Este Día del Trabajo no debería limitarse a celebrar el empleo. Debería incomodar lo suficiente como para preguntarnos bajo qué condiciones están trabajando las mujeres. Y qué estamos haciendo, desde donde estamos, para cambiarlo.
Este Día del Trabajo no debería limitarse a celebrar el empleo. Debería incomodar lo suficiente como para preguntarnos bajo qué condiciones están trabajando las mujeres. Y qué estamos haciendo, desde donde estamos, para cambiarlo.
La vi en silencio, como pasan las historias que de verdad importan: sin anuncio. Era una mujer en un restaurante, de esas que parecen multiplicarse entre mesas, pedidos y sonrisas obligadas. Su hijo estaba ahí también. No como cliente, no como visitante, sino como parte de su jornada. Había estado jugando en una esquina hasta que, en un gesto tan natural como contundente, se acercó a ella y comenzó a ayudarle a levantar los platos. No hubo instrucciones. Solo entendimiento.
Ello no se detuvo a explicarle nada. Siguió trabajando. Él la siguió. Y en ese pequeño acto se reveló algo más grande que cualquier discurso: hay infancias que aprenden demasiado pronto lo que significa sostener la vida desde el esfuerzo.
Este Día del Trabajo, esa escena resume una realidad que muchas veces pasa inadvertida: el trabajo de las mujeres no solo sostiene economías, sostiene hogares, futuros y, en muchos casos, generaciones completas.
Según datos de ONU Mujeres, a nivel global las mujeres realizan al menos 2.5 veces más trabajo de cuidado no remunerado que los hombres. Esto incluye tareas domésticas, crianza y atención a dependientes. Es trabajo invisible, pero esencial. Y cuando se suma a un empleo formal o informal, la carga se vuelve doble.
En América Latina, la situación no es distinta. La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) ha señalado que una gran proporción de mujeres trabaja en condiciones de informalidad, sin acceso a seguridad social ni estabilidad laboral. Es decir, trabajan más y con menos garantías.
Y, aun así, llegan. Cumplen. Resuelven. Como la mujer del restaurante, que no tiene la opción de detenerse porque detenerse implica que algo más se cae: el ingreso, la comida, la escuela del hijo.
El niño que levantaba platos no estaba “ayudando” únicamente. Estaba adaptándose a una realidad donde el cuidado no siempre tiene relevo. Donde muchas madres no cuentan con redes de apoyo, ni políticas públicas suficientes que les permitan equilibrar trabajo y crianza.
ONU Mujeres también advierte que las mujeres con hijos pequeños tienen tasas de participación laboral significativamente menores que aquellas sin hijos. No por falta de capacidad, sino por la sobrecarga de responsabilidades que el sistema aún no distribuye de forma equitativa.
En países como El Salvador, esta realidad se siente con más fuerza. Muchas mujeres lideran hogares monoparentales, lo que implica ser proveedoras, cuidadoras y, muchas veces, el único sostén emocional. No es una narrativa de sacrificio romántico, es una estructura que exige más de lo que devuelve.
Sin embargo, hay una resistencia silenciosa en cada jornada cumplida. En cada turno extendido. En cada niño que espera en una esquina mientras su madre termina de limpiar una mesa. Es una resistencia que no siempre se reconoce en cifras, pero que sí debería reflejarse en decisiones.
Hablar de trabajo digno para las mujeres no es solo hablar de salario. Es hablar de acceso a guarderías, horarios flexibles, protección social y corresponsabilidad. Es entender que la productividad no puede construirse sobre el desgaste permanente.
Porque detrás de cada mujer que trabaja, muchas veces hay una historia que no se cuenta: la del cansancio acumulado, la del tiempo que no alcanza, la de los sueños que se posponen. Pero también está la historia de la determinación que no se negocia.
Ese niño que levantaba platos no solo estaba viendo a su madre trabajar. Estaba aprendiendo, quizás sin saberlo, el valor del esfuerzo, pero también —y aquí está el reto— lo que significa crecer en un mundo que todavía no reparte las cargas de forma justa.
Este Día del Trabajo no debería limitarse a celebrar el empleo. Debería incomodar lo suficiente como para preguntarnos bajo qué condiciones están trabajando las mujeres. Y qué estamos haciendo, desde donde estamos, para cambiarlo.
Porque reconocerlas no basta. Hay que sostenerlas.
Consultora de comunicaciones y emprendedora
2026 – Todos los derechos reservados
La realidad en tus manos
Fundado en 1936 por Napoleón Viera Altamirano y Mercedes Madriz de Altamirano.
Facebook-f Instagram X-twitter11 Calle Oriente y Avenida Cuscatancingo No 271 San Salvador, El Salvador Tel.: (503) 2231-7777 Fax: (503) 2231-7869 (1 Cuadra al Norte de Alcaldía de San Salvador)
📞 +503 7854 0662
✉️ anunciate@elsalvador.com