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Asumiendo la cruz

Cuando una autoridad pretende colocarse por encima de toda crítica, cuando se exige lealtad incondicional y cuando el temor condiciona expresar las convicciones, surge inevitablemente una pregunta para la conciencia cristiana: ¿dónde termina la obediencia legítima y comienza la renuncia a la fidelidad a Dios?

Pastro Mario Vega iglesia Elim

Los evangelios mencionan a Pedro como el discípulo que reconoció que Jesús era el Cristo. Precisamente cuando se produjo esa identificación, Jesús comenzó a anunciarles su destino: «Es necesario que el Hijo del Hombre padezca muchas cosas, y sea desechado por los ancianos, por los principales sacerdotes y por los escribas, y que sea muerto, y resucite al tercer día» (Lucas 9:22).

Esa revelación los tomaba por sorpresa ya que la concepción que ellos tenían del Mesías era la de un guerrero conquistador, a semejanza de su antepasado David. Jesús, en cambio, anunciaba un destino completamente diferente. No conquistaría su autoridad mediante la eliminación violenta de sus adversarios y su fidelidad a Dios lo conduciría al rechazo, al sufrimiento y a la muerte.

Pero para comprender el alcance de sus palabras es necesario regresar al contexto histórico en que fueron pronunciadas. En el mundo antiguo, la grandeza política estaba asociada con las victorias militares, la dominación de los enemigos y la exaltación pública de los gobernantes. Roma había construido un poderoso imperio mediante sus ejércitos y una organización política que garantizaba la subordinación de los pueblos conquistados. Los emperadores eran celebrados como vencedores y benefactores. Su autoridad se exhibía mediante monumentos, ceremonias y símbolos que proclamaban su superioridad.

La diferencia con el Cristo de Dios revelaba algo fundamental: el Mesías no reproduciría los mecanismos de dominación mediante los cuales los poderosos aseguraban su autoridad. Su grandeza no consistía en someter a otros, sino en permanecer fiel a su misión. El anuncio de la resurrección completaba ese nuevo camino. Los poderes humanos podían condenar a Jesús, pero no tendrían la última palabra sobre su existencia. Dios reivindicaría precisamente a aquel que había sido rechazado.

Inmediatamente después, Jesús extendió las consecuencias de su misión a todos sus seguidores: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame» (Lucas 9:23). Para los habitantes del Imperio romano, la cruz no era de ninguna manera un símbolo religioso. Era un instrumento de tortura, humillación y muerte. Los romanos crucificaban especialmente a esclavos, piratas y personas consideradas subversivas. La crucifixión tenía, además, una función intimidatoria. Los cuerpos expuestos públicamente comunicaban una advertencia: quien desafiara el poder de Roma podía sufrir consecuencias terribles.

Por eso, cuando Jesús invitó a sus discípulos a tomar su cruz, utilizó una imagen que sus contemporáneos podían comprender con estremecimiento. Les estaba anunciando que seguirlo con sinceridad no los volvería populares ni aclamados. Por el contrario, les significaría exponerse al rechazo, al odio e incluso a la muerte. En sociedades donde el poder político exige obediencia, desalienta la crítica y utiliza el temor para asegurar la sumisión, las palabras de Jesús adquieren una relevancia extraordinaria. Su llamado a tomar la cruz nos desafía a permanecer fieles al Reino de Dios, incluso frente a los poderes capaces de castigar esa fidelidad.

Pero también estaba proclamando algo profundo: el temor al castigo no debía convertirse en la autoridad sobre la conciencia del discípulo. Cuando una autoridad pretende colocarse por encima de toda crítica, cuando se exige lealtad incondicional y cuando el temor condiciona expresar las convicciones, surge inevitablemente una pregunta para la conciencia cristiana: ¿dónde termina la obediencia legítima y comienza la renuncia a la fidelidad a Dios?

Jesús no invitó a sus discípulos a buscar intencionalmente el sufrimiento ni a responder a la violencia con violencia. Tampoco convirtió la cruz en una razón para resignarse ante los abusos. Su llamado fue a mantener una fidelidad que ninguna amenaza pudiera comprar o destruir. La cruz no representaba solamente un posible momento heroico de martirio, sino que también expresaba una disposición cotidiana a vivir conforme a las enseñanzas de Jesús.

La verdadera prueba del discipulado no consiste solo en una declaración de fe, sino en conservar la integridad cuando hacerlo resulta costoso. Una iglesia fiel a Jesús necesita recordar que su Señor fue crucificado por el poder imperial. Ese recuerdo debe iluminarla para no confundir el éxito político con la aprobación divina. El discípulo de Jesús es aquel que coloca su fidelidad al Reino de Dios como el valor supremo, incluso por arriba de la conservación de su propia seguridad y prestigio.

Mario Vega

Pastor General de la Misión Cristiana Elim.

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