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Las deudas derrumban, pero Dios te sostiene

Por eso, a quienes hoy sienten el peso de las deudas, la angustia de no poder cumplir y la presión de una sociedad que juzga sin entender, este mensaje debe resonar con fuerza: no se rindan, no se avergüencen, no se escondan. Levántense con dignidad, aun cuando cueste. Sigan luchando, aun cuando el panorama sea incierto. Sigan creyendo, aun cuando no vean resultados inmediatos. Porque esta no es la última página de su historia. Aún hay propósito, aún hay camino, aún hay salida.

En tiempos cuando la economía golpea con dureza, cuando la incertidumbre se instala en los hogares y donde el trabajo —fuente legítima de sustento— desaparece sin previo aviso, miles de personas viven bajo el peso silencioso de las deudas. No se trata únicamente de números en una cuenta ni de obligaciones contractuales que deben cumplirse; se trata de vidas, de familias, de historias profundamente humanas marcadas por la pérdida, la angustia y, muchas veces, por el juicio implacable de una sociedad que no siempre comprende ni tiene incorporada la empatía.

Hoy es necesario decirlo con claridad, con firmeza y con sentido de justicia: no toda persona que no paga una deuda es irresponsable, ni mucho menos deshonesta. Existe una diferencia profunda —ética, humana y jurídica— entre quien actúa con dolo desde el inicio para defraudar, y quien, habiendo asumido un compromiso legítimo, se ve imposibilitado de cumplirlo por circunstancias sobrevenidas que escapan a su control. Esta distinción no es un detalle menor; es el punto de partida para entender la realidad de miles de salvadoreños que hoy no pueden pagar, no porque no quieran, sino porque simplemente no pueden.

Y es precisamente en este punto donde la pérdida de la fuente de ingreso adquiere una dimensión dramática. Nadie planifica quedarse sin trabajo; nadie construye su vida pensando en el colapso. Sin embargo, la realidad es implacable: empresas que cierran o reducen personal por crisis económicas, despidos estatales por supresión de plazas, negocios que no logran sostenerse ante mercados inestables, enfermedades que obligan a abandonar la actividad laboral, accidentes que limitan la capacidad productiva, migraciones forzadas en busca de sobrevivencia.

Responsabilidades familiares inesperadas que absorben todo el tiempo y los recursos, transformaciones tecnológicas (IA) que dejan obsoletos ciertos oficios, e incluso contextos de inseguridad que obligan a abandonar una fuente de ingreso para preservar la vida. Todo esto no son excusas; son circunstancias reales que desbordan la voluntad humana y que colocan a la persona en una situación de vulnerabilidad extrema.

Detrás de cada deuda insolvente hay una historia que no se cuenta, una lucha silenciosa que no aparece en los estados de cuenta. Hay un padre que ya no puede sostener a sus hijos como antes. Una madre que multiplica esfuerzos en la informalidad para sobrevivir, un joven que ve truncados sus proyectos académicos por la falta de oportunidades. Hay noches de insomnio, cálculos imposibles, decisiones desgarradoras entre pagar una cuota o alimentar a la familia. Y aun en medio de ese escenario, hay algo que permanece intacto: la dignidad. El problema no es únicamente económico; es también profundamente social y moral. Se ha instalado un discurso simplista y peligroso que etiqueta a todo deudor como “tramposo” o “estafador”, sin detenerse a comprender las circunstancias que hay detrás.

Ese juicio, además de injusto, es deshumanizante. Es fácil hablar desde la estabilidad, desde una posición donde no se ha sentido la angustia de no tener ingresos. Pero la verdadera justicia no se construye desde la comodidad, sino desde la empatía, desde la capacidad de comprender que no todos parten de las mismas condiciones ni enfrentan las mismas cargas. Sí, es cierto que existen personas que actúan con mala fe al adquirir créditos con intención de no pagar. Esa realidad no se puede negar. Pero tampoco puede convertirse en el lente a través del cual se juzga a todos.

