Nuestro civismo no da para más; corre parejo con nuestro republicanismo y ciudadanía. En menos de siete años se ha destruido el sistema republicano; no a escondidas, más bien haciendo alarde de un exhibicionismo cuasi obsceno, vía redes sociales
Nuestro civismo no da para más; corre parejo con nuestro republicanismo y ciudadanía. En menos de siete años se ha destruido el sistema republicano; no a escondidas, más bien haciendo alarde de un exhibicionismo cuasi obsceno, vía redes sociales

Este día, Centroamérica celebra su declaratoria de independencia el 15 de septiembre de 1821. Cada país la conmemora a su manera, y a menudo se asume como independencia nacional, lo que fue un proceso regional. Cada país ha ido estableciendo un modo de celebrar, variantes que conviven con una narrativa canónica establecida por la historia de bronce. En todos habrá desfiles más o menos vistosos con militares y estudiantes como protagonistas; excepto en Costa Rica, porque no tiene ejército.
Como diría Pierre Nora, cada país tiene “lugares de memoria” donde celebrar sus efemérides. El Salvador lo tuvo; desde 1911 la plaza Libertad fue el espacio donde se realizaba el acto oficial porque allí se colocó el monumento a los próceres. Sin embargo, el actual gobierno rompió esa tradición. En sus primeros años lo hizo en diversos lugares, pero últimamente lo hace en Casa Presidencial en un acto que no es público. Rodeado de una parafernalia de militares vestidos con atuendos cada vez más estrafalarios y con alfombra roja, un escenario de guiños imperiales que se aleja cada vez más de la tradición republicana. Al menos se mantiene la tradición de que un niño recite la oración a la bandera.
Una vez un estudiante me preguntó cómo se celebró la independencia en 1822; creció viendo y viviendo la conmemoración daba por sentado su existencia. La celebración de la independencia no nació con la independencia; fue una tradición que se fue inventando poco a poco y que ha sufrido cambios importantes. En 1822 no hubo celebración; más bien hubo problemas. Las provincias recién independizadas debatían si debían seguir independientes o unirse al Imperio de Agustín de Iturbide.
Se hizo una consulta a los ayuntamientos constitucionales (lo que hoy serían las municipalidades); la mayoría optó por la unión, unos pocos no se definieron, y solo dos se opusieron: San Salvador y San Vicente que apostaban por independencia absoluta y por un régimen republicano. Luego vino la invasión de las fuerzas mexicanas al mando de Filísola. Antes de eso ya se habían enfrentado las fuerzas republicanas con las de Santa Ana y San Miguel. Esa podría considerarse nuestra primera guerra civil. Centroamérica logró su independencia sin guerras, pero cayó inmediatamente en la vorágine de las guerras civiles, primero en la provincia de San Salvador y luego en las llamadas guerras federales.
La celebración de la independencia fue tomando forma a lo largo del siglo XIX, pero no siempre tuvo un significado positivo y optimista. Al colapsar la federación se formaron pequeños Estados nacionales, cuya viabilidad era muy dudosa. Pequeños, débiles, pobres y en constante zozobra política. El Salvador era el más dudoso. No solo era el más pequeño, no tenía salida al Atlántico y, además, había estado en el centro de las guerras federales, por lo que había sufrido más daños.
Las cosas cambiaron a finales del siglo XIX; el Estado se consolidó, la economía creció con el café y hubo cierta estabilidad política. Para inicios del XX, El Salvador pasaba por un periodo de bonanza; el panorama era promisorio. En 1911, siguiendo la moda mexicana, se celebró lo que se dio en llamar “primer grito de independencia” refiriéndose a las protestas y motines de noviembre de 1811. El Salvador vivió una intensa semana de festejos con participación de todos los sectores sociales: autoridades, militares, estudiantes, artesanos y obreros, sociedades diversas. Hubo dos actos culminantes: en la madrugada del día cinco de noviembre, el presidente Manuel Enrique Araujo repicó unas campanas colocadas, ad hoc, en el edificio del cabildo municipal, emulando el supuesto toque de campanas atribuido a José Matías Delgado; horas después inauguró el monumento a los próceres elaborado por Durini, en lo que entonces se llamaba parque Dueñas y más tarde Plaza Libertad.
