¿Escondió El Salvador al fusilado emperador Maximiliano de Habsburgo? Una exhaustiva investigación de 12 años desentierra testimonios inéditos que prometen desafiar la historia oficial y reavivar el mito de Justo Armas
¿Escondió El Salvador al fusilado emperador Maximiliano de Habsburgo? Una exhaustiva investigación de 12 años desentierra testimonios inéditos que prometen desafiar la historia oficial y reavivar el mito de Justo Armas

Por décadas, las calles empedradas de San Salvador resguardaron uno de los secretos más fascinantes y persistentes de la historia latinoamericana. Un hombre de modales aristocráticos, profunda cultura y trajes impecables caminaba descalzo debido a una misteriosa promesa religiosa.
Su nombre era Justo Armas. Para el mito popular y las notas luctuosas de la época, no se trataba de un extranjero cualquiera, sino del mismísimo emperador Maximiliano de Habsburgo, supuestamente salvado del paredón de fusilamiento en México gracias a un pacto masónico.
Hoy, este enigma cobra un nuevo e histórico matiz bajo la mirada de Gladys Alvarado Suncín, una escritora con una sensibilidad literaria innata y heredera de un legado familiar extraordinario, al ser sobrina nieta política de Antoine de Saint-Exupéry, el autor de El Principito, y de la salvadoreña Consuelo Suncín.
Tras una minuciosa investigación que arrancó en 2012 —detonada curiosamente por la compra de unas copas que pertenecieron al propio Armas —, Alvarado Suncín se adentró en archivos de México y El Salvador para dar forma a su nueva obra.

Apoyada en los hallazgos iniciales del fallecido arquitecto Rolando Deneke y, de manera crucial, en el testimonio escrito e inédito del hijo del mejor amigo de don Justo, la autora desentierra las piezas de un rompecabezas histórico.
En el marco de su presentación en la Escuela de Antropología de la Universidad Tecnológica de El Salvador (UTEC), el próximo 29 de mayo, conversamos con la escritora sobre los desafíos de su investigación, el «eslabón perdido» que consolidó su libro, y cómo el hermetismo y la indulgencia de personajes como Benito Juárez podrían obligarnos a reescribir la historia de tres naciones.
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¿Qué fue lo más difícil de rastrear durante más de una década y cuál considera que fue el ‘eslabón perdido’ o la pista clave que finalmente consolidó este libro?
Así es. He realizado una exhaustiva investigación desde el 2012 cuando una amiga mía que estaba casada con un descendiente de los Arbizú me vendió unas copas que pertenecieron a don Justo Armas.
Yo no sabía quien era él, pero me fascinó la historia y la empecé a investigar a través de lo que dijo el arquitecto Deneke al periodista Carlos Peña, en una entrevista de catorce páginas de La Prensa Gráfica. Lo más difícil de rastrear fueron los documentos históricos de México, pero cuando los encontré descubrí cosas muy interesantes.


El documento de El Salvador más importante fue el testimonio escrito de don Otto Schleusz, hijo de don Rodolfo Schleusz, el mejor amigo del señor Armas, quien iba escribiendo todo lo que él le contaba. Es gracias a este documento que yo fui investigando si era realidad lo que don Justo le decía y me sorprendí muchísimo. Hay cosas que se descubrieron hasta 1997, y don Justo ya se las había dicho a su amigo.
Este documento es para mí el eslabón perdido que me dio la pista clave para mi investigación. Agradezco a Carmen Elena Schelusz y a sus tíos, quienes me lo proporcionaron. Agradezco también los testimonios valiosos de doña Elin Sol de Rodríguez Porth, de doña Vinia de Quiñónez, de doña Gladys Gándara de Moctezuma, todas de grata recordación. A Vinia Quiñonez y Mayte Moctezuma, sus hijas. A doña Silvia Herodier de Sol y su hijo Rafael Sol Herodier.
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La leyenda de Justo Armas como el emperador Maximiliano de Habsburgo escondido en El Salvador siempre ha caminado entre el mito popular y la realidad. Con los hallazgos de su obra, ¿debemos prepararnos para reescribir oficialmente parte de la historia de Austria, México y El Salvador, o su libro busca mantener abierto el beneficio de la duda?
La leyenda de que Justo Armas era Maximiliano ha estado desde la época en la que él vivió aquí. En las notas luctuosas de algunos periódicos lo dicen y muchos de los testimonios personales que se mencionan en el libro también lo decían.
Lo más importante de mi investigación es descubrir la verdad. ¿Quién sería en realidad Justo Armas? ¿Cómo y por qué vino a El Salvador? ¿Por qué oculto su nombre?… Reivindicar la verdad es una misión que la humanidad debe realizar para poner en su sitio justo a la historia contada, que no siempre es auténtica, pero al descubrirla es más bella e interesante de aquello que nos manifestaron.

