El pasado mes de mayo fue publicada la primera encíclica del Papa Leon XIV. Su título, “Magnifica humanitatis” (que podría traducirse por “una humanidad capaz de grandes cosas”) es muy revelador.
En la introducción encuadra lo que se tratará en el cuerpo de la carta, cuando se escribe: “la tecnología puede curar, conectar, educar, cuidar la casa común; pero también puede dividir, descartar, generar nuevas injusticias. En abstracto, esta, en sí misma, no es una solución a los problemas de la humanidad, como tampoco es un mal en sí; pero, concretamente, no es neutral, porque toma el rostro de quien la concibe, la financia, la regula, la utiliza. Por eso, la primera elección no es entre un “sí” o un “no” a la tecnología, sino entre construir Babel o reconstruir Jerusalén: entre un poder que pretende dominar el cielo y un pueblo que, en presencia de Dios, se pone a trabajar unido para levantar de nuevo las murallas de la convivencia fraterna”.
La encíclica no trata principalmente acerca de la tecnología o de la IA. Su núcleo consiste en hacer un aggiornamento (puesta al día) de los principios de la Doctrina Social de la Iglesia, a la luz de las posibilidades actuales de la técnica y el universo cibernético en el que “nos movemos, existimos y somos”… como San Pablo presentó a los atenienses lo que entonces les mostró como “el Dios desconocido”. Una descripción que recuerda a la IA, que se está convirtiendo en un género de omnipresencia, omnisciencia y omnipotencia, en una especie de ubicuo dios menor.
La elección de León XIV, que le llevó a escribir una encíclica social como documento programático de su pontificado, no debe dejarnos indiferentes. Nos evoca que, así como León XIII en 1891 abordó los retos y desafíos que la humanidad enfrentaba por la revolución industrial, León XIV lo hace en 2026 aproximándose a los actuales retos y desafíos de otra revolución, la que algunos han llamado Industria 4.0
En el fondo, más que una condena, puesta en cintura o revisión de los alcances de las máquinas basadas en la IA, la encíclica señala que esa tecnología que tiende fuertemente a la parcialidad, debe estar enfocada y medida por unos principios morales perennes, ya enunciados en la Rerum Novarum de León XIII.
Así, la DSI se presenta en “Magnífica humanidad” como una “realidad viva” y una “forma de sabiduría” que, en diálogo con las ciencias y con la cultura, es capaz de discernir los signos de la presencia de Cristo no solo en la vida social, sino en las transformaciones que dicha vida compartida tiene como efecto de la aplicación de la técnica, concretamente, de la que se basa en IA.
Ante la revolución tecnológica, en la encíclica se recogen principios básicos, animando a todos los hombres a aplicarlos para discernir la mejor manera de actuar frente a los desafíos que la técnica presenta.
Concretamente, se enuncian los llamados “pilares” de la DSI como elementos fundamentales de discernimiento para las acciones que compatibilizan el desarrollo y el progreso, con el respeto de la humanidad: el convencimiento de la dignidad inalienable de cada persona, el criterio que pone el bien común y la justicia como horizonte de cualquier acción social-política, y los principios de subsidiariedad y solidaridad como luces orientadoras para el mejor curso de acción de todos en el mundo contemporáneo.
Casi al final del texto, citando un personaje de Tolkien, se deja entrever lo que corresponde a cada uno en el empeño por mejorar el mundo: “no nos atañe a nosotros dominar todas las mareas del mundo, sino hacer lo que está en nuestras manos por el bien de los días que nos ha tocado vivir, extirpando el mal en los campos que conocemos, y dejando a los que vendrán después una tierra limpia para la labranza”.
Ingeniero/@carlosmayorare