Han construido una nueva postverdad sobre sí mismos para tolerarse, entenderse y atacar a sus enemigos imaginarios.
Han construido una nueva postverdad sobre sí mismos para tolerarse, entenderse y atacar a sus enemigos imaginarios.
El Salvador se quedó sin esa voz que, sin odio ni sesgos, nos recordaba que nuestra responsabilidad era y es, hacer justicia y hablar la verdad.
Se ha tratado de acusar a los migrantes hispanos de todos los males que aquejan a Estados Unidos, entre ellos la violencia pandillera.
Allá donde cada quien usa el disfraz que le conviene. Ya sea para engañar a los demás, esconder su risa o su tristeza o acaso su desconocida identidad.
¿Se vive en dos países distintos? Mientras de un lado se exhiben logros y desarrollo, del otro persisten comunidades enteras sin servicios básicos.
La pobreza es, en términos generales, la privación sostenida de recursos y oportunidades necesarias para llevar una vida digna.
En el contexto salvadoreño, reconocer la aporofobia es reconocer que muchas de las políticas migratorias, tanto internas como externas, se diseñan más desde la sospecha hacia la pobreza que desde la solidaridad. La aporofobia también se refleja en la forma en que se diseñan las políticas públicas.
La «pobreza bien» se oculta en casas de la Escalón y la Centroamérica, en apartamentos de la San Benito y la San Francisco.
Conducir en El Salvador no es solo un acto mecánico: es también un reflejo de nuestra salud mental colectiva.
A estas alturas, con la facilidad de las App gratuitas para aprender idiomas, sucede lo mismo que con la aritmética, “pereza mental”.
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