Como dijo Benito Juárez en su discurso triunfal del 15 de julio de 1867, hablando de la verdad, la indulgencia y la justicia: “Hoy no pueden comprender la necesidad de ella (indulgencia), ni la justicia que la apoya: al tiempo está reservado apreciarla”.
Más allá de la teoría de la realeza, Justo Armas es recordado en la memoria salvadoreña como un hombre culto, elegantemente vestido, pero que caminaba descalzo por una promesa religiosa. Desde su perspectiva como investigadora, ¿cómo influyó esa estrafalaria y mística personalidad en la sociedad salvadoreña de la época para que su secreto se mantuviera protegido?
La sociedad de la época de don Justo estaba muy curiosa de conocer quién era él en realidad. El señor Armas fue quien protegía de manera hermética su identidad. Muchas veces el contaba cosas que evidenciaban su mentira y los que le oían, arqueaban sus cejas. Su médico personal fue uno de ellos, el doctor Hernández, quien siempre le preguntaba cosas a don Justo, tratando de descubrir quién era y el señor Armas le prometió que en su lecho de muerte lo haría, pero él no estuvo presente. Curiosamente, en lo que nunca se equivocó don Justo fue en los hechos históricos relacionados al Segundo Imperio Mexicano.
Usted tiene un trasfondo familiar literario e histórico muy rico, siendo sobrina nieta política de Antoine de Saint-Exupéry y habiendo escrito bastante sobre el entorno de El Principito y su tía abuela Consuelo, ¿cómo influyó esa sensibilidad hacia las grandes historias y los lazos internacionales al momento de abordar un misterio tan complejo como el de Justo Armas?
Es un privilegio y honor ser la sobrina nieta política de Antoine de Saint-Exupéry, y fue gracias a Consuelo que descubrí que escribir es lo que más me gusta hacer en la vida, por lo que esa influencia está impregnada en mí. Y esta investigación de Justo Armas es un reto enorme, que ningún escritor salvadoreño se atrevió a hacerlo.

Hay varias novelas históricas al respecto, Tierra Ligera, de Santiago Miralles; El austriaco descalzo de Javier Roshardt; La vida por un imperio de Anamari Gómiz. Solo el arquitecto Rolando Deneke tuvo la primera investigación con relación a ello, que hasta hoy no se pudo conocer, ya que el enfermó gravemente y lamentablemente murió.
Esta presentación se realizará en la Escuela de Antropología de la Universidad Tecnológica de El Salvador (UTEC). Desde el punto de vista de la identidad y la cultura salvadoreña, ¿por qué cree que el misterio de Justo Armas sigue cautivando y fascinando a las nuevas generaciones de lectores e investigadores tantos años después de su muerte?
Porque realmente es un relato extraordinario, que, de comprobarse, reescribiría la historia de tres países, México, El Salvador y Austria. Y develaría una nueva virtud en “el benemérito de las Americas”, la indulgencia, y lo pondría entre los más grandes hombres humanistas del mundo, no solo por la libertad, sino también por la indulgencia, y como dijo él: “Al tiempo está reservado apreciarla” … Pienso que ahora es ese tiempo al que él se refirió.
Esta investigación la he realizado de manera objetiva, sin ningún velo juarista, monárquico o imperialista, sino, buscando la verdad de lo que pasó. Todo empezó aquí en El Salvador con Justo Armas y las leyendas que se contaban de él, y eso me llevó hasta el emperador Maximiliano.
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