La literatura centroamericana está de luto tras la intempestiva partida de Krisma Mancía a los 46 años. Poeta, gestora y artesana, deja un legado imprescindible marcado por la lucidez, la entrega y una sensibilidad indómita.
La literatura centroamericana está de luto tras la intempestiva partida de Krisma Mancía a los 46 años. Poeta, gestora y artesana, deja un legado imprescindible marcado por la lucidez, la entrega y una sensibilidad indómita.

El territorio de las letras centroamericanas amaneció bajo la pesadumbre del luto. La poeta, docente, artesana y gestora cultural salvadoreña Krisma Mancía falleció en la madrugada del sábado 25 de julio de 2026 a la edad de 46 años.
La sorpresiva noticia fue confirmada por quien era su actual pareja y compañero de vida, el escritor costarricense Melvyn Aguilar, a través de un emotivo mensaje en redes sociales que sorprendió a sus colegas y amigos: «Con todo el dolor de mi alma tengo que informarles que mi querida compañera de vida y esposa Krisma Mancía nos ha dejado…».
Su partida intempestiva deja en la orfandad a una hija de 18 años, Valeria, a quien concibió junto al recordado escritor y periodista salvadoreño Rafael Menjívar Ochoa (1959-2011).
Justo este año, en un gesto de generosidad intelectual e invalorable sentido de la memoria, Krisma donó la totalidad del archivo personal que conservaba de Menjívar Ochoa al Museo de la Palabra y la Imagen (Mupi).

Nacida en San Salvador en 1980, Mancía trazó una trayectoria de una factura impecable y de una sensibilidad feroz.
Formada en Letras por la Universidad de El Salvador, en teatro dentro de La Escuela Arte del Actor y forjada en el célebre taller de La Casa del Escritor bajo la tutela de Menjívar Ochoa, irrumpió con fuerza propia en el panorama de la literatura hispanoamericana.
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En 2005 conquistó el I Premio Internacional de Poesía Joven «La Garúa» en Barcelona con su célebre poemario Viaje al Imperio de las Ventanas Cerradas. A este le siguieron obras fundamentales como La era del llanto (2004), Nueva Cosecha (2016) e Historia de un cometa, volúmenes en los que sostuvo un permanente y refinado diálogo entre lo cotidiano y lo sublime, entre la proclamación del deseo y la insoslayable orfandad de la naturaleza humana.
Diversas personalidades del ámbito cultural manifestaron su dolor ante la irrevocable ausencia. La poeta y editora Alexandra Lytton Regalado, cofundadora de editorial Kalina, rememoró con admiración la voz autentica de la autora:

«Krisma Mancía fue una de esas poetas cuya voz era inconfundible desde el primer verso: intensa, precisa y auténtica. Conocí a Krisma hace casi veinte años en los talleres de écfrasis de Kalina y siempre me impresionó la seriedad y el amor con que asumía la poesía. Era una mujer de una fuerza extraordinaria: por fuera serena y medida, pero con un fuego profundo que también habita sus poemas… Su muerte nos deja un vacío inmenso, pero no tengo duda de que su obra seguirá ardiendo entre nosotros».
Asimismo, la escritora Lauri García Dueñas resaltó el refinamiento técnico y humano que caracterizó a la autora salvadoreña: «Nació el mismo año que yo. Una gran mujer, una gran poeta, gran gestora cultural. Lo más que puedo destacar de ella es su obra, que es una obra compleja, con un lenguaje desarrolladísimo, una artista artesana… La comunidad poética lamenta la partida de uno de sus mejores elementos. Una mujer encantadora, guapa, preciosa, gran artista. En el anonimato, más que una gran artista, era una gran amiga, un gran ser humano».

