Estados Unidos rechazó el texto al considerarlo un proyecto ideológico radical que desviaba a la ONU de las cuestiones de paz, prosperidad y buenas relaciones entre las naciones
Estados Unidos rechazó el texto al considerarlo un proyecto ideológico radical que desviaba a la ONU de las cuestiones de paz, prosperidad y buenas relaciones entre las naciones

El 4 de septiembre de 2026, la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó por abrumadora mayoría una resolución que invita a los Estados, las escuelas, las organizaciones internacionales y las empresas tecnológicas a priorizar mapas del mundo que reflejen con mayor fidelidad la superficie real de los continentes.
Impulsado por Togo en nombre de la Unión Africana y copatrocinado por Francia, el texto, denominado «Correct the Map», obtuvo 164 votos a favor, uno solo en contra —el de Estados Unidos— y seis abstenciones: las de Estonia, Georgia, Lituania, Moldavia, Serbia y Ucrania. La resolución no prohíbe la célebre proyección de Mercator, que sigue siendo útil para la navegación marítima y aérea, sino que fomenta el uso de proyecciones equivalentes, como Equal Earth (diseñada en 2018 por Bojan Šavrič, Tom Patterson y Bernhard Jenny), cuando el tamaño relativo de los territorios es un factor relevante.
Desde 1569, el mapa de Gerardus Mercator, geógrafo flamenco, ha dominado las aulas, los atlas y, actualmente, las aplicaciones digitales. Diseñado para trazar rutas marítimas en línea recta, conserva los ángulos, pero distorsiona enormemente las latitudes altas: cuanto más nos alejamos del ecuador, más se exageran las superficies. El resultado es que Groenlandia parece casi tan vasta como África, cuando en realidad el continente africano, con cerca de 30 millones de kilómetros cuadrados, es unas catorce veces mayor que la isla danesa. Rusia, Canadá, el norte de Europa y Estados Unidos adquieren un peso visual desproporcionado, mientras que África, América del Sur y parte del sur de Asia parecen reducidos.
Estas deformaciones, repetidas de generación en generación, han terminado por arraigarse en el imaginario colectivo y en la manera en que jerarquizamos mentalmente las regiones del mundo. La nueva representación invierte parcialmente esta jerarquía visual. África recupera su magnitud, Brasil se ensancha, Europa y América del Norte parecen más modestas y Groenlandia vuelve a ser una gran isla en lugar de un cuasicontinente.
No se trata de un detalle técnico. Los mapas nunca son neutros: orientan la educación, alimentan los relatos nacionales e influyen en la percepción de la importancia relativa de los pueblos y las regiones. Robert Dussey, ministro de Asuntos Exteriores de Togo, lo resumió ante la Asamblea: los mapas moldean nuestra comprensión del mundo, guían la educación, alimentan el imaginario e influyen en las percepciones colectivas. Un mapa justo no cambia la geografía del mundo, sino la forma en que lo vemos.
El sentido de este gesto es, ante todo, simbólico y pedagógico. Para muchos países africanos, la proyección de Mercator perpetuaba una minimización simbólica heredada de la época de las grandes navegaciones europeas, cuando África seguía siendo en gran medida una terra incognita para los cartógrafos de Amberes y Ámsterdam. La campaña «Correct the Map», relanzada por organizaciones como Africa No Filter y Speak Up Africa y posteriormente adoptada por la Unión Africana, presentaba el cambio como un acto de justicia cognitiva y reparación de la memoria.
Promover Equal Earth, más agradable a la vista que la antigua proyección Gall-Peters, a menudo considerada excesivamente alargada, equivale a mostrar el mundo tal como es en términos de superficie y no como convenía a los navegantes del siglo XVI. Francia, a través de su ministro de Asuntos Exteriores, anunció que el país abandonaría el uso sistemático de Mercator en favor de representaciones adaptadas a las necesidades actuales y más fieles a las superficies reales. Cambiar de mapa no cambia el mundo, pero corregir una representación que lo deforma constituye un acto de verdad.
Estados Unidos rechazó el texto al considerarlo un proyecto ideológico radical que desviaba a la ONU de las cuestiones de paz, prosperidad y buenas relaciones entre las naciones. Washington opinó que la institución se perdía en debates cartográficos propios del siglo XVI. Seis países de Europa del Este se abstuvieron, algunos preocupados por cómo los territorios en disputa, especialmente en Ucrania, podrían aparecer en los nuevos mapas.
Estas reservas recuerdan que toda representación plana conlleva también implicaciones de soberanía, fronteras y narrativa nacional. De hecho, la Unión Europea aclaró que la resolución no afectaba ni a la soberanía ni al estatus de los territorios. La resolución no es jurídicamente vinculante; no prohíbe la proyección de Mercator ni impone un mapa único. Google Maps, OpenStreetMap y la mayoría de las herramientas digitales seguirán utilizando Web Mercator, que sigue siendo adecuada para la navegación.
Ninguna proyección plana de un planeta esférico es perfecta: Equal Earth preserva las áreas relativas, pero deforma ligeramente las formas, del mismo modo que Mercator preserva los ángulos a costa de las superficies. El verdadero cambio se producirá en los libros de texto, los documentos diplomáticos, los medios de comunicación y las instituciones internacionales: allí donde el ojo aprende, desde la infancia, a jerarquizar el mundo.
Más allá del debate cartográfico, la votación revela un cambio de mayor alcance. Los países del Sur, representados durante mucho tiempo como periféricos en los mapamundis occidentales, exigen que se visibilice su peso demográfico, geográfico y, ahora también, económico. África no ha crecido entre 1569 y 2026; es la mirada la que se reajusta. En un mundo donde evolucionan las relaciones de poder y donde los minerales críticos, los corredores comerciales, las poblaciones jóvenes y una parte importante del crecimiento se sitúan al sur del ecuador, el mapa se convierte en una cuestión de narrativa.
Politólogo francés y especialista en temas internacionales.
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