Cuando alguien reprime, excluye, discrimina, humilla o abandona al vulnerable, no solo viola normas jurídicas; ofende la verdad más profunda sobre la persona. Y esa ofensa, tarde o temprano, también nos disminuye a quienes la consentimos
Cuando alguien reprime, excluye, discrimina, humilla o abandona al vulnerable, no solo viola normas jurídicas; ofende la verdad más profunda sobre la persona. Y esa ofensa, tarde o temprano, también nos disminuye a quienes la consentimos
Vivimos un tiempo desconcertante. Nunca antes la humanidad había tenido tantas herramientas para conversar, y nunca antes habíamos hablado tan mal los unos de los otros. Las redes sociales se han convertido en un coliseo romano donde se aplaude al que humilla con más ingenio, donde el insulto se viste de opinión y donde la crueldad se confunde con valentía. En medio de ese ruido, conviene detenerse y preguntar algo antiguo y urgente: ¿qué vale realmente una persona?
Para el cristiano la respuesta no admite ambigüedades. La verdadera prueba de la fe no se mide con ideas o prácticas religiosas, sino con la actitud cotidiana hacia los demás. La realidad de creer se hace visible en la manera en que tratamos a quienes nos rodean. Lo demás, por elocuente que suene, son solo palabras.
Esa convicción nace de una afirmación radical: el ser humano fue creado a imagen y semejanza de Dios. De ahí brota una dignidad que no depende de los logros, condición social, capacidad física, nivel educativo, nacionalidad, manera de pensar y ni siquiera de la conducta. La dignidad no se obtiene ni se merece: es intrínseca al ser humano. No la otorga el Estado —el Estado está obligado a respetarla—. Una sociedad verdaderamente cristiana empieza cuando reconoce que cada ser humano tiene un valor que nadie, ni gobierno, ni mayoría, puede arrebatarle.
La Encarnación profundiza esa convicción. No es solo una doctrina para teólogos; es una declaración escandalosa sobre el valor de la persona. Cuando el Hijo de Dios asumió la naturaleza humana, mostró que Dios no desprecia el cuerpo, ni la historia, ni el dolor, ni la fragilidad humana: entró en ellos. Y en la cruz, el cristianismo ve la expresión suprema del amor divino. La persona vale no porque sea perfecta, productiva o poderosa, sino porque Dios la ama hasta entregarse por ella.
El modo en que Jesús se relacionó con los demás confirma esa lectura. Sus interlocutores más frecuentes no eran modelos de rectitud. Los evangelios insisten en que muchos de los que le seguían cargaban con mala reputación. Jesús no justificó el daño que causaban, ni sus extorsiones, ni sus pecados; pero los trató con respeto y comprensión, confrontándolos con una nueva oportunidad para hacer las cosas correctamente. Ese es el modelo. Y ese debería ser el ideal de quien se precia de llamarse cristiano, sobre todo en una época en que, por las motivaciones más ajenas, se practica una intolerancia rabiosa que desprecia a personas que son imagen de Dios.
Por eso la verdadera prueba de la fe es el trato que damos a los demás. Y por eso los derechos de la persona humana no son concesiones graciosas de los gobiernos ni privilegios reservados a ciertos grupos. Son exigencias éticas que nacen del valor intrínseco de toda persona. La dignidad responde a la pregunta de por qué vale el ser humano; los derechos responden a otra: qué trato mínimo merece por tener ese valor.
Al cristiano no debería bastarle afirmar que todos valemos lo mismo ante Dios; también debe preguntarse por qué tantos viven y son tratados como si no valieran nada. La maldad siempre ha intentado callar al prójimo, rebajarlo, despreciarlo, eliminarlo. Hoy que eso se hace con frecuencia, urge revalorar la dignidad humana partiendo de los vulnerables, de los oprimidos y de los excluidos, y, desde allí, preguntarse por la realidad de la propia fe.
Jesús no anunció el Reino de Dios desde los palacios, sino entre enfermos, mujeres marginadas, pecadores públicos y multitudes cansadas. En ellos reveló que Dios se acerca precisamente a quienes el mundo desprecia. Dios mira con especial ternura a quienes tienen su dignidad más amenazada, y sus hijos están llamados a imitarlo.
El derecho a la vida, a la libertad de conciencia, a la integridad física, a la educación de calidad, al trabajo digno, a la participación social, a la libertad religiosa y a condiciones básicas de existencia son expresiones concretas de la dignidad humana. Cuando alguien reprime, excluye, discrimina, humilla o abandona al vulnerable, no solo viola normas jurídicas; ofende la verdad más profunda sobre la persona. Y esa ofensa, tarde o temprano, también nos disminuye a quienes la consentimos.
Pastor General de la Misión Cristiana Elim.
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