Las fiestas de 1911 produjeron también un cambio en la forma cómo se había escrito la historia de la independencia. Hasta entonces, había primado el canon historiográfico liberal que interpretaba el proceso en clave regional. En el marco de las fiestas del centenario, un importante grupo de historiadores reescribió esa historia convirtiendo a San Salvador en cuna y epicentro del proceso independentista; además perfiló definitivamente el panteón de próceres con Matías Delgado a la cabeza — por eso es el padre de la patria —, en segundo lugar Manuel José Arce, destacando su participación en la defensa de San Salvador contra las fuerzas de Iturbide e ignorando su desafortunada gestión como primer presidente de la federación. También se resaltó a Juan Manuel Rodríguez primer Jefe de Estado y a los hermanos Aguilar. En esa narrativa no hay participación popular ni femenina, tampoco se reconocen movilizaciones en otros lugares, que las hubo. Es un relato centrado en San Salvador y tiene un claro sesgo elitista. Este será el canon historiográfico liberal nacionalista. Esa narrativa se consolidó a lo largo del siglo XX y es básicamente la que el sistema educativo y las fiestas patrias inculcan en la población.
Sin embargo, a mediados de la década de 1960, intelectuales de izquierda, elaboraron una interpretación diferente, en ciertos puntos muy contrapuesta a la ya oficial. Se cuestionó los ideales libertarios y los sacrificios desinteresados de los próceres en pro de la libertad del pueblo y se hizo una lectura más sociológica del proceso. Los ideales fueron desplazados por los intereses de clase. Esa es la tesis del trabajo señero de Alejandro Dagoberto Marroquín en su “Apreciación sociológica de la independencia salvadoreña”, publicado en 1964. A esa tendencia se agregaron otros escritores. De entre ellos destacan: Jorge Arias Gómez, que ese mismo año publicó en la revista La Universidad, “Anastasio Aquino, Recuerdo, Valoración y Presencia” que no solo rescata la figura de Aquino, sino que pone en cuestión el proceso independentista. Muy importante en la divulgación de esa propuesta historiográfica fue Roque Dalton con su “El Salvador, monografía” y sobre todo con las “Historias prohibidas del Pulgarcito” innovadora e iconoclasta historia de El Salvador. Este será el canon historiográfico de izquierda, que justificó y legitimó el proyecto revolucionario de las décadas de 1970 y 80.
En las últimas décadas, y sobre todo en el marco del bicentenario, se ha vuelto a estudiar y discutir el proceso independentista. Ha habido una producción interesante, producida por historiadores profesionales, con mucho rigor metodológico y una renovada fundamentación teórica. La independencia se ha estudiado desde diversas perspectivas: como parte de las llamadas ‘revoluciones atlánticas”, las ideas políticas que circulaban en Hispanoamérica, la participación de diferentes actores sociales, las guerras (más bien las movilizaciones sociales), el republicanismo, el federalismo y la construcción del Estado. Es una historiografía muy rica e interesante, pero a diferencia de las discutidas arriba, circula casi exclusivamente en la academia. Historiadores que escriben para historiadores, que discuten mucho, pero divulgan poco.
Mientras tanto, para el grueso de la población, el 15 de septiembre es un feriado sin mayor significado cívico. Participan de la celebración como espectadores, no del acto en CAPRES que es exclusivo, sino del desfile. Y este tiene dos atractivos: admirar el exagerado despliegue militar, para celebrar una efeméride en la que no hubo guerra. Un país pobre y subdesarrollado, cuyo equipo militar es casi todo obsoleto, excepto el de la infantería (gracias al presidente nuestros soldados parecen “robocops” en versión nonualca). El segundo atractivo, es el desfile estudiantil, donde los protagonistas son las cachiporristas y las bandas musicales. En los últimos dos años, es cada vez más frecuente ver a niños disfrazados de presidente o de ministra de educación. ¿Prueba de popularidad o de sencillez? Hasta hoy no he visto a ningún niño de colegio bilingüe en esas fachas.
Nuestro civismo no da para más; corre parejo con nuestro republicanismo y ciudadanía. En menos de siete años se ha destruido el sistema republicano; no a escondidas, más bien haciendo alarde de un exhibicionismo cuasi obsceno, vía redes sociales. Cada septiembre cumplimos con el rito, pero el fondo se ha disuelto: celebramos la independencia, habiendo renunciado a la república.
Carlos Gregorio López Bernal
Historiador, Universidad de El Salvador
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