El deporte nunca debería convertirse en rehén de intereses ideológicos ni en escaparate de quienes buscan protagonismo desde los despachos.
El deporte nunca debería convertirse en rehén de intereses ideológicos ni en escaparate de quienes buscan protagonismo desde los despachos.
(Mi cuarta columna sobre este Mundial)
Durante unas semanas, el mundo volvió a hablar un idioma que no necesita traducción. Noventa minutos bastaron para que millones de personas olvidaran, aunque fuera por un instante, las noticias que cada mañana nos recuerdan guerras, crisis económicas, divisiones políticas y fronteras cada vez más rígidas. El fútbol volvió a hacer lo que pocas cosas consiguen: reunir a desconocidos bajo una misma emoción.
España levantó la copa. Pero el verdadero triunfo fue mucho más profundo que un marcador. Fue la confirmación de que las sociedades que aprenden a integrar, a derribar prejuicios y a comprender que la movilidad humana forma parte de la historia terminan siendo más fuertes. Ninguna nación moderna puede explicarse sin las migraciones. Todas llevan en su sangre el viaje de alguien que un día cruzó una frontera en busca de un futuro mejor.
La selección española es el reflejo de esa realidad. En ella convergen historias familiares nacidas en distintos rincones del mundo, raíces diversas y generaciones que encontraron en España un hogar. Su éxito no niega las diferencias; demuestra que, cuando el talento encuentra oportunidades, el origen deja de ser una barrera para convertirse en una riqueza colectiva.
Sin embargo, este Mundial también dejó cicatrices. Hubo decisiones políticas que empañaron el espectáculo, escenarios donde la protesta fue administrada con un criterio desigual y momentos en los que el poder intentó apropiarse de una fiesta que pertenece a la gente. El deporte nunca debería convertirse en rehén de intereses ideológicos ni en escaparate de quienes buscan protagonismo desde los despachos.
Aun con esas sombras, el balón volvió a recordarnos una verdad incómoda para muchos: las fronteras existen en los mapas, pero no en los sueños. Nadie abandona su tierra por capricho. Detrás de cada migrante hay una historia de esperanza, sacrificio y dignidad. Muchos cambian de idioma, de cultura y de paisaje para que sus hijos tengan las oportunidades que ellos nunca tuvieron.
Quizá por eso este campeonato será recordado como algo más que una competencia deportiva. Nos obligó a mirar el fenómeno migratorio desde una perspectiva distinta: ya no como un problema que se discute en los parlamentos, sino como una realidad humana que también marca goles, levanta trofeos y une a millones de personas.
Durante un instante dejamos de preguntarnos de dónde venía cada jugador para celebrar hasta dónde era capaz de llevar a su equipo. Esa debería ser también la pregunta que nos hagamos como sociedad.
Porque, cuando sonó el silbato final, las banderas volvieron a guardarse, los estadios quedaron vacíos y la rutina regresó. Pero quedó una enseñanza imposible de ignorar: las naciones no se engrandecen levantando muros, sino abriendo oportunidades para que el talento florezca, venga de donde venga.
Las fronteras dividen territorios; la dignidad humana, cuando encuentra una oportunidad, termina conquistando el mundo.
Médico.
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