas o hijos. Otros optaron por aislarse de sus propias familias durante semanas. Algunos enfermaron. Algunos quedaron con secuelas permanentes. Algunos no regresaron jamás.

Ese sacrificio no pertenece a una institución, a un gobierno ni a una bandera política. Pertenece a la historia nacional.

Por eso, el pueblo salvadoreño no debe olvidar quiénes estuvieron en la primera línea cuando la incertidumbre dominaba al mundo. No se trata de pedir homenajes eternos ni reconocimientos exagerados. Se trata de memoria. Una sociedad que olvida a quienes la sostuvieron en sus momentos más difíciles corre el riesgo de perder la dimensión humana de su propia historia.

La gratitud no es un acto de cortesía; es un acto de justicia. Justicia para quienes trabajaron detrás de una mascarilla durante horas interminables. Justicia para quienes consolaron a pacientes cuando sus familias no podían estar presentes. Justicia para quienes hicieron mucho más de lo que exigían un contrato o un salario.

La pandemia dejó cicatrices profundas en El Salvador y en el mundo. Pero también dejó una lección que no debería borrarse: cuando el miedo paralizó a la sociedad, hubo médicos, enfermeras y personal de salud que avanzaron en dirección contraria.

Los pueblos que olvidan a quienes los defendieron en la emergencia terminan perdiendo la memoria de su propia dignidad.

Médico.

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