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Los salvadoreños no leemos y debería preocuparnos

“El analfabetismo, la dificultad de acceso a los libros o la ausencia de una infraestructura funcional en la red pública de colegios e institutos son explicaciones certeras. Sin embargo, también puede ser el hecho de que no leemos por no tener una cultura lectora…”

Imagen ilustrativa de clásicos de la literatura universal
Imagen ilustrativa de clásicos de la literatura universal. Foto / cortesía

Es bien sabido que leer trae más beneficios que perjuicios. Aun así, los salvadoreños apenas promediamos cinco libros al año o, dicho dramáticamente, menos de medio libro al mes. Naturalmente, las circunstancias son variadas. El analfabetismo, la dificultad de acceso a los libros o la ausencia de una infraestructura funcional en la red pública de colegios e institutos son explicaciones certeras. Sin embargo, también puede ser el hecho de que no leemos por no tener una cultura lectora y con esto no me refiero a leer hilos en redes sociales, sino a un hábito sostenido en el tiempo.

Además, solemos ver con admiración a sociedades como las europeas (hay países como Finlandia que promedian dieciséis libros al año), las asiáticas (los coreanos promedian un libro mensual) y la norteamericana (números similares a la República de Corea). Casualmente, sociedades acostumbradas a tener un libro en sus manos.

Así que hoy vengo a hacer una apología al noble hábito de la lectura y a lanzar un desafío al pueblo salvadoreño: empezar a aplicar la lectura como hábito general.

El arte y, por tanto, la literatura fomentan la empatía

Tomar un libro es abrir un nuevo mundo, el cual muchas veces no conocemos. La literatura nos envía a espacios físicos que desconocemos o nos presenta nuevas perspectivas sobre alguno que nos es familiar.

“Las uvas de la ira”, de Steinbeck, nos muestra el vasto camino que guía a los Joad de Oklahoma a California, tras haber sido desprovistos de su hogar. De la misma manera que Homero nos guía por el mar Egeo y el extenso Mediterráneo al contarnos las historias de Odiseo. Cada descripción y aventura nos hace imaginar aquellos espacios y, a medida que leemos, nos recreamos en esos lugares.

Sin embargo, estos viajes no solo sirven para imaginar, sino también para contraponer nuestra vida frente a la historia y ponernos en los zapatos del otro. Entender la vida desde los ojos de un tercero nos abre perspectivas, nos expone a nuevas formas de pensar y promueve la comprensión y la misericordia hacia el otro.

Además, esto nos permite evaluar nuestras acciones y decisiones. Por veces necesitamos ver en el otro lo que hacemos mal para entender lo que nosotros hacemos mal. Julien Sorel, en “El rojo y el negro”, de Stendhal, evidencia las consecuencias de querer perseguir el progreso a toda costa, el ascenso social, sin detenernos a pensar en todo el mal que esto puede acarrear. Conocer y entender a los héroes y a los villanos, exaltar la justicia y vilipendiar la maldad siempre será un ejercicio necesario para pulir nuestras asperezas éticas y morales.

La lectura —aunque sea muy evidente— nos ayuda a progresar lingüísticamente, a procesar mejor los conceptos y a agrandar nuestro vocabulario. Expandirnos lingüísticamente nos permite nombrar correctamente los conceptos que nos rodean, identificar y entender las injusticias, los sentimientos, así como todo aquello que nos rodea. En definitiva, ayuda a tener una mejor resolución de los conflictos.

Imaginémonos estar en un mundo extraterrestre y que nos estamos muriendo de sed. Necesitamos llegar a un acuerdo lingüístico con nuestro interlocutor para darle un sentido a un concepto fisiológico. Ahora, en el terreno de lo real, pasa muy a menudo, pero bajo la premisa de la ignorancia lingüística y conceptual. Por ejemplo, tenemos que llamar a los objetos por su nombre y no “cosas”. Esto nos hará personas con una mayor capacidad de inteligibilidad del mundo. Por lo que el vocabulario no es lujo, es la manera de nombrar conceptos y resolverlos coherentemente.

La lectura y la salud mental

Sin embargo, estos parecen argumentos líricos y la verdad va más allá. La lectura impacta positivamente en nuestro desarrollo mental y cognitivo. En primer orden, evita su deterioro.

Si retomamos lo previamente dicho podemos emparejarlo con el famoso estudio de la Universidad de Emory. En él descubrieron que la lectura tiene efectos neuronales, sobre todo en el córtex temporal izquierdo (área asociada al lenguaje) y el surco central (asociado a la representación sensorial persistente).

Incluso la Rush University Medical Center demostró que el hábito lector —entendido como una actividad mental estimulante— es una barrera contra el deterioro cognitivo. Uno de sus estudios determinó que quienes tuvieron hábitos mentalmente estimulantes, entre ellos la lectura, sufrieron menos enfermedades degenerativas como el Alzheimer. Los beneficios no solo son lo morales, sociales o éticos, sino que ayudan a estimular nuestra actividad cerebral y neurológica. Es por esto que la lectura pertenece al rango de la salud mental.

Y, manteniéndonos en este rubro tan importante en nuestros días, cabe resaltar la relación entre la lectura y la respuesta de dopamina. Últimamente se ha vuelto viral el tema de que ciertas actividades generan dopamina vacía. Esto se asocia a preferir el consumo excesivo del celular por encima de actividades recreativas menos pasivas.

Según estas teorías, el celular siempre va a suponer un entretenimiento sin mucha carga cognitiva; o sea, un consumismo que no requiere un mayor esfuerzo mental. Y lo contraponen con actividades que requieren trabajo, pero que ofrecen mejores recompensas de dopamina.

Es cierto que estas observaciones no necesariamente se fundamentan en bases científicas; pero llama la atención la necesidad que tenemos, como sociedad, de superar el consumo vacío y pasivo de internet a través del celular. Los usuarios digitales aseguran que el resultado del uso excesivo de las redes sociales ha sido palpable: depresión y la destrucción de la capacidad cognitiva.

Pero, si es tan positivo, ¿por qué no lo hacemos?

Esencialmente porque es un entretenimiento que no es fácil, pues requiere de una fuerza de voluntad altísima. Sería como hacer ejercicio: necesario, pero difícil. Todos somos conscientes de los males que nacen del sedentarismo. Pues nuestra mente funciona igual.

La lectura no es fácil, y los mismos libros pueden ser un reto. Lecturas como “La montaña mágica”, de Thomas Mann; “Ulises”, de James Joyce; o “La región más transparente”, de Carlos Fuentes, siempre serán un desafío intelectual. Son libros extensos y retadores. Pero también los hay que se disfrutan por su ligereza, sin que esto atente contra su profundidad intelectual. “La ciudad y los perros”, de Vargas Llosa, o “Amor en tiempos del cólera”, de García Márquez, siempre serán grandes opciones para iniciarse en la lectura.

En definitiva, estableceré una analogía con la comida: existe comida chatarra, saludable, casera y sofisticada. Con el entretenimiento funciona igual: podemos consumir entretenimiento chatarra, por ejemplo, las redes sociales; entretenimiento saludable, como la lectura; o entretenimiento sofisticado, visitar un museo. Todo es cuestión de balancear con ingenio con qué queremos alimentar nuestro cerebro.

Además, ayuda económicamente a un sector olvidado. Históricamente, los salvadoreños hemos sido grandes escritores y poetas. Solamente en la nación poseemos material suficiente para emprender el reto de la lectura. Debemos leernos más y apoyarnos, así como a nuestras librerías.

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