Llamé al Nuevo Mundo a la existencia para restaurar el equilibrio del Viejo Mundo
George Canning
Parlamento Británico
12 de diciembre de 1826
Llamé al Nuevo Mundo a la existencia para restaurar el equilibrio del Viejo Mundo
George Canning
Parlamento Británico
12 de diciembre de 1826
El papel de Gran Bretaña, la potencia militar, política, económica y financiera dominante de la época, fue determinante en la desintegración del Imperio Español en el continente americano.
Gran Bretaña combinó hábilmente sus recursos políticos, diplomáticos, financieros y militares para transmitir mensajes distintos a diferentes interlocutores. En su libro Bonapartists in the Borderlands: French Exiles and Refugees in the Gulf Coast, 1815–1835 (Bonapartistas en las zonas fronterizas: exiliados y refugiados franceses en la costa del Golfo, 1815–1835), Rafe Blaufarb recuerda una serie de acciones que pueden parecer contradictorias pero que eran parte de una estrategia bien definida, por ejemplo:
El poder económico y los intereses de Gran Bretaña fueron determinantes en su apoyo a la independencia de las colonias españolas en América. Fueron precisamente las fuerzas económicas que sustentaban su fortaleza las que impulsaron a Gran Bretaña a favorecer la causa de la independencia de las colonias españolas de América, argumenta Rafe Blaufarb en el libro ya citado. Al verse privada de sus mercados europeos tradicionales a principios del siglo XIX por el Sistema Continental de Napoleón, y del mercado estadounidense por el embargo del presidente Thomas Jefferson, la industria manufacturera y el comercio marítimo británicos desarrollaron mercados alternativos en el Imperio español.
En efecto, durante las guerras napoleónicas hubo dos bloqueos o embargos económicos importantes: (1) El sistema continental, mediante dos decretos napoleónicos, el Decreto de Berlín de 21 de noviembre de 1806 y el Decreto de Milán de 17 de diciembre de 1807 que prohibían el comercio de Gran Bretaña con el Continente; y (2) el embargo que impuso el Congreso de los Estados Unidos por medio de la Ley de Embargo de 22 de diciembre de 1807, en respuesta al hostigamiento de la marina británica de sus barcos mercantes que incluía el reclutamiento forzado de marineros estadounidenses y la incautación de mercancías, y ponía en riesgo la neutralidad estadounidense.
En la página The Monticello dedicada a la obra y memoria del presidente Thomas Jefferson, se afirma que tras presenciar los horrores de la guerra contra Francia, muchos marineros británicos desertaron de la Marina de Su Majestad y se alistaron en la marina mercante estadounidense. Para recuperar a los desertores, las patrullas de reclutamiento forzoso británicas abordaban los barcos estadounidenses. Sin embargo, los británicos solían llevarse a cualquiera que pudiera pasar por británico, a menos que el marinero pudiera demostrar su ciudadanía estadounidense. Así, de los aproximadamente 10.000 hombres capturados en barcos estadounidenses, solo se confirmó que cerca de 1.000 poseían la ciudadanía británica.
Sea como fuere, la España realista, ocupada y totalmente dependiente de la ayuda británica para combatir a los invasores franceses, toleró este comercio. Esto significó una violación sin precedentes de las normativas que habían vetado la presencia de comerciantes extranjeros en la América española desde el siglo XV. Tras la llegada de la paz en 1815, los intereses empresariales británicos no mostraron intención alguna de abandonar este lucrativo mercado. Lejos de perjudicar al comercio británico, señaló el duque de Richelieu, primero la guerra y luego la revolución en la América española habían «dinamizado las fábricas de Gran Bretaña», recuerda Rafe Blaufarb.
El gobierno español estaba plenamente consciente de los principios maquiavélicos que regían la política mercantil de Inglaterra, pero, ante la falta tanto de flexibilidad como de recursos, no tuvo más remedio que persistir en su inútil búsqueda del apoyo británico, mientras en secreto hervía de indignación ante tanta hipocresía.
