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5 leyendas del libro «Mitología de Cuscatlán» de Miguel Ángel Espino para el mes del terror

A pocos días del inicio del culto a la muerte mesoamericano, recordamos cinco de las leyendas que Miguel Ángel Espino incluyó en su libro «Mitología de Cuscatlán», publicado originalmente en 1919.

Antiguo retrato de Miguel Ángel Espino
Antiguo retrato del escritor salvadoreño Miguel Ángel Espino mejorada con herramientas de IA. Foto / EL DIARIO DE HOY

Publicado en 1919 como la primera obra del autor santaneco Miguel Ángel Espino, Mitología de Cuscatlán no solo es un pilar de la narrativa salvadoreña, sino también un manifiesto de reencuentro con la identidad salvadoreña.

Hermano menor del famoso poeta Alfredo Espino, Miguel Ángel cultivó una prosa audaz, telúrica y poética que otorgó voz al enigma de las montañas, la majestuosidad de los volcanes y la melancolía de los ríos nacionales, según las páginas introductorias de dicho título, reeditado en 1996, como parte de la Biblioteca Básica de Literatura Salvadoreña, volumen 7.

En sus textos, Espino abogó por la «americanización de la enseñanza», proponiendo utilizar «en lo posible las cosas nacionales, suplantadas ahora con elementos extranjeros, y que a través de un opaco lente de pesimismo hemos visto con estaturas de enano».

Y lejos de infantilizar los relatos, el autor respetó el tono ancestral, estético y sobrenatural de las tradiciones orales nahua-pipiles.

Durante este octubre, época idónea para que el ambiente de misterio se intensifique -previo al tradicional Culto a la Muerte de Mesoamérica y la conmemoración de los difuntos-, es válido regresar a la Mitología de Cuscatlán y adentrarse en un espectro de apariciones, transformaciones y fuerzas sobrenaturales.

Los espectros castigados por deidades celosas, los nahuales vástagos de la magia negra, los niños inmortales de los barrancos y los gigantes colosales que sostienen el firmamento emergen no solo como narraciones fantásticas, sino como memoria viva de una civilización cuya cosmogonía sigue resonando en la penumbra de nuestro territorio.

1 EL CIPITÍN TIENE NOVIA

Ilustración de El Cipitín según la "Mitología de Cuscatlán" de Miguel Ángel Espino
Ilustración de El Cipitín según la «Mitología de Cuscatlán» de Miguel Ángel Espino, generada con herramientas de IA. Foto / EL DIARIO DE HOY

En el libro de Espino, el Cipitín es el hijo de la desquiciada Siguanaba, y su historia narra el destino melancólico de un niño eternamente atrapado en la infancia. Con ojos negros y piel canela, Cipitín encarna un amor casto, observando a las muchachas en el río desde las sombras, sacudiendo flores sobre ellas.

Su vida toma un giro dramático cuando se enamora de Tenáncin, una niña pequeña y bonita. Un día, ella se pierde en el bosque y encuentra al Cipitín dormido sobre un lirio.

Al verla, el Cipitín huye, guiándola a través de la maleza hasta una roca en las faldas de un volcán (Sihuatepeque o Cerro de la Mujer). Con un toque de su poder, el pequeño abre una puerta de musgo y ambos entran, desapareciendo para siempre.

El padre de Tenáncin muere loco de dolor al no dar con ella, y la leyenda advierte que el Cipitín, aún de 10 años, sigue espiando a las muchachas en el río, un recordatorio melancólico y un numen (deidad dotada de un poder misterioso) de los amores castos que acecha en la naturaleza.

2 LA SIGUANABA NO ES BONITA

Ilustración de La Siguanaba según la "Mitología de Cuscatlán" de Miguel Ángel Espino
Ilustración de La Siguanaba según la «Mitología de Cuscatlán» de Miguel Ángel Espino, generada con herramientas de IA. Foto / EL DIARIO DE HOY

La Siguanaba, una de las leyendas más aterradoras de la mitología de El Salvador, narra el castigo de Sihuélut, una mujer hermosa que se entregó a la vanidad, abandonando a su hijo Cipitín y a su esposo, a quien hechizó.

Su suegra servidora del dios Tlaloc, rogó por justicia, y el dios la convirtió en Sihuán (mujer del agua), condenada a la fealdad y la demencia perpetua. Ahora, con piel terrosa y arrugada, uñas largas, dientes salidos y ojos rojos y saltados, vaga de noche por los ríos y selvas.

A quienes se les aparece, les oculta el rostro como una muchacha perdida para engañarlos y llevarlos a perderse en los montes.

