En El Principito, Antoine de Saint-Exupéry presenta a un hombre de negocios que pasa sus días contando estrellas. Está convencido de que son suyas y que, por poseerlas, es inmensamente rico. El Principito, con esa incómoda sencillez de los niños, intenta comprender para qué le sirve poseerlas.
Los años enseñan que aquella conversación tenía menos de cuento infantil y más de economía de lo que parecía.
Cuando escuchamos anunciar inversiones de cientos de millones de dólares, nuestra primera reacción suele ser celebrar. Y está bien. El Salvador necesita inversión, empleo, infraestructura y competencia. Pero entre anunciar millones y convertirlos en edificios, empleos y servicios existe un camino bastante más largo.
Como decían nuestras abuelas: del dicho al hecho hay mucho trecho.
El reciente anuncio de expansión de la cadena mexicana 50 Doctors ofrece una buena oportunidad para comprender esa diferencia. No se trata de decidir anticipadamente si la noticia es buena o mala, sino de entender qué significa una inversión de esta naturaleza.
El nombre resulta interesante. La compañía dice que su modelo busca reunir a 50 médicos destacados en cada ciudad. Sin embargo, su propia oferta empresarial permite también adquirir consultorios y participar como accionista. Por ello, el modelo no depende exclusivamente de quiénes sean los cincuenta mejores médicos, sino también de profesionales interesados y con capacidad para invertir.
Y no hay nada malo en ello.
Simplemente hay que llamar cada cosa por su nombre.
Estamos frente a un modelo que combina servicios hospitalarios con inversión y desarrollo inmobiliario especializado en salud. La propia compañía promociona en México consultorios y acciones como oportunidades de inversión.
Por eso, cuando algunas publicaciones hablan de 200 millones de dólares, la cifra necesita contexto.
Quien estudia una inversión hospitalaria comienza por conocer población, área de cobertura, hospitales existentes, camas disponibles, natalidad, mortalidad, prevalencia de diabetes e hipertensión, incidencia de cáncer y crecimiento demográfico. Y tratándose de medicina privada aparece inevitablemente otra variable: capacidad de pago.
Después vienen las preguntas de cualquier proyecto empresarial: ¿cuál es el mercado objetivo? ¿Dónde estarán los proyectos? ¿Cuántos serán hospitales? ¿Cuál será el capital requerido? ¿Qué retorno se espera? y ¿en cuánto tiempo?
Preguntar no significa oponerse a una inversión. Significa comprenderla.
Existe, además, otra conversación que no deberíamos abandonar.
Desde distintas instituciones públicas hemos escuchado una aspiración interesante: “Lo público debe ser mejor que lo privado”.
La frase adquiere particular relevancia cuando hablamos de salud.
La inversión privada puede traer tecnología, generar empleos, aumentar la oferta y complementar determinados servicios. Todo ello puede ser positivo. Sin embargo, existe una diferencia fundamental: aumentar la oferta privada no significa necesariamente aumentar el acceso a la salud.
Un hospital puede estar a diez minutos de nuestra casa y continuar estando económicamente a kilómetros de distancia.
Por eso, el crecimiento de infraestructura privada debería ser una buena noticia, pero también una oportunidad para recordar que fortalecer lo público continúa siendo indispensable. No deberían ser caminos opuestos. Para muchas familias, el sistema público no es una alternativa entre varias: es la única alternativa posible.
Volvamos entonces a El Principito.
El hombre de negocios estaba orgulloso porque podía decir exactamente cuántas estrellas poseía. Tener una gran cifra le bastaba para sentirse rico.
En economía —y especialmente en salud— las cifras necesitan algo más: convertirse en realidad.
Ojalá los millones anunciados se conviertan en inversión; la inversión, en hospitales; los hospitales, en servicios; y los servicios, en mejor atención para los salvadoreños. Sería una excelente noticia.
Mientras tanto, no hace falta desconfiar ni celebrar anticipadamente. Basta con observar, medir y hacer preguntas.
Porque mucho antes de los MBA, los estudios de factibilidad y los indicadores de gestión, nuestras abuelas ya conocían una regla fundamental de cualquier proyecto:
Del dicho al hecho hay mucho trecho.
Dr. Danilo Alfonso Arévalo Sandoval
Médico Ginecólogo Oncólogo
Programa de Gerencia de Hospitales e Instituciones de Salud – INCAE