Sin duda, se trataba de una política compleja que resultó exitosa, pues al proporcionar ayuda encubierta a la rebelión en las colonias españolas y sabotear sutilmente cualquier intento de intervención europea, Gran Bretaña hizo más que ningún otro país para sellar el destino del imperio americano de España.
Hecha la independencia y hasta la Primera Guerra Mundial (1914-1918), Inglaterra fue el principal socio comercial de América Latina, y los diplomáticos ingleses se opusieron sistemáticamente a las incursiones estadounidenses. El Tratado Clayton-Bulwer de 1850 [entre Gran Bretaña y los Estados Unidos], por ejemplo, fue el resultado de los esfuerzos británicos por evitar que los estadounidenses dominaran el emplazamiento de un posible canal transístmico a través de América Central, afirman Lawrence A. Clayton y Michael L. Conniff en su libro A History of Modern Latin America (Una historia moderna de América Latina).
No obstante, pese al esfuerzo británico, los Estados Unidos se estaban consolidando rápidamente como una importante potencia regional y, en 1823, el presidente James Monroe articuló una visión de política exterior que llegaría a conocerse como la Doctrina Monroe. Su objetivo era mantener a las potencias europeas fuera del continente americano, y sus tres conceptos fundamentales fueron concebidos para marcar una clara ruptura entre ese continente y Europa: (1) esferas de influencia separadas para América y Europa; (2) no colonización; y (3) no intervención. Ahora bien, el panorama no queda completo si se omite el Manifest Destiny (Destino Manifiesto), utilizado para justificar la expansión hacia el oeste y más allá, y que cobró nuevo impulso en la política exterior estadounidense durante la década de 1890, cuando el país entró en guerra con España, se anexionó Hawái y proyectó la construcción de un canal interoceánico a través de América Central, argumentan Jeanne T. Heidler y David S. Heidler en su libro Manifest Destiny.
En los hechos, argumentan también Jeanne T. Heidler y David S. Heidler, a partir de la década de 1880, los Estados Unidos actuaron con una ambición aún mayor en América Latina, pues para entonces, el concepto de destino manifiesto se había integrado en un instinto más reciente, poderoso y casi universal en aquel momento: el afán imperial. Hoy en día, el término imperialismo conlleva una connotación negativa, ya que la dominación de una nación sobre otra socava el derecho de cada nación y de cada pueblo a determinar su propio destino. Sin embargo, a finales del siglo XIX los estadounidenses se vieron cautivados por la idea de que poseían un derecho divino a construir un imperio. En términos sencillos, esto implicaba tanto la adquisición de nuevos territorios como la expansión de la influencia estadounidense, ya fuera esta comercial, política, militar o una combinación de todas ellas.
En todo caso, la política británica en la lucha de independencia de las colonias españolas de América es el ejemplo de un ejercicio de equilibrismo diplomático que, haciendo uso de todos sus recursos en un marco estratégico claramente elaborado, logró sus objetivos. Así las cosas, el entonces ministro de Asuntos Exteriores británico, George Canning, lo resumió de la siguiente manera: La obra está hecha: el clavo está clavado: la América española es libre y, si no gestionamos mal nuestros asuntos, será inglesa.
Fue una estrategia muy hábil con un discurso oficial que hacía hincapié en la neutralidad británica, pero que en la práctica proporcionó a los independentistas asistencia militar y apoyo financiero mediante la concesión de amplios créditos para buques y suministros, como afirma Regina Akel en su libro Benjamin Disraeli and John Murray: The Politician, the Publisher and the Representative (Benjamin Disraeli y John Murray: el político, el editor y el representante).
La política británica, no cabe duda, contribuyó grandemente a sellar tanto el destino del imperio español en este continente como el de los nuevos países que empezaron sus vidas republicanas teniendo que pagar enormes deudas; una realidad de deudores que todavía no logran superar.
Abogado y diplomático salvadoreño
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