Allí, revela su espantoso aspecto, carcajeándose estridentemente antes de dejarlos ir. Se cuenta que el sonido característico de La Sigua es el de sus largas chiches golpeando las piedras del río, como aplausos lúgubres.

Su presencia nocturna acecha en los riachuelos y pozas hondas, un espectro símbolo de la infidelidad castigada y la demencia.

3 EL TIGRE DEL SUMPUL

Ilustración de El Tigre del Sumpul, según la "Mitología de Cuscatlán" de Miguel Ángel Espino
Ilustración de El Tigre del Sumpul, según la «Mitología de Cuscatlán» de Miguel Ángel Espino, generada con herramientas de IA. Foto / EL DIARIO DE HOY

Este mito presenta a un siniestro asesino de origen maya identificado como «El Tigre», quien aterroriza los márgenes del río Sumpul.

Desde su infancia en las montañas de Chalatenango, ha robado y asesinado, usando una mezcla de hojas de «tapa» (datura) y tabaco para adormecer a sus víctimas antes de rematarlas.

Un día, asesina a Malinalli, un joven indio muy querido por el pueblo, para robarle su valioso tejido de piel de chinchintor. Metzti, la luna, es testigo del crimen. El pueblo, dolido, jura venganza a través del Nahual de Malinalli: una furiosa culebra Masacuat con una mancha blanca en su lomo negro.

El Tigre, asustado por los encuentros con la serpiente, huye al peñón de Cayaguanca. Pero una noche, un grito rompe el silencio: el Nahual ha cumplido su misión. Un cadáver con las tres plumas de guara que el Tigre portaba en la frente rueda por la ladera, y la Masacuat se desliza rápidamente con su gran mancha blanca brillando bajo la luna. Es una historia de justicia y venganza que resuena en el mes del terror.

4 LOLOT, EL NAHUALISTA CHONTAL

Ilustración de Lolot, el nahulista, según la "Mitología de Cuscatlán" de Miguel Ángel Espino
Ilustración de Lolot, el nahulista, según la «Mitología de Cuscatlán» de Miguel Ángel Espino, generada con herramientas de IA. Foto / EL DIARIO DE HOY

Esta leyenda presenta la historia de Lolot, un joven extranjero que llega a Cuscatlán rodeado de ruidos y fantasmas. Por ello, el consejo de ancianos lo acusa de nahualismo negro y hechicería.

Rumores de llamaradas, olor a orégano quemado, gritos de niño y un lobo gris acechando el teocali lo señalan. Lolot siempre lleva de la mano a una muchachita negra, con la cabeza cubierta, sin nariz ni boca visibles. Capturado y encarcelado, se queman sus amuletos.

El consejo decreta su sacrificio a las 6 de la tarde, junto a la muchachita. Mientras está atado al poste, una tormenta aterradora amenaza. Lolot, con aspecto macabro y ojos brillantes, hace señas a las nubes. De repente, un grito y un relámpago rompen el aire.

El cielo estalla, un viento troncha selvas. En medio de la plaza, un espantoso lobo gris cabalga. Lolot rompe sus ataduras, saltando sobre el lobo, y un remolino arranca el poste.

El huracán pasa rugiendo, llevándose al hechicero. Cuando el pueblo se acerca, un grito de admiración se escapa: la hija de Lolot es solo una muñeca de ulli, revelando un misterio de magia y transformación que se acentúa en octubre.

5 LOS BACABES

Ilustración de "Los Balcabes", según la "Mitología de Cuscatlán" de Miguel Ángel Espino
Ilustración de «Los Balcabes», según la «Mitología de Cuscatlán» de Miguel Ángel Espino, generada con herramientas de IA. Foto / EL DIARIO DE HOY

Este es un mito de creación sobre la fragilidad del cielo en la infancia de la humanidad. El cielo se derrumbaba bajo el peso de las estrellas, como una plancha sin sostén, y las quejas de la tierra eran constantes.

Para evitar el colapso, dios creó cuatro gigantes, los Bacabes, para que apoyaran sus espaldas en las cuatro esquinas del cielo.

Firmes y eternos, cada gigante representa un punto cardinal y un color: Kan-Xibchac (Sur, amarillo), Chac-Xibchac (Oriente, rojo), Zac-Xibchac (Norte, blanco), y Ek-Xibchac (Poniente, negro). Desde entonces, sostienen el cosmos, impidiendo que el cielo se desmorone.

Además de su labor primordial, son dioses del aire, súbditos de Achuncan (centro del cielo), capaces de agitar sus alas membranosas entre las furias de las tempestades, un recordatorio del poder primordial y la fragilidad de nuestro mundo, especialmente cuando las noches se alargan en el mes de las ánimas y el Culto a la Muerte.

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