Generalizar es una forma de injusticia, y cuando se pierde la capacidad de distinguir entre el fraude y la necesidad, entre el dolo y la desgracia, se pierde también el sentido mismo de lo justo. La gran mayoría de quienes hoy están en mora no lo están por decisión, sino por imposibilidad. Quieren pagar, desean cumplir, anhelan honrar su palabra, pero se enfrentan a una verdad ineludible: sin ingresos no hay capacidad de pago. Frente a esta realidad, la respuesta no puede ser únicamente técnica o legal; debe ser también humana y espiritual. Porque cuando las puertas se cierran, cuando la carga se vuelve insoportable y cuando el futuro parece incierto, es ahí donde la fe se convierte en un ancla firme.

No como un escape de la realidad, sino como una fuerza que sostiene en medio de ella. La Palabra de Dios lo expresa con una claridad poderosa: “Echa sobre Jehová tu carga, y Él te sustentará; no dejará para siempre caído al justo” (Salmos 55:22). Esta promesa no es un recurso retórico; es una verdad que ha sostenido a innumerables personas en medio de las crisis más profundas. Perder el empleo no significa perder el valor. No poder pagar una deuda no significa perder la dignidad. El valor de una persona no está en su capacidad económica, sino en su esencia, en su integridad, en su esfuerzo por seguir adelante aun cuando las circunstancias son adversas.

Es necesario recordar que esta etapa, por más difícil que sea, no es definitiva. Es un proceso. La vida no es estática; está marcada por ciclos, y así como existen tiempos de escasez, también existen tiempos de restauración. Lo que hoy parece una carga imposible puede convertirse mañana en un testimonio de superación. Lo que hoy genera angustia puede transformarse en la historia que inspire a otros a no rendirse. Porque Dios tiene la capacidad de transformar el dolor en propósito, la pérdida en aprendizaje y la crisis en una plataforma de crecimiento.

La fe no elimina los problemas, pero sí evita que los problemas destruyan el corazón. No cambia de inmediato las circunstancias, pero sí fortalece el espíritu para enfrentarlas. Dios sigue siendo proveedor en medio de la escasez, sigue abriendo caminos donde no los hay, sigue levantando al que cree que ya no puede más. Y lo hace no porque la persona sea perfecta, sino porque es profundamente amada por el Creador.

Por eso, a quienes hoy sienten el peso de las deudas, la angustia de no poder cumplir y la presión de una sociedad que juzga sin entender, este mensaje debe resonar con fuerza: no se rindan, no se avergüencen, no se escondan. Levántense con dignidad, aun cuando cueste. Sigan luchando, aun cuando el panorama sea incierto. Sigan creyendo, aun cuando no vean resultados inmediatos. Porque esta no es la última página de su historia. Aún hay propósito, aún hay camino, aún hay salida. Y el mismo Dios que ha visto cada lágrima en secreto está obrando, aun cuando no se perciba, para abrir una nueva puerta. La verdadera grandeza no está en no caer, sino en levantarse. Y hay una fortaleza extraordinaria en aquellos que, aun sin recursos, conservan su fe, su integridad y su esperanza.

Que este tiempo no destruya tu fe, sino que la fortalezca; que no apague tu esperanza, sino que la haga más firme; que no te defina por lo que has perdido, sino por lo que estás a punto de recuperar. Y cuando sientas que ya no te quedan fuerzas, cuando el peso sea tan grande que parezca imposible avanzar, recuerda que no dependes solo de tu capacidad, sino del poder de Dios que te sostiene. Porque incluso en el momento más oscuro, cuando el ser humano se queda sin recursos, es cuando la gracia divina se manifiesta con mayor fuerza.

La Escritura lo declara con autoridad y esperanza: “Él da esfuerzo al cansado, y multiplica las fuerzas al que no tiene ningunas” (Isaías 40:29). Aférrate a esta verdad. No estás solo. Aún hay fuerzas para seguir, porque Dios mismo es quien te las dará.

Abogado y teólogo.

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