Desde las artes escénicas, Héctor Estrada, director de la Compañía de Ariel Zuria, la evocó desde sus primeros pasos juveniles: «Krisma fue una aficionada de las letras, no me refiero por calidad, sino por esa afición permanente a leer y a escribir… Yo con ella en los Juegos Florales, me gustaba participar, pues yo lo miraba desde el punto de la escena y no de las letras. Pero su sonrisa ya no fue la misma».
Por su parte, la escritora Nayda Acevedo Medrano compartió en redes sociales un emotivo y lírico testimonio sobre la complicidad compartida y el último diálogo que sostuvieron horas antes del deceso de la poeta:
«Mi última conversación de ayer, ya en la noche, fue con Krisma. No solo editaba mis libros, nos convertimos en cómplices a lo largo de aprendernos en el oficio, en la vida. Hablábamos de todo: de su injusto despido del Ministerio de Cultura, de Vale, del Capitán Adorable, de los procesos de sanación, de los collares y colores, de las mujeres en las maquilas, de cómo debíamos escribir más desde las voces e historias de las mujeres, de la escritura en general, de la lectura, de la salud, de la vida, de los lutos… y de la muerte. Hoy en la madrugada recibía la noticia».

La desolación por su fallecimiento se entrelaza con la amargura por la adversidad que ensombreció sus últimos días.
Tras 14 años de abnegada labor en el servicio público cultural —donde ejerció como primera directora de la Casa de la Cultura de la Mujer en Ciudad Mujer y coordinó impecablemente los Juegos Florales de El Salvador—, la propia poeta reveló en sus redes sociales que fue despojada de su empleo apenas tres semanas después de reincorporarse tras una incapacidad médica, en la que fue diagnosticada con insuficiencia cardíaca en etapa III y dos padecimientos crónicos.
Allegados a la escritora confirmaron que tras esta decisión administrativa, Mancía quedó desprovista de seguro y sin indemnización alguna por sus años servidos, una situación que terminó por apagar la sonrisa de su rostro y sumirla en una profunda tristeza.
Hay que resaltar que a la par de las letras, Krisma canalizó su genio creativo como emprendedora al fundar la marca Krismática, dedicada a la joyería artesanal en papel, proyectando el diseño salvadoreño a plataformas internacionales en Luxemburgo, Madrid y Marruecos.
Ante este amargo trance, familiares y amigos han hecho un llamado a la solidaridad; en redes sociales se ha indicado que quienes deseen brindar colaboración económica a la familia pueden comunicarse directamente con su entorno cercano.

Para destacar su pluma, acá compartimos uno de sus poemas:
La muerte contratada
Ya nadie extiende el dedo índice
para que se pose un colibrí.
La culpa es un largo río
que arrastramos como una sábana.
Lo sabemos y es mejor no denunciarnos.
Nada es cierto, dijiste en un julio
de nunca jamás. Nada.
Ni la vitamina D que te dio el doctor
en comprimidos amarillos y en dosis de ocho horas.
Nada es verdadero ni puro,
ni siquiera ese hijo que nace
sin la conciencia del pasado o la inocencia del futuro.
La muerte también se fastidia, dijiste en un día falso
y señalaste tu guadaña escondida en el armario,
fue cuando otras muertes llegaron a matarte
con la excusa de tomar el té.
Y entendí porque quería morir después de hacer el amor contigo,
porque sentía que tu pelvis encajaba en la mía,
porque amaba tus dedos fríos apretando mi garganta
hasta ver esa luz tan pura que me invitaba a dormir,
porque tu sexo me calzaba a la perfección,
porque noviembre nunca terminaba y el café nunca se enfriaba,
porque el mundo dejaba de existir y otros envejecían y morían rápido
y entendí que me matabas todas las noches,
todas las noches
ocultabas las evidencias de mis otras vidas bajo el tapete
y me resucitabas con el grito del despertador
antes de ir a trabajar y tomar el desayuno y ducharse y apartar la sábana,
antes de recordar los sueños que nunca tuve.
Entendí que me mentías
como se le miente al dolor reducido con analgésicos.
«Se miente por anticipado. Se miente por encargo»,
decía tu tarjeta de presentación
y nunca pude agradecerte las muertes múltiples en la habitación.
Buen trabajo, pasa mañana por tu cheque.
Las mentiras no funcionan bien
después de morir mil veces.
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