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¿Cuántos “no” hacen falta?

Ceder no siempre significa desear. A veces significa cansarse.

Hay frases que envejecen mal. Y luego está “el hombre llega hasta donde la mujer se lo permite”, que lleva generaciones trasladando responsabilidades con una eficiencia admirable. Él insiste, presiona, toca o cruza límites; pero, mediante alguna maravilla de la gramática, terminamos preguntándonos qué hizo ella para permitirlo. El verbo lo ejecuta él. La culpa, aparentemente, se conjuga en femenino.

También heredamos una idea bastante peculiar del romance: el “no” de una mujer puede significar “insiste un poco más”. Ella rechaza una invitación, un beso, una propuesta y comienza la interpretación simultánea. Quizá se está haciendo la difícil. Quizá quiere que la conquisten. Quizá necesita estar segura. Curiosamente, “no quiero” parece ser una de las pocas frases del idioma que algunos hombres consideran una adivinanza.

Parte del problema es que romantizamos la insistencia. Crecimos viendo historias donde él aparece una y otra vez, ella lo rechaza, él persevera y finalmente ella descubre que siempre lo quiso. Música, beso, créditos. La versión menos cinematográfica es una mujer que dijo que no cuatro veces y un hombre convencido de que la quinta será considerada perseverancia y no una excelente razón para bloquearlo.

Y aquí aparece la pregunta incómoda: ¿cuándo deja la insistencia de ser conquista y empieza a convertirse en presión? Probablemente mucho antes de lo que admitimos.

Claro que el deseo humano puede ser ambiguo. Existe el coqueteo, la timidez, el juego y hasta el placer de sentirse conquistado. Un “no” también puede convertirse posteriormente en un “sí”, porque las personas cambian de opinión. Pero hay una diferencia enorme entre hacer que alguien quiera y conseguir que alguien ceda. Hemos tratado ambas cosas como si fueran sinónimos durante demasiado tiempo.

Ceder no siempre significa desear. A veces significa cansarse.

También hemos conseguido vender la insistencia como una medida del interés: si realmente le gustas, insistirá. Bajo esa lógica, respetar una negativa podría parecer falta de interés y atravesarla, una demostración de afecto. Hemos romantizado tanto la perseverancia que a veces el respeto parece poco romántico.

Y eso importa porque la insistencia tiene una característica incómoda: puede transformar una decisión en una prueba de resistencia. ¿Cuántas veces tiene alguien que rechazar una invitación? ¿Cuántas veces apartar una mano? ¿Cuántas explicaciones debe ofrecer antes de que su negativa deje de ser considerada provisional? El consentimiento no debería funcionar como las llamadas de los bancos: insistir hasta que alguien finalmente diga que sí solo para terminar la conversación.

Por eso “el hombre llega hasta donde la mujer se lo permite” me parece especialmente perversa. Convierte a la mujer en el sistema de frenos del comportamiento masculino. Si él llegó demasiado lejos, ella debió detenerlo antes. Debió hablar más fuerte, irse antes, beber menos, no quedarse sola, no aceptar la invitación, no sonreír tanto. Después viene la auditoría completa de sus decisiones, mientras el autocontrol de él aparece curiosamente como una variable externa.

Es una distribución de responsabilidades fascinante: a los hombres les concedemos iniciativa; a las mujeres les asignamos prevención.

Y cuando la prevención falla, examinamos a la mujer como si hubiera incumplido un protocolo de seguridad. ¿Por qué fue? ¿Por qué se quedó? ¿Por qué no gritó? ¿Por qué volvió a verlo? Preguntas que pueden ser relevantes para entender qué ocurrió, pero que fácilmente terminan desplazando una mucho más sencilla: ¿por qué él continuó?

Quizá ahí está la diferencia que hemos complicado. Seducir implica prestar atención al deseo del otro. Presionar implica intentar modificar su negativa hasta obtener el resultado que uno quiere. Una busca reciprocidad; la otra busca rendimiento.

Y no, esto no significa que tengamos que convertir cada beso en un trámite notarial. Nadie está proponiendo llevar un formulario de consentimiento en la cartera junto a la licencia de conducir. Las personas llevamos siglos comunicando entusiasmo, incomodidad, deseo y rechazo. El problema comienza cuando una señal que entendemos perfectamente deja de parecernos suficientemente clara porque no nos conviene.

Un límite no debería necesitar una defensa brillante para ser válido. Tal vez la pregunta no sea cuántos “no” hacen falta para que un hombre entienda.

Tal vez sea por qué seguimos enseñando a las mujeres a mejorar su “no”, en lugar de enseñar a los hombres a necesitar escucharlo una sola vez.

Alejandra Gavidia

Consultora política y Miss Universo El Salvador 2021

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