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El derecho a tener algo que no sirve para nada

Tal vez el verdadero lujo de esta época no sea tener más dinero, más seguidores o más proyectos. Tal vez sea conservar algo que no pueda convertirse en negocio. Algo que nadie pueda medir, algo que nadie pueda optimizar, algo que exista únicamente porque nos hace felices.

ALEJANDRA GAVIDIA, COLUMNISTA DE EL DIARIO DE HOY thumbnail

Los hobbies tienen una esperanza de vida cada vez más corta. No porque nos aburran. Porque alguien siempre encuentra la manera de convertirlos en trabajo.

Alguien empieza a hacer velas porque necesita relajarse. Meses después está comparando proveedores, calculando costos, respondiendo mensajes de clientes y preguntándose si debería abrir una cuenta para mostrar “su proceso creativo”. La vela que nació como una forma de escapar del estrés terminó generándolo. Una ironía bastante eficiente.


Vivimos en una época donde es casi imposible decir “me gusta hacer algo” sin que alguien responda: “deberías venderlo”. Es la frase automática de nuestros tiempos.

Uno dice que cocina bien y aparece un plan de negocios. Uno comenta que toma fotografías y aparece una estrategia de contenido. Uno cuenta que escribe y alguien pregunta cuándo piensa publicar un libro. Ya no sabemos admirar un talento sin intentar convertirlo en una fuente de ingresos. Pronto alguien descubrirá cómo monetizar el aburrimiento y tendremos cursos para aprender a perder el tiempo correctamente.

El nuevo “qué bonito” es “ahí hay una oportunidad”. Y quizá ahí está el problema. No en que alguien quiera vivir de lo que ama. Eso puede ser maravilloso. El problema es haber llegado al punto donde parece que aquello que no produce dinero tiene menos valor.

Como si una actividad necesitara justificar su existencia. Como si un pastel preparado para la familia fuera menos importante porque no tiene precio. Como si una fotografía guardada en un álbum fuera menos valiosa que una publicada para conseguir seguidores. Como si escribir una historia para uno mismo fuera un desperdicio porque nadie la va a leer.

Nos cuesta aceptar que algunas cosas pueden ser simplemente para nosotros. Incluso cuando hablamos de bienestar, terminamos atrapados en la misma lógica. Decimos que necesitamos hobbies para desconectarnos, pero apenas encontramos uno queremos optimizarlo. El psicólogo recomienda buscar una actividad que disfrutemos y, en algún punto del camino, alguien decide que sería una excelente idea convertirla en un emprendimiento.

La sociedad encontró una forma bastante creativa de arruinar el descanso: transformarlo en otra responsabilidad. Por eso estamos agotados. No solamente porque hacemos demasiado, sino porque hemos convertido cada espacio de nuestra vida en una oportunidad para mejorar, producir o demostrar algo.

Ya no caminamos porque nos gusta caminar; caminamos porque una aplicación debe felicitarnos por alcanzar una meta. Ya no leemos por placer; buscamos libros que nos hagan más interesantes o más productivos. Ya no aprendemos algo nuevo por curiosidad; pensamos en cómo agregarlo al currículum. Hasta nuestros pasatiempos tienen que pasar una entrevista de trabajo.

Lo más curioso es que esta obsesión no siempre nace de la ambición. Muchas veces nace del miedo. Miedo a perder tiempo. Miedo a hacer algo que no tenga utilidad. Miedo a aceptar que una tarde entera puede desaparecer sin dejar ganancias, seguidores ni resultados medibles.

Nos convencieron de que aprovechar el tiempo significa sacarle provecho. Y tal vez ahí cometimos un error. Porque no todo lo valioso es rentable. La amistad no lo es. La contemplación no lo es. Una conversación larga con alguien que queremos no lo es. Una canción escuchada muchas veces no lo es. Un dibujo hecho en una libreta que nadie verá tampoco lo es. Y, sin embargo, nadie diría que esas cosas carecen de valor.

Entonces, ¿por qué exigimos que nuestros hobbies demuestren su utilidad? Quizá porque vivimos en una época donde la peor acusación que se puede hacer contra algo no es que sea aburrido, es que sea inútil. Pero tal vez hemos confundido las palabras.

Algo inútil no es necesariamente algo sin valor. A veces lo inútil es precisamente lo que nos recuerda que somos humanos y no máquinas buscando rendimiento.

Tal vez el verdadero lujo de esta época no sea tener más dinero, más seguidores o más proyectos. Tal vez sea conservar algo que no pueda convertirse en negocio. Algo que nadie pueda medir, algo que nadie pueda optimizar, algo que exista únicamente porque nos hace felices.

Porque el día que necesitemos una razón económica para justificar una alegría, habremos perdido algo mucho más importante que un hobby. Habremos perdido la capacidad de disfrutar sin pedir permiso.

Alejandra Gavidia
Consultora política y Miss Universo El Salvador 2021

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