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La codicia de Trump y el vasallaje de Infantino

Seguiremos pasándolo bien con el espectáculo del mejor fútbol, y quedándonos con los buenos recuerdos que dejan selecciones como la de Cabo Verde o la de México, que se han ido a casa orgullosas y con la frente muy alta. O con la sorpresa de un jugador prodigioso como el noruego Erling Haarland, la vitalidad del jovencísimo español Yamine Lamal, la despedida del portugués Cristiano Ronaldo de la Copa del Mundo o el indiscutible poderío del argentino Messi

A estas alturas, ya estamos habituados a la injerencia de Donald Trump en el panorama internacional. A fin de cuentas, desde muy pronto en su segundo mandato su vicepresidente, JD Vance, anunció en una cumbre europea en la que denostó a los aliados de Estados Unidos que el presidente estadounidense era el nuevo “sheriff” del orden mundial. Indudablemente, la administración Trump no se anda con chiquitas a la hora de sacar de la cartuchera su pistola humeante.

No sorprenden las amenazas a Canadá, con el mandatario estadounidense asegurando que su deseo es que se convierta en el Estado número 51; o su insistencia por engullir la pacífica y democrática Groenlandia en su afán por quedarse con sus valiosas tierras raras; tampoco le bastó con sacar del poder al dictador venezolano Nicolás Maduro, pues su intención era la de convertir el país sudamericano en un protectorado gestionado por un nuevo chavismo que obedece a Washington y se encarga de que los barriles de petróleo le lleguen puntualmente a su nuevo tutor. Y si había que medir fuerzas con Irán por medio de un conflicto innecesariamente provocado, Trump y sus asesores no perdieron tiempo en atacar, convencidos que pasaría a la historia como una victoria y no como el fiasco en que ha acabado el enfrentamiento con el régimen de los ayatolás.


Pero lo que no veíamos venir es que el mandatario estadounidense también metiera la mano en la Federación Internacional de Fútbol Asociación (FIFA), la organización que dirige a las federaciones de fútbol a nivel internacional. Con un Mundial 2026 en marcha –que este año se disputa en Estados Unidos, Canadá y México– las Selecciones del mundo y los aficionados están disfrutando, y también hay dosis de sufrimiento, partidos llenos de emoción. Es una oportunidad única de entusiasmo colectivo en el que se espera que los jugadores lo den todo y los triunfos y derrotas se aceptan como parte del fair play. Por eso ha generado tanta controversia, y no menos indignación, que en víspera del partido entre Estados Unidos y Bélgica se produjeran llamadas desde la Casa Blanca al presidente de la FIFA, el suizo Gianni Infantini, para que se le levantara al jugador de Estados Unidos, Folarin Balogun, la prohibición de jugar por una tarjeta roja que recibió en un partido contra Bosnia-Herzegovina. Trump no dudó en jactarse en sus redes sociales de que la “injusticia” contra el delantero estrella había sido subsanada. Hasta corifeos como el republicano Ted Cruz lo elogiaron por “interceder”: “En nombre de todos los americanos, gracias por deshacerte de la ridícula tarjeta roja”.

A nadie le tomó por sorpresa que Infantino eliminara con prontitud la sanción. Desde hace tiempo, para el presidente de la FIFA los deseos de Trump son órdenes. Así es como lo vimos entregarle el Premio FIFA de la Paz, un galardón que se sacó de la manga para complacer al republicano cuando éste se enfadó porque los noruegos no le concedieron el Premio Nobel de la Paz que, merecidamente, le otorgaron a la opositora venezolana María Corina Machado. La líder de Vente Venezuela acabó por cedérselo en una reunión en la Casa Blanca que se recordará como uno de los actos más humillantes al que Trump ha sometido a un supuesto aliado por su enfermizo narcisismo. Ahora, con este nuevo episodio vergonzante de la FIFA, es evidente que Infantino y Trump son tal para cual.

El republicano cree que lo puede comprar todo, o al menos chantajear para conseguir lo que desea. Y lo que hace en política lo ha pretendido llevar al terreno donde los futbolistas se lo juegan todo. Pues bien, ese cálculo le ha fallado. Los belgas, poderosos en lo físico y con el impulso de hacer justicia sobre el césped, le propinaron una paliza (4 goles a 1) a una selección estadounidense disminuida por el daño a su imagen que el propio Trump, y los asesores que movieron hilos en la FIFA, dinamitó con sus turbias maniobras. El presidente llegó a la cumbre de la OTAN, celebrada en Ankara, como un sheriff magullado en su orgullo de aprendiz de emperador.

Seguiremos pasándolo bien con el espectáculo del mejor fútbol, y quedándonos con los buenos recuerdos que dejan selecciones como la de Cabo Verde o la de México, que se han ido a casa orgullosas y con la frente muy alta. O con la sorpresa de un jugador prodigioso como el noruego Erling Haarland, la vitalidad del jovencísimo español Yamine Lamal, la despedida del portugués Cristiano Ronaldo de la Copa del Mundo o el indiscutible poderío del argentino Messi. Que ganen los mejores. Eso es por lo que se goza en los Mundiales cada cuatro años. [©FIRMAS PRESS]

Gina Montaner (La Habana, 1960). Periodista y escritora.  Desde hace más de cuatro décadas publica una columna semanal en el Nuevo Herald  y en  diversos periódicos en América Latina. Su libro más reciente es Deséenme un buen viajeMemorias de una despedida (Planeta 2024). En 2009 publicó la novela La mala fama (Plaza y Janés) y en 2006 coordinó y prologó Un día sin inmigrantes (Grijalbo).

*Twitter: ginamontaner

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