Con alarmantes tasas de inactividad lectora que rozan el 60 % en el istmo, la industria editorial centroamericana sobrevive bajo la advertencia académica del peligro que esto representa para la democracia
Con alarmantes tasas de inactividad lectora que rozan el 60 % en el istmo, la industria editorial centroamericana sobrevive bajo la advertencia académica del peligro que esto representa para la democracia

Centroamérica escribe, cuenta historias y exporta talentos excepcionales, pero sus propios ciudadanos apenas abren las páginas de un libro. Esta dura paradoja marca el pulso del ecosistema cultural de la región, un diagnóstico en el que coinciden las voces más autorizadas de la literatura iberoamericana, los crudos datos estadísticos y la academia regional.
En el marco del festival Centroamérica Cuenta, celebrado en Panamá este mayo de 2026, el Premio Cervantes nicaragüense, Sergio Ramírez, puso el dedo sobre la llaga al denunciar la «precariedad» del mercado consumidor local. «Cada vez que se cierra una librería en Centroamérica, es un dolor muy grande», lamentó el novelista en entrevista con AFP, describiendo un desierto comercial donde, con suerte, subsiste apenas una cadena de librerías por país.
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Esta visión es compartida por el sector que produce los libros. Raúl Figueroa Sarti, fundador de F&G Editores —una de las casas editoriales independientes más emblemáticas de Guatemala—, acuñó en los 90, en entrevista con elfaro.com, una frase que resume el reto logístico y comercial del istmo: «Es más difícil vender libros en Centroamérica que mandar libros a Estados Unidos».
Para Figueroa Sarti, el mercado de lectores por placer era diminuto en aquella época y, actualmente, la realidad no ha variado mucho, condicionada por redes de distribución rotas y un sistema donde el único negocio seguro es el del texto escolar obligatorio.

En 2026, Susana Reyes del sello editorial Índole -en entrevista con eldiariodehoy.com-, también acepta que la comercialización de libros en la región es complicada y un oficio de «guerreros». » (por eso)… yo me metí más en la cuestión de acompañar procesos de edición de autor», enfatizó.
EL «CLUB DEL CERO» Y LA CAÍDA DEL HÁBITO
La percepción de escritores y editores no es una queja aislada. El diagnóstico más exhaustivo a escala regional quedó registrado en el informe del Instituto Centroamericano de Estudios Fiscales (ICEFI) y el CERLALC / UNESCO de 2016.
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Aunque la falta de presupuestos estatales impide actualizar estas encuestas masivas en todo el istmo de forma anual, el mapa estadístico sigue siendo el reflejo de una realidad estancada, donde el porcentaje de personas que declararon haber leído cero (0) libros en el año es alarmante:
Honduras: el 69.5 % de la población no consumió ningún libro.
El Salvador: el 64.2 % admitió no haber leído una sola obra literaria.
Nicaragua: registró un 63.8 % en la misma casilla de inactividad lectora.

Incluso en Costa Rica, considerado históricamente el mercado con mayor infraestructura y hábitos de lectura del istmo, la realidad actual ha encendido las alarmas. La Encuesta Actualidades de la Escuela de Estadística de la Universidad de Costa Rica (UCR) reveló que el 39.9 % de los costarricenses no leyó ni un solo libro en el último año.
Además, el estudio de la UCR demostró que, entre quienes sí leen en suelo costarricense, el promedio descendió a 4.6 libros anuales por persona (un libro menos frente a los índices de 2016). Existe una profunda contradicción: aunque el 87.8 % de la población afirma que leer es una actividad prestigiosa, el 57.5 % admite que solo abre un libro «si lo tiene que hacer» por motivos obligatorios o de estudio.
CALDO DE CULTIVO PARA EL AUTORITARISMO
Para Francisco Guevara Quiel, decano de la Facultad de Letras de la UCR, en el estudio antes citado, este fenómeno responde al crecimiento vertiginoso de la cultura audiovisual y de contenidos virtuales sintéticos, lo que ha reducido la lectura reflexiva a «nada o casi nada».
Así, el profesional coincide con Sergio Ramírez en el trasfondo político que esconde este desierto cultural. El académico advierte que la pérdida de capacidad crítica y de reflexión convierte a los ciudadanos en «presa fácil de manipulaciones ideológicas, políticas e intelectuales desarrolladas por grupos de poder».

A su juicio, una población que no lee se transforma en el «caldo de cultivo de las dictaduras y de las democracias falsamente populares que han dado lugar al populismo».
Esta asimetría cultural se refleja también en la economía del libro. Según los consolidados comerciales del ICEFI antes citado, Centroamérica es un bloque altamente dependiente de la importación: adquiere millones de dólares en libros impresos en el extranjero (España, México y Colombia), mientras que las exportaciones conjuntas de las editoriales locales apenas alcanzan unos cuantos.
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Frente al raquítico circuito de distribución comercial y el desinterés de los gobiernos locales por generar nuevos censos o políticas públicas eficaces, iniciativas independientes como el festival Centroamérica Cuenta emergen como el motor indispensable para la supervivencia de las letras del istmo.
Al tejer redes de formación, talleres especializados y conversatorios que conectan a creadores de diversas regiones del mundo, el festival no solo visibiliza a los narradores consolidados, sino que pule a las nuevas generaciones.
Gracias a estos puentes de internacionalización, autores centroamericanos logran saltar el cerco de las fronteras locales para ser editados por grandes sellos en Madrid, Buenos Aires o Ciudad de México.
La literatura centroamericana sigue demostrando una vitalidad incombustible en su fondo; el reto urgente sigue estando en las vitrinas y en las aulas, las únicas capaces de transformar, finalmente, a una región de ciudadanos manipulables en una región de lectores analíticos.
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