Los próximos meses serán decisivos: determinarán si la región emprende el camino hacia una paz precaria, pero duradera, o si se hunde en un ciclo de violencia
Los próximos meses serán decisivos: determinarán si la región emprende el camino hacia una paz precaria, pero duradera, o si se hunde en un ciclo de violencia

Desde principios de julio de 2026, las hostilidades entre Estados Unidos, Israel e Irán se han reanudado de manera alarmante, rompiendo la frágil tregua que siguió al memorando de entendimiento firmado el pasado junio. Este resurgimiento, centrado en el estrecho de Ormuz, no es fruto de la casualidad ni de un simple error de cálculo; responde a una compleja combinación de factores estratégicos, económicos, políticos e ideológicos que llevaron al régimen iraní a poner a prueba los límites del acuerdo provisional alcanzado gracias a la mediación de Pakistán.
La reanudación de las hostilidades se enmarca en el contexto más amplio de la guerra que estalló el 28 de febrero de 2026, cuando las fuerzas estadounidenses e israelíes lanzaron una campaña masiva de ataques aéreos y con misiles contra Irán, causando la muerte —entre otros— del líder supremo Ali Jamenei y de numerosos altos funcionarios del régimen. Esta ofensiva —denominada «Epic Fury» por Estados Unidos y «Roaring Lion» por Israel— tenía como objetivo descabezar a la cúpula dirigente iraní, destruir una parte significativa de las capacidades balísticas y nucleares de Teherán y asestar un golpe duradero al régimen iraní. Irán respondió con descargas masivas de misiles y drones, bloqueando el estrecho de Ormuz y atacando objetivos estadounidenses y aliados en toda la región del golfo, en Israel y en el Líbano, donde Hezbolá había abierto un frente letal.
Miles de personas perdieron la vida, cientos de miles fueron desplazadas y la infraestructura civil y militar quedó devastada; entretanto, la economía mundial sufrió una grave crisis energética debido a la parálisis parcial del estrecho, por el que transita aproximadamente el 20 % del petróleo mundial. Tras semanas de intensos combates, a principios de abril de 2026 se negoció un alto el fuego de dos semanas bajo mediación paquistaní; el presidente Trump lo prorrogó indefinidamente y, posteriormente, se consolidó en junio mediante un «memorando de entendimiento» destinado a poner fin a las hostilidades, reabrir plenamente el estrecho, aliviar ciertas sanciones y allanar el camino para negociaciones sobre el programa nuclear de Irán. Sin embargo, apenas unas semanas después de la firma del acuerdo, Irán intensificó las amenazas y los ataques contra buques comerciales en el estrecho de Ormuz, con el objetivo de imponer sus propias normas de navegación y cobrar tasas de paso. Estas acciones desencadenaron nuevos ataques estadounidenses el 7 y 8 de julio, lo que llevó a Trump a declarar el fin de la tregua. Irán respondió atacando instalaciones militares estadounidenses en los Estados del Golfo, reactivando así una espiral de escalada de consecuencias imprevisibles.
Esta reanudación de las hostilidades deriva, en parte, del deseo de Irán de conservar una baza estratégica vital en un momento de gran vulnerabilidad. Para Teherán, el estrecho de Ormuz representa mucho más que una simple ruta de navegación; es un instrumento de presión asimétrica utilizado para amenazar el suministro energético mundial y obtener concesiones sin enfrentarse directamente a la superioridad militar de Estados Unidos e Israel. Al atacar buques comerciales e intentar imponer sus propias rutas y protocolos, Irán pone a prueba los límites del memorando de junio. Busca demostrar su condición de actor indispensable y espera obligar a Washington a aceptar acuerdos más favorables en materia de sanciones y reconstrucción.
Esta estrategia se fundamenta en una ideología de «resistencia» arraigada desde hace décadas. Desde la revolución de 1979, el régimen ha cultivado una narrativa de confrontación permanente con los «grandes Satanás», Estados Unidos e Israel, justificando sus programas nucleares y de misiles balísticos, así como su apoyo a grupos interpuestos en la región, como instrumentos de disuasión y proyección de poder. La muerte de Jamenei y la controvertida designación de su hijo, Mojtaba Jamenei, como sucesor han creado un vacío de legitimidad que las facciones de línea dura, especialmente dentro de la Guardia Revolucionaria, intentan llenar adoptando una postura intransigente.
