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Los Maestros: sembradores de eternidad

Por eso, en este mes que se celebra el Día del Maestro, además de felicitarlos, quizás también deberíamos ofrecerles una disculpa colectiva. Perdón por los apodos. Perdón por las bromas. Perdón por las conversaciones interminables durante las clases. Perdón por las tareas olvidadas. Perdón por las excusas imposibles de creer. Perdón por todas aquellas ocasiones en las que pusimos a prueba una paciencia que parecía no tener límites. Y, sobre todo, gracias por no rendirse. Gracias por seguir enseñando a pesar de nuestras travesuras. Gracias por ver potencial donde nosotros solo veíamos diversión

Jaime Ramírez Ortega

Cada año, cuando llega el Día del Maestro, abundan los mensajes de agradecimiento, los actos conmemorativos y las expresiones de reconocimiento hacia quienes han dedicado su vida a la enseñanza. Sin embargo, quienes alguna vez fuimos alumnos sabemos que existe una realidad que pocas veces se menciona en los discursos oficiales: ser maestro es probablemente una de las profesiones más difíciles del mundo. No solamente porque implica transmitir conocimientos, preparar clases, corregir exámenes y formar nuevas generaciones, sino porque exige una capacidad extraordinaria para sobrevivir diariamente a la creatividad, las ocurrencias y, en ocasiones, la maldad inocente de los estudiantes.

Si existiera una carrera universitaria para aprender a soportar alumnos, muchos maestros tendrían doctorados, maestrías y varios postdoctorados acumulados a lo largo de su trayectoria profesional. Cuando el apóstol Pablo escribió: “El que es enseñado en la palabra, haga partícipe de toda cosa buena al que lo instruye” (Gálatas6:6), seguramente estaba pensando en la gratitud que debemos mostrar hacia quienes nos enseñan. Y cuánta razón tenía. Con el paso de los años uno comprende que los maestros merecen mucho más que un simple reconocimiento anual. Merecen gratitud permanente por todo lo que tuvieron que soportar mientras intentaban convertir un grupo de niños, adolescentes o jóvenes distraídos en personas útiles para la sociedad.


Porque si algo caracteriza a los estudiantes, especialmente durante la adolescencia, es su extraordinaria capacidad para convertir cualquier situación normal en una fuente inagotable de entretenimiento. Una de las tradiciones estudiantiles más antiguas y universales es la creación de apodos para los maestros. Este fenómeno ocurre en prácticamente todas las escuelas, colegios y universidades del mundo. No importa cuán distinguido sea el nombre del profesor, cuánto prestigio académico posea o cuántos títulos universitarios cuelguen de la pared de su oficina, para los alumnos, tarde o temprano terminará siendo identificado por algún sobrenombre que generalmente no guarda ninguna relación con su nombre verdadero. Bastan unos cuantos días de observación para que los estudiantes detecten algún rasgo físico, alguna costumbre peculiar o algún detalle insignificante que servirá de inspiración para bautizarlo de por vida. Y lo más impresionante es la velocidad con que estos apodos se difunden. Nadie sabe exactamente quién los inventó, pero en cuestión de días toda la institución educativa los conoce.

Incluso estudiantes que jamás han recibido clases con determinado profesor terminan identificándolo exclusivamente por el sobrenombre que le asignaron generaciones anteriores.

Lo verdaderamente admirable es que muchos maestros saben perfectamente cuáles son los apodos que les han puesto. Han escuchado suficientes carcajadas cuando pasan por los pasillos, han observado suficientes miradas cómplices y han detectado demasiadas conversaciones interrumpidas repentinamente cuando se acercan al grupo como para ignorar lo que está ocurriendo.

Sin embargo, continúan impartiendo sus clases con una dignidad admirable, como si nunca hubieran escuchado que algún grupo de alumnos decidió rebautizarlos utilizando referencias a personajes de películas, animales, caricaturas o cualquier otra comparación que la imaginación estudiantil haya considerado apropiada.

Pero los apodos son apenas una parte de la experiencia docente. También están las excusas. Si existiera un campeonato mundial de invención de excusas, los estudiantes probablemente dominarían todas las categorías. Los maestros han escuchado historias tan extraordinarias que podrían llenar varios volúmenes de literatura fantástica.

Durante décadas han recibido explicaciones relacionadas con perros que misteriosamente devoran tareas escolares, hermanos menores que destruyen proyectos terminados, apagones oportunamente ocurridos la noche anterior a la entrega de trabajos, inundaciones selectivas que únicamente afectan determinados cuadernos y toda clase de acontecimientos extraordinarios que parecen perseguir exclusivamente a los alumnos menos aplicados. Lo curioso es que estas historias suelen repetirse generación tras generación, como si existiera un manual secreto que los estudiantes heredan donde aparecen catalogadas las excusas más utilizadas de la historia académica.

