Estamos a punto de celebrar 205 años de independencia. Volverán las banderas, los desfiles,
los actos cívicos y las frases aprendidas desde la escuela sobre aquellos próceres que
decidieron que había llegado el momento de dejar de depender de la Corona española.
Pero después de 205 años quizá deberíamos atrevernos a hacer una pregunta menos
cómoda:
¿Independientes de qué?
La historia rara vez es tan romántica como nos la enseñan. Sobre la independencia
centroamericana existen distintas interpretaciones. Algunas resaltan ideales de libertad; otras
señalan los intereses económicos de las élites criollas, las restricciones comerciales y fiscales
de España y el deseo de administrar directamente el poder.
Yo prefiero concederles a nuestros próceres una aspiración más noble: imaginar que soñaron
con una tierra donde sus habitantes pudieran alcanzar su máximo desarrollo y decidir
libremente su futuro.
Si ese era el sueño, entonces 205 años después debemos preguntarnos cuánto hemos
avanzado.
Mis artículos suelen hablar de salud y educación y, ocasionalmente, de política. No de política
partidaria, sino de algo mucho más importante: políticas públicas. Porque resulta absurdo
hablar de salud ignorando la economía, la educación, la vivienda o el empleo.
Las enfermedades no leen discursos.
La hipertensión no pregunta quién gobierna. El cáncer no conoce ideologías. La desnutrición
no entiende de propaganda. Y la pobreza no desaparece porque dejemos de mencionarla.
Por eso un médico que solamente observa hospitales está viendo apenas el último capítulo de
la enfermedad.
La salud comienza mucho antes.
Comienza en la escuela, en la alimentación, en la vivienda, en el empleo y en el ingreso
familiar. Comienza incluso en las decisiones económicas de un país.
Por eso también debemos hablar de deuda, préstamos, inversión pública y gasto corriente.
El Fondo Monetario Internacional reconoce actualmente dos realidades simultáneas sobre El
Salvador: un desempeño económico superior al esperado, favorecido por inversión, consumo,
remesas y turismo; y, al mismo tiempo, la necesidad de continuar una consolidación fiscal
destinada a reducir la deuda pública. Celebrar lo primero no debería obligarnos a guardar
silencio sobre lo segundo.
Porque una nación verdaderamente independiente no es aquella que nunca pide prestado.
Eso sería absurdo. Es aquella que sabe para qué se endeuda, cuánto puede pagar y qué
recibirán las siguientes generaciones a cambio.
La educación plantea otra pregunta incómoda.
Los resultados de PISA han colocado a El Salvador considerablemente por debajo del
promedio de la OCDE en matemáticas, lectura y ciencias. Mientras tanto, varios países con
sistemas educativos de alto desempeño también han construido sociedades con fuertes
políticas de prevención, desarrollo humano y protección social.
No significa que obtener mejores calificaciones cure enfermedades. Esa conclusión sería
científicamente incorrecta.
Significa algo mucho más elemental:
Una población educada tiene mejores herramientas para construir su futuro.
Podemos llenar hospitales de computadoras, anunciar inteligencia artificial, comprar equipos
extraordinarios y hablar de medicina del futuro. Pero si seguimos esperando a que la diabetes
destruya un riñón, que la hipertensión produzca un infarto o que el cáncer llegue avanzado
para actuar, tendremos tecnología del siglo XXI practicando medicina del siglo XX.
La verdadera revolución sanitaria no empieza en un hospital.
Empieza evitando que las personas lleguen a él.
Y entonces volvemos inevitablemente a nuestra celebración de septiembre.
¿Somos independientes cuando una familia trabaja y aun así lucha para cubrir alimentación y
vivienda?
¿Somos independientes cuando nuestros niños compiten educativamente desde una posición
de desventaja?
¿Somos independientes cuando enfermar puede desestabilizar económicamente un hogar?
Y quizá la pregunta más incómoda:
¿Somos verdaderamente independientes cuando comenzamos a medir nuestras palabras
antes de decir lo que pensamos?
Una nación no pierde su libertad solamente cuando otro país ocupa su territorio.
También comienza a perderla cuando sus ciudadanos dependen demasiado, cuando las
oportunidades disminuyen, cuando cuestionar incomoda y cuando el silencio empieza a
parecer más prudente que la opinión.
Tal vez hemos confundido durante 205 años independencia con soberanía.
Tener bandera, himno, territorio y gobierno propio nos convierte en una nación soberana.
Pero la verdadera independencia exige algo más.
Exige ciudadanos educados, familias capaces de prosperar, instituciones sólidas, salud
accesible, oportunidades para nuestros hijos y personas que puedan expresar sus ideas sin
miedo.
Este 15 de septiembre volveremos a ondear nuestra Bandera.
Debemos hacerlo con orgullo.
Pero mientras la levantamos, quizá deberíamos recordar que la independencia no es
solamente una herencia que recibimos en 1821.
Es una tarea que cada generación debe conquistar.
Y quizá, después de 205 años, todavía estamos esperando la verdadera independencia.
Dr. Danilo Alfonso Arévalo Sandoval
Ginecólogo Oncólogo
Programa de Gerencia de Hospitales e Instituciones de Salud INCAE