Muchas veces pensamos en guerras políticas o económicas, entre países, por petróleo o por intereses; pero no nos damos cuenta de que nuestros corazones y nuestras familias también están divididos, separados o marcados por la violencia, el egoísmo y el deseo de poder.
Vivimos en una época en la que el ser humano tiene más que nunca y, sin embargo, parece que le falta algo fundamental. Tenemos tecnología, información, oportunidades, alimentos, bienestar, empleos, familia y recursos para sobrevivir; pero nos falta lo más importante para todo el mundo: la paz.
Pero, ¿por qué digo que la paz mundial depende de nosotros mismos? Porque no vamos a lograr la paz si:
No vuelve Dios al centro de nuestra vida y del mundo.
Vivimos en una época en la que le hemos dado la espalda a Dios e incluso le hemos quitado el lugar que le corresponde como Creador del mundo y de nosotros mismos, hechos a su imagen y semejanza.
Hoy queremos hacer nuestra voluntad en lugar de la voluntad divina. Pensamos que con violencia o con dinero podemos solucionarlo todo por nosotros mismos, lo cual, lastimosamente, tiene al mundo y a la naturaleza confundidos y sin paz.
Queremos decidir quiénes pueden vivir y quiénes no, por medio del aborto y la eutanasia, como si fuéramos dioses.
No dejamos el egoísmo, la soberbia y los apegos.
Cito el mensaje dado por la Virgen de Medjugorje el 25 de marzo de 2026:
“¡Queridos hijos! El veneno del egoísmo y del odio reina en los corazones humanos y por eso no tienen paz. Los invito, hijitos: sean amor y mis manos extendidas hacia todos aquellos con quienes se encuentren. En humildad, oren por la paz y trabajen por la reconciliación entre los hombres, para que cada ser humano esté bien en la Tierra. Gracias por haber respondido a mi llamado”.
Lastimosamente, hoy en día somos orgullosos, odiosos, envidiosos, egoístas y soberbios; tanto así que buscamos poder, sobresalir y que nos sirvan, en lugar de servir a los demás.
Hemos olvidado valores como la humildad, la generosidad, la honestidad, la esperanza, la empatía, el amor, la fidelidad, la comprensión, el compromiso, la lealtad y la sinceridad, entre otros.
No hay paz en el corazón.
Debido a los “dioses” que cada uno tiene —como el teléfono, la televisión, las riquezas, los placeres, la pornografía, los vicios, una mascota, incluso una persona o la tecnología—, así como al ruido del mundo, vivimos sin paz interior.
Las familias, base de la sociedad, carecen de paz.
Si las familias no tienen unidad, comunicación, empatía, fraternidad, amor y humildad, la sociedad tampoco podrá tener paz ni tranquilidad.
La familia, como pilar fundamental, debe vivir en unidad, promover la vida humana y el amor.
Me da tristeza ver a tantas familias separadas o divorciadas, sin comunicación y en constantes conflictos; ver jóvenes o padres que prefieren una mascota en lugar de hijos, o que no quieren asumir el compromiso del matrimonio y de la vida humana.
En conclusión, no basta con rezar por la paz mundial. Ha llegado el momento de que cada uno de nosotros sea un agente de cambio: dar testimonio y esforzarnos por llevar la paz de uno a otro.