Y qué decir de aquellos estudiantes que descubren repentinamente el valor de la educación cuando ya no queda tiempo para recuperar el año escolar. Durante meses ignoran tareas, exámenes, advertencias y llamados de atención. Sin embargo, cuando aparece la amenaza real de reprobar una materia, experimentan una transformación sorprendente. De pronto desarrollan un profundo interés por el aprendizaje, recuerdan el nombre completo del profesor, llegan puntualmente a clases y muestran una disposición admirable para realizar cualquier actividad que les permita mejorar sus calificaciones.

Es entonces cuando se acercan al escritorio del maestro con una sonrisa cuidadosamente elaborada y una pregunta que ha sido formulada por estudiantes desde tiempos inmemoriales: “Profe, ¿no habrá alguna forma de ayudarme a pasar?”. En esos momentos, el docente debe librar una batalla interna entre la misericordia y la realidad matemática que reflejan las notas acumuladas durante todo el período académico. Sin embargo, detrás de todas estas anécdotas existe una verdad mucho más profunda. Los maestros continúan enseñando porque comprenden algo que los alumnos todavía no alcanzan a entender.

Saben que detrás de cada travesura existe una persona en formación. Saben que detrás de cada acto de inmadurez se encuentra alguien que todavía está construyendo su carácter. Comprenden que la misión de educar no consiste únicamente en transmitir información, sino en moldear seres humanos. Por eso corrigen, orientan, aconsejan y vuelven a explicar una misma lección tantas veces como sea necesario. Lo hacen porque entienden que están sembrando semillas que posiblemente darán fruto muchos años después.

Con el paso del tiempo ocurre algo extraordinario. Aquellos alumnos que parecían más distraídos, más inquietos o más difíciles de controlar terminan convirtiéndose en profesionales, empresarios, médicos, ingenieros, abogados, pastores, maestros o padres de familia. Y entonces descubren una verdad que jamás imaginaron durante sus años estudiantiles. Descubren que muchas de las enseñanzas que recibieron permanecen vivas en su memoria. Tal vez olvidaron fórmulas matemáticas, fechas históricas o definiciones académicas, pero recuerdan perfectamente a aquel maestro que creyó en ellos cuando nadie más lo hacía.

Recuerdan a la maestra que les enseñó disciplina, responsabilidad y perseverancia. Recuerdan a quienes los impulsaron a superarse cuando ellos mismos dudaban de sus capacidades. Y es precisamente en ese momento cuando comprendemos plenamente el sentido de las palabras de Pablo. Quienes hemos sido enseñados tenemos una deuda de gratitud con quienes nos instruyeron. Porque si hoy somos hombres y mujeres de bien, si hemos alcanzado metas personales y profesionales, si podemos contribuir positivamente a la sociedad, es porque en algún momento de nuestra vida hubo maestros que dedicaron tiempo, esfuerzo y paciencia para ayudarnos a crecer. Ellos sembraron conocimiento, valores y principios cuando apenas comenzábamos a construir nuestro futuro.

Por eso, en este mes que se celebra el Día del Maestro, además de felicitarlos, quizás también deberíamos ofrecerles una disculpa colectiva. Perdón por los apodos. Perdón por las bromas. Perdón por las conversaciones interminables durante las clases. Perdón por las tareas olvidadas. Perdón por las excusas imposibles de creer. Perdón por todas aquellas ocasiones en las que pusimos a prueba una paciencia que parecía no tener límites. Y, sobre todo, gracias por no rendirse. Gracias por seguir enseñando a pesar de nuestras travesuras. Gracias por ver potencial donde nosotros solo veíamos diversión.

Gracias por sembrar en nuestras vidas aun cuando muchas veces parecía que la semilla caía sobre terreno difícil. Al final, los maestros son verdaderos sembradores de eternidad. Su influencia trasciende las paredes de un aula y se extiende a través de generaciones enteras. Cada profesional exitoso, cada ciudadano responsable y cada persona que aporta algo positivo a la sociedad lleva consigo la huella de algún maestro que un día decidió dedicar su vida a enseñar. Y si algo merece celebrarse en este Día del Maestro, no son únicamente los conocimientos que transmitieron, sino la extraordinaria capacidad que tuvieron para soportarnos, corregirnos, guiarnos y, a pesar de todo, seguir creyendo en nosotros.

¡Feliz Día del Maestro! Porque si existe una profesión que combina conocimiento, vocación, paciencia, valentía y una dosis considerable de heroísmo, sin duda alguna es la de quienes aceptaron la difícil misión de educar generaciones enteras de alumnos que, aunque no siempre lo demostramos en aquel momento, terminamos profundamente agradecidos por todo lo que hicieron por nosotros.

Abogado y teólogo.

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