Comenzó el Mundial 2026. El planeta entero vuelve sus ojos hacia un balón que rueda sobre el césped mientras millones de gargantas gritan, celebran, sufren y sueñan. Durante 90 minutos el mundo parece detenerse. Pero la historia no se detiene. Del 15 al 17 de junio en un pueblo escondido pero muy lindo y más en el verano europeo en Francia se reúne el G/7. Allí donde se decide el destino de la humanidad no en las canchas allí el mundo estará entretenido viviendo, gritando y soñando. Este año con invitados India y Brasil.
Mientras las pantallas se llenan de goles, banderas y estadísticas, continúan las guerras que expulsan familias de sus hogares, el hambre que sigue sentándose a la mesa de los más pobres, la violencia que arrebata vidas en barrios olvidados y la corrupción que sigue drenando el futuro de naciones enteras. El espectáculo tiene la capacidad de convertir la tragedia en ruido de fondo.
No se trata de condenar el fútbol. El deporte une pueblos, despierta emociones y construye memorias colectivas. El problema surge cuando la pasión se convierte en distracción permanente y el entusiasmo reemplaza la conciencia. Los gobiernos lo saben. Los poderosos lo entienden. Y muchas veces, mientras el público mira hacia el estadio, las decisiones que marcarán generaciones se toman lejos de las cámaras.
El Mundial pasará. Los campeones levantarán la copa. Las celebraciones terminarán. Los fuegos artificiales se apagarán. Entonces volverán a aparecer, intactos y esperando respuesta, los mismos problemas que hoy permanecen ocultos detrás de una transmisión en alta definición.
Porque cuando el último silbato calle los estadios, la realidad seguirá jugando su partido, y ese es el único que la humanidad no puede darse el lujo de perder.
Médico.