Emigrar, pues, no es un delito en un mundo sin fronteras -como lo hizo la creación cósmica- sino un derecho universal a la vida y a la paz
Emigrar, pues, no es un delito en un mundo sin fronteras -como lo hizo la creación cósmica- sino un derecho universal a la vida y a la paz
El viento emigrante del lejano desierto del Sahara en África, arrastra inmensas mareas de polvo y arena por los aires, cruzando desde el Atlántico sur hasta América Central y Norte en los meses de junio y julio. Según los naturalistas y antropólogos el ser humano, como especie, surgió desde el continente africano milenios atrás, dispersándose por el mundo por su natural capacidad de adaptación, evolución y cambio. Así nuestra especie emigrante se hermana a las arenas del desierto africano, expandiéndose por el orbe a través de los siglos y evolucionando según los medio ambientes donde se radique. En el hemisferio boreal, se adaptó al hielo y bajas temperaturas, cambiando sus rasgos físicos y costumbres. En la selva también se dio el mismo proceso, así como en las tundras y desiertos australes. En conclusión, nuestra especie es por naturaleza emigrante. Esta característica natural y cósmica le confiere el derecho universal de emigrar –ya en vías de supervivencia, desarrollo y progreso, como huyendo de territorios hostiles y yermos y, en el mayor de los casos, de las guerras geodésicas de las civilizaciones. Emigrar, pues, no es un delito en un mundo sin fronteras -como lo hizo la creación cósmica- sino un derecho universal a la vida y a la paz. Algo que nos lo demuestran el polvo y el hombre migrante de África.
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