En este Día de la Madre, la historia de Isabel Naves, de 90 años, se entrelaza con la del templo patrimonial de San Jacinto; ambos han sobrevivido a terremotos y al olvido, sostenidos únicamente por la fe y su comunidad
En este Día de la Madre, la historia de Isabel Naves, de 90 años, se entrelaza con la del templo patrimonial de San Jacinto; ambos han sobrevivido a terremotos y al olvido, sostenidos únicamente por la fe y su comunidad

A sus 90 años, Isabel Naves, conocida cariñosamente como «Chabelita», se levanta cada día de madrugada en su modesta casa de la colonia Esmeralda, en San Jacinto. Su primer desafío no es la edad, sino recolectar el agua que solo llega durante una hora a esa zona del sur de San Salvador: de 5:00 a 6:00 a.m.
Sola, acompañada únicamente por sus gatas y apoyada en su andadera, Chabelita es la viva imagen de la resiliencia salvadoreña.
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Al otro extremo del barrio, sobre el bulevar Venezuela, la iglesia de Candelaria se mantiene en pie como un milagro de madera y fe. Al igual que Chabelita, el templo es un «sobreviviente».
Ambas historias convergen cada domingo, pero especialmente este 10 de mayo, Día de la Madre, cuando la comunidad se convierte en la familia que la distancia le arrebató a Chabelita, quien procreó tres hijos.

La historia del hermoso templo de Candelaria es una de constantes renacimientos. Aunque existen indicios de su importancia desde la época colonial y registros de una edificación en 1816, el terremoto de 1873 la redujo a escombros.
Fue reconstruida tras 1879 con materiales ligeros y técnicas antisísmicas para enfrentar la naturaleza volcánica del valle, así ha quedado registrado en los anales de El Diario de Hoy.
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Chabelita también conoce de reconstrucciones. Con sus tres hijos viviendo lejos y enfrentando sus propios problemas de salud, ella ha tenido que aprender a sostenerse sola. El pasado enero, una caída mientras regaba sus plantas casi le apaga la voz, pero, como su parroquia tras el terremoto de 1986, logró levantarse con ayuda de sus vecinos y llegar a un centro asistencial.
En aquel fatídico octubre de 1986, la iglesia sufrió uno de sus golpes más duros. Solo dos años después de una costosa restauración de 800 mil colones, el sismo derribó su cúpula y gran parte de la nave principal.



Sin embargo, la imagen de la Virgen de Candelaria —que un mito asegura fue donada por el Emperador Carlos V— permaneció intacta en el altar, tal como la lucidez de Chabelita permanece intacta tras nueve décadas.
LA COMUNIDAD: EL CIMIENTO INVISIBLE
Pero el verdadero motor que mantiene con vida estos dos patrimonios es la feligresía. Chabelita es considerada una de las más queridas de la comunidad actual; ella recuerda con nostalgia cuando apenas eran siete personas las que comenzaron a congregarse.
Hoy, a pesar de que el exterior del templo muestra las huellas del tiempo y la falta de fondos en su campanario, el interior brilla con esplendor. Es entre esas paredes de madera donde Chabelita encuentra su refugio.
Cada domingo acude a desayunar con sus hermanas de comunidad y a participar en la asamblea antes de la Santa Misa. Fue allí donde recientemente celebraron sus 90 años, llenando el vacío de sus hijos ausentes con el calor de una familia espiritual.



«Oro todos los días pidiendo que la iglesia no se incendie como la de San Esteban y que la siga manteniendo en pie», comenta la lúcida nonagenaria. Su miedo no es infundado: la Dirección de Patrimonio Cultural ya advertía en 1986 que la preservación de este tesoro arquitectónico dependería siempre de la organización de los vecinos.
Este 10 de mayo, mientras San Salvador celebra a las madres, la historia de Isabel Naves nos recuerda que el abandono es el sismo más silencioso.
Ella sobrevive vendiendo zapatos que le envían o velitas a la salida de la iglesia, aferrada a su independencia en una sociedad que ha optado por olvidar a sus ancianos.
Y aunque ha tratado de ubicarse en un lugar donde pueda ser atendida en su vejez, la realidad de los asilos y los altos costos le han impedido ingresar a uno.

Tanto la iglesia de Candelaria como Chabelita requieren un «cuido especial». La estructura de madera de la parroquia necesita mantenimiento constante para no perderse, al igual que Isabel necesita de esa red de vecinos que la vigila cuando sale a realizar sus diligencias.
En el corazón del barrio Candelaria, entre el tráfico del bulevar Venezuela y el bullicio de la vecindad, existe un triángulo de resistencia. Allí, una madre de 90 años y un templo de madera nos enseñan que el patrimonio más valioso de El Salvador no son sus edificaciones, sino los vínculos que logran mantener en pie la sociedad misma, pese a los embates de la vida.
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