El corno del ferrocarril sonaba como la queja de una bestia errante en las vueltas del sendero. En aquella travesía al pueblo de “Tres Pasos” no esperaba compartir asiento con tal extraño viajante que –antes de cruzar el desfiladero de Izpaguaxi—había ofrecido heredarme una tierra de prosperidad, según dijo, como último deseo







