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De más a menos: la historia de la medicina en El Salvador

La salud pública salvadoreña nació gracias a una de las mejores lecciones de administración que se hayan dado en este país. No la impartió un economista, un ministro o un empresario. La dio un fraile. La tradición santaneca cuenta que, cuando surgió la necesidad de construir un hospital, aquel religioso comprendió que apelar únicamente a la caridad no bastaría para convencer a las familias cafetaleras. Entonces les planteó una idea sorprendentemente moderna para su época: un trabajador sano producía más que uno enfermo y una población saludable fortalecía el desarrollo de todos. Invertir en un hospital no era un acto de beneficencia; era una inversión inteligente. Así comenzó a gestarse el Hospital San Juan de Dios de Santa Ana y, con él, una manera distinta de entender la salud pública. Años después, la generosa donación de don José Rosales haría posible el hospital que llevaría su nombre. Durante más de un siglo, el Hospital Rosales no solo atendió pacientes; formó generaciones de médicos que marcaron la historia nacional como especialistas, maestros, investigadores, ministros e incluso presidentes de la República. Aquellas instituciones demostraron que un sistema de salud fuerte se construye invirtiendo tanto en infraestructura como en personas. Pese a la guerra civil, los terremotos y las epidemias, El Salvador avanzó. Se fortalecieron los programas de vacunación, el tamizaje de enfermedades y la atención materno-infantil; se controlaron padecimientos transmisibles y la salud pública parecía caminar, lentamente, en la dirección correcta. Hoy resulta inevitable preguntarse si seguimos creyendo en aquella visión. Las …

Doctor Danilo Arévalo, tesorero del Colegio Médico de El Salvador

La salud pública salvadoreña nació gracias a una de las mejores lecciones de administración que se hayan dado en este país. No la impartió un economista, un ministro o un empresario. La dio un fraile.

La tradición santaneca cuenta que, cuando surgió la necesidad de construir un hospital, aquel religioso comprendió que apelar únicamente a la caridad no bastaría para convencer a las familias cafetaleras. Entonces les planteó una idea sorprendentemente moderna para su época: un trabajador sano producía más que uno enfermo y una población saludable fortalecía el desarrollo de todos. Invertir en un hospital no era un acto de beneficencia; era una inversión inteligente. Así comenzó a gestarse el Hospital San Juan de Dios de Santa Ana y, con él, una manera distinta de entender la salud pública.


Años después, la generosa donación de don José Rosales haría posible el hospital que llevaría su nombre. Durante más de un siglo, el Hospital Rosales no solo atendió pacientes; formó generaciones de médicos que marcaron la historia nacional como especialistas, maestros, investigadores, ministros e incluso presidentes de la República. Aquellas instituciones demostraron que un sistema de salud fuerte se construye invirtiendo tanto en infraestructura como en personas.

Pese a la guerra civil, los terremotos y las epidemias, El Salvador avanzó. Se fortalecieron los programas de vacunación, el tamizaje de enfermedades y la atención materno-infantil; se controlaron padecimientos transmisibles y la salud pública parecía caminar, lentamente, en la dirección correcta.

Hoy resulta inevitable preguntarse si seguimos creyendo en aquella visión.

Las noticias sobre el resurgimiento de enfermedades previamente controladas, las constantes denuncias de desabastecimiento de medicamentos e insumos y la percepción de una creciente fragmentación dentro de la Red Nacional de Hospitales despiertan preocupación. A ello se suma la incertidumbre sobre el modelo de atención que acompañará la transición hacia la nueva infraestructura hospitalaria. Más allá del edificio, la verdadera pregunta es qué sistema de salud estamos construyendo para las próximas generaciones.

Esa incertidumbre se profundiza al observar lo ocurrido con parte del personal del antiguo Hospital Rosales. Durante los últimos meses se han conocido testimonios de trabajadores que denuncian despidos abruptos, presiones para firmar renuncias voluntarias y dificultades para acceder a sus expedientes laborales. Recientemente se informó sobre el pago de indemnizaciones varios meses después de los despidos, mientras algunos extrabajadores han cuestionado públicamente si los montos corresponden a lo establecido por la ley.

Pero detrás de cada expediente hay una historia que difícilmente aparecerá en un informe administrativo.

Hay profesionales que dedicaron treinta o cuarenta años de su vida al servicio público y que hoy descubren que la experiencia acumulada no siempre garantiza estabilidad. Algunos enfrentan enfermedades propias o de sus familiares sin la tranquilidad económica de antes; otros han tenido que suspender los estudios universitarios de sus hijos, vender su patrimonio o comenzar de nuevo cuando creían que la etapa más difícil de sus vidas había quedado atrás.

Resulta imposible no sentir consternación al encontrar médicos conduciendo vehículos de plataformas digitales con la gabacha colgada en el asiento trasero. No porque ese trabajo disminuya su dignidad —todo trabajo honesto la engrandece—, sino porque esa imagen resume el contraste entre años de formación altamente especializada y un sistema que parece no saber qué hacer con ese conocimiento. Sobrevivir nunca debería ser el destino de quienes dedicaron su vida a cuidar la de los demás.

Monseñor Óscar Arnulfo Romero decía que «la justicia es como la serpiente: solo muerde al descalzo». Sus palabras conservan una vigencia inquietante cuando quienes sostuvieron durante décadas el sistema sanitario enfrentan procesos marcados, según denuncian, por incertidumbre y desprotección.

Quizá el mayor riesgo no sea el cambio de un hospital por otro.

Quizá el mayor riesgo sea olvidar la visión que dio origen a la salud pública salvadoreña.

Aquel fraile convenció a los hombres más influyentes de su tiempo de invertir en la salud porque comprendió el valor de un trabajador sano. Ojalá nosotros no terminemos olvidando el valor de quienes dedican su vida a mantener sana a una nación.

Porque los edificios pueden cambiar.

Los gobiernos también.

Pero cuando un país deja de valorar a quienes cuidan la vida, comienza, casi siempre sin darse cuenta, el verdadero camino de más… a menos.

Dr. Danilo Alfonso Arévalo Sandoval
Ginecólogo Oncólogo
Programa de Gerencia de Hospitales e Instituciones de Salud INCAE.

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