Light
Dark

La familia que no elegimos cuando elegimos

Ninguna familia es perfecta. Ni la tuya. Ni la mía. Ni la de tu pareja. La perfección no existe. Lo que sí existe es la capacidad de hacer sentir a alguien que pertenece. Y eso vale más de lo que solemos admitir.

Hay una mentira colectiva que repetimos con una tranquilidad admirable: que uno escoge a su pareja. Es mentira… bueno, más o menos. Uno sí escoge a la pareja. Lo que no escoge es el paquete completo que viene detrás.

Porque nadie se enamora de una persona aislada en una caja de cristal. Uno se enamora de alguien que ya viene acompañado de una madre, un padre, hermanos, sobrinos, primos, tradiciones familiares, grupos de WhatsApp imposibles y una tía que probablemente opina demasiado.


Y, sin embargo, actuamos como si la única decisión importante fuera elegir a la persona. No lo es. De hecho, me atrevería a decir que la pareja es la única familia que elegimos conscientemente. No elegimos a nuestros padres. No elegimos a nuestros hermanos. No elegimos a nuestros primos. Nos tocaron por sorteo genético.

La pareja, en cambio, es una decisión. Pero es una decisión curiosa porque viene acompañada de muchas personas que se incorporan a nuestra vida. Y aquí es donde creo que la mayoría de nosotros falla en el análisis.

Pasamos horas pensando si compartimos valores, proyectos de vida o gustos musicales. Discutimos sobre hijos, dinero, religión y política. Todo eso es importante. Pero casi nadie se pregunta algo mucho más práctico: ¿Quiero pasar las próximas tres décadas viendo a estas personas en Navidad?

Porque esa es la verdadera entrevista de trabajo. No la primera cita, la cena familiar.

La mayoría de las personas descubre esto demasiado tarde. Cuando aparece una suegra que confunde cercanía con supervisión. Un cuñado que convierte cada reunión en una competencia. O una familia entera que cree que los límites son una sugerencia decorativa. Es en ese momento cuando comprendemos que el amor romántico no vive solo. Vive rodeado de personas.

Yo tengo la fortuna de estar en la situación contraria. Tengo una relación maravillosa con la familia de mi pareja. Y precisamente por eso he pensado tanto en este tema. Porque cuando las cosas funcionan bien, uno empieza a notar algo que suele pasar desapercibido: la familia política deja de sentirse política. Poco a poco se vuelve simplemente familia.

Un día te descubres preocupándote por la salud de la abuela de tu pareja. Otro día estás pensando qué regalarle a tu suegra para su cumpleaños. De repente conoces las historias familiares, los chistes internos, las recetas favoritas y las anécdotas que se cuentan una y otra vez en cada reunión.

Y entonces entiendes: la sangre no siempre es la que construye el sentimiento de pertenencia. La convivencia, el cariño, y la presencia sí.

Por eso me llama la atención que todavía exista tanta resistencia a reconocer a la familia política como familia real. Como si fueran personajes secundarios permanentes. Como si después de diez, quince o veinte años compartiendo celebraciones, pérdidas, nacimientos y recuerdos siguieran siendo simples invitados en nuestra historia. No lo son. Ellos ya son parte de ella.

Quizás el problema es que hablamos demasiado de encontrar a “la persona correcta” y muy poco de encontrar un entorno humano compatible. Las relaciones ocurren dentro de ecosistemas. Y algunos ecosistemas te permiten crecer. Otros te desgastan lentamente. Algunos te reciben con afecto. Otros te hacen sentir visitante incluso después de años. Y es difícil construir un hogar cuando cada reunión familiar se siente como una reunión de trabajo que pudo haber sido un correo.

Por supuesto, ninguna familia es perfecta. Ni la tuya. Ni la mía. Ni la de tu pareja. La perfección no existe. Lo que sí existe es la capacidad de hacer sentir a alguien que pertenece. Y eso vale más de lo que solemos admitir.

Quizás por eso, cuando escucho a alguien decir que se va a casar “solo” con su pareja, no puedo evitar sonreír. Porque no. Te casas también con los cumpleaños, las sobremesas, las tradiciones, los defectos, las costumbres y las personas que ayudaron a convertir a tu pareja en quien es.

A veces eso es una tragedia. A veces es una bendición. Y quienes tenemos la suerte de haber encontrado una buena familia al otro lado deberíamos reconocer algo que rara vez se dice en voz alta: No solo tuvimos suerte con nuestra pareja, también tuvimos suerte con la familia que vino incluida.

Consultora política y Miss Universo El Salvador 2021.

Legales Obituarios Epaper
Patrocinado por Taboola