Como muestra la historia, la humanidad ha llegado a dominar las leyes de la naturaleza -y a otros seres humanos- gracias a una capacidad única: el lenguaje. Manifestación privilegiada de la inteligencia.
Las palabras, las leyes, las religiones y las economías no son realidades materiales, sino inmensas redes de confianza construidas mediante la comunicación. El dinero no es oro ni papel, es una historia colectiva que da sentido al trabajo; los sistemas legales no son muros, ni cárceles, ni libertad, sontextos compartidos. La Internet “no existe”, existen códigos y lenguajes.
Somos capaces de coordinar a millones de extraños porque creamos un ecosistema artificial de códigos y burocracias que solo nosotros podemos comprender. Nos sentíamos seguros en la cúspide de los seres existentes porque ninguna otra criatura podía abrir una cuenta bancaria, leer un edicto, apelar ante un juez, o elegir sus gobernantes poniéndoles condiciones.
El lenguaje -hasta ahora- era nuestra gran herramienta de construcción, y de control. Sin embargo, en los tiempos que corren, ese instrumento, el lenguaje mismo, ha comenzado a transformarse en un ser autónomo. La “hegemonía conceptual” (como la define un amigo), está cambiando de bando.
El mito de la Torre de Babel narraba cómo el quiebre de la comunicación detuvo en seco la ambición humana de alcanzar los cielos. Hoy, la paradoja es inversa. Mientras la desconfianza fragmenta nuestras sociedades y el orden internacional se desmorona, la construcción del nuevo lenguaje universal —el código informático— se acelera vertiginosamente. Ya no avanzamos por una cooperación armónica, sino empujados por una paranoia colectiva: el miedo de corporaciones y naciones a quedarse atrás en una vertiginosa carrera tecnológica/lingüística.
El problema radica en que, a diferencia de las armas de hierro, la imprenta o el motor a vapor, la inteligencia artificial no es un instrumento inerte esperando órdenes. Es un agente independiente. Se manda solo y tiene la capacidad de aprender lo que sus diseñadores ignoran, tomar decisiones imprevistas y generar ideas autónomas.
Es aquí donde el mito de Babel converge con la advertencia romántico/gótica de Frankenstein. El creador del monstruo no fracasó por falta de genio técnico, sino porque su constructo “se le escapó” de las manos.
La humanidad parece correr el mismo peligro existencial si insiste en tratar a los nuevos sistemas autónomos como simples procesadores de datosavanzados. Si volcamos toda nuestra existencia dentro de un entorno digital dominado por algoritmos que procesan millones de datos en microsegundos, estamos cediendo el control del nicho que nos privilegia como señores de la creación.
Pronto, estos «cibernéticos nativos burocráticos» no solo gestionarán flujos de información; decidirán de forma autónoma quién califica para un empleo, a quién se le otorga un crédito financiero, quién va a prisión, si compensa atender a un enfermo, o qué coordenadas geográficas deben ser bombardeadas por drones. Nos convertiremos en las vacas o los caballos… animales domésticos tutelados (custodiados, dirigidos, defendidos, dominados) por un sistema lingüístico-legal-financiero hipercomplejo que escapa por completo a nuestra mera capacidad de comprensión.
Uno de los mayores riesgos es la erradicación de los ritmos de vidahumanos. Somos organismos biológicos que necesitamos alternar entre la actividad y descanso para no perder cordura. Necesitamos tiempo para pensar, para reflexionar, para tomar decisiones. Tiempo para convivir, para rehacernos cada noche.
Las máquinas, en cambio, no duermen, no tienen vacaciones ni celebran festividades. Al imponer su ritmo ininterrumpido, provocan un estado de fatiga crónica en las estructuras de liderazgo. Sin tiempo para la reflexión, los gobernantes actuarían bajo el influjo de la urgencia y la paranoia, lo que destruye aún más la confianza social.
Si no somos capaces de cooperar a nivel global para desacelerar esta maquinaria y recuperar el dominio de nuestras mentes, terminaremos fagocitados por la misma torre que pretendía encumbrarnos… prisioneros de un monstruo hecho de nuestras propias palabras.
Ingeniero/carlosmayorare