Los desafíos que enfrenta Irán son inmensos y multidimensionales. En el plano militar, la guerra ha puesto de manifiesto y agravado las debilidades estructurales de sus fuerzas armadas: una fuerza aérea envejecida e incapaz de competir con los cazas furtivos y los sistemas de defensa integrados de la coalición; una armada convencional que ha quedado prácticamente neutralizada; y una dependencia excesiva de misiles y drones, recursos que, para ser eficaces en grandes cantidades, dependen de cadenas de suministro y producción vulnerables a ataques preventivos. La pérdida de la superioridad aérea sobre gran parte del territorio complica cualquier intento de reconstruir capacidades y deja los emplazamientos estratégicos restantes expuestos a nuevos ataques.
Los repetidos ataques contra instalaciones nucleares en Natanz, Fordow, Isfahán y Bushehr no solo han retrasado el programa de enriquecimiento, sino que también han destruido infraestructura civil adyacente, fomentando un sentimiento de humillación nacional y reforzando, al mismo tiempo, la determinación de las facciones de línea dura de acelerar el componente militar del programa como garantía última de la supervivencia del régimen.
Los desafíos políticos y sociales son, tal vez, los más profundos. La muerte de Ali Jamenei, figura central desde 1989, quebrantó el frágil equilibrio institucional entre el líder supremo, el CGRI (Guardia Revolucionaria), el clero de Qom (custodio de la observancia de la ley islámica) y las instituciones electas.
La designación de Mojtaba Jamenei, vista por muchos como una sucesión hereditaria contraria tanto a las tradiciones chiitas como a las de la República Islámica, ha suscitado reticencias en el seno del propio régimen y ha reforzado la influencia de la Guardia Revolucionaria, que ha emergido como el actor dominante en la transición. Esta concentración de poder en manos militares y de seguridad amenaza con intensificar la represión contra cualquier forma de disidencia, como lo demostraron las protestas de 2025-2026, que se saldaron con miles de muertos.
La guerra ha agudizado las fracturas sociales: las bajas civiles, la destrucción de hospitales, escuelas y universidades, el desplazamiento masivo y las penurias cotidianas han alimentado un resentimiento popular que, a la larga, podría amenazar la estabilidad del régimen si las promesas de resistencia no se traducen en mejoras tangibles.
En cualquier caso, la reanudación de las hostilidades en julio de 2026 pone de relieve una verdad fundamental: la cuestión iraní no se resolverá ni mediante la fuerza militar por sí sola ni a través de una diplomacia carente de medios de presión creíbles. Si bien el régimen de Teherán ha demostrado una resiliencia y una capacidad de adaptación innegables desde 1979, ahora se enfrenta a desafíos existenciales sin precedentes: una cúpula dirigente descabezada y cuestionada, una economía en ruinas, una sociedad fragmentada y una posición internacional debilitada.
Estados Unidos e Israel han demostrado su superioridad militar, pero también han evidenciado los límites de la fuerza a la hora de transformar de manera duradera a una nación de 90 millones de habitantes, un país que posee una fuerte identidad nacional y aliados regionales.
Europa, China y las potencias regionales tienen un gran interés en fomentar una desescalada negociada que preserve la estabilidad energética, evite la proliferación nuclear y abra perspectivas de desarrollo para los pueblos de la región. La historia de Oriente Medio está marcada por conflictos que comenzaron con cálculos racionales, pero desembocaron en tragedias imprevistas. El actual recrudecimiento de las tensiones en torno al estrecho de Ormuz recuerda que la prudencia, la previsión y la búsqueda de un compromiso viable siguen siendo las únicas vías para evitar que esta nueva fase de confrontación derive en una catástrofe de mayor envergadura.
Los próximos meses serán decisivos: determinarán si la región emprende el camino hacia una paz precaria, pero duradera, o si se hunde en un ciclo de violencia con repercusiones que se sentirán mucho más allá del golfo Pérsico.
Politólogo francés y especialista en temas internacionales.
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