Allí en esas urbes inauditas y resplandecientes aprendió el Sapiens a crear por la mañana las mismas ciudades que destruiría por la tarde.
Allí en esas urbes inauditas y resplandecientes aprendió el Sapiens a crear por la mañana las mismas ciudades que destruiría por la tarde.
Andar y desandar. Irse y volver. Escribir y borrar. Crear y destruir.
Amar y olvidar. Todo eso hacían los hombres del desierto. Esto fue así
desde el principio de sus vidas y lo siguieron haciendo al través de
largos milenios. Y no me refiero sólo a los habitantes de un vasto
arenal -como el de Arizona, Sahara o Atacama- sino a los que habitaban
el Samsara –desierto de la vida, en voz sánscrita. Que suele ser toda
la escenografía humana de la Historia: urbes grises, suburbios,
ciudades perdidas del desierto y toda la vasta llanura que se abre ante nuestros ojos.
Allí en esas urbes inauditas y resplandecientes aprendió el Sapiens a
crear por la mañana las mismas ciudades que destruiría por la tarde.
Como algún mago de Las Mil y Una Noches, destruyendo y reconstruyendo
palacios de un día para otro, el hombre moderno destruiría al
atardecer lo que habría creado en el amanecer. Y eso lo haría tanto
con sus ciudades, con su destino y con el mismo amor. Inventaría el
amor en horas tempranas para asesinarlo al atardecer con el olvido o
la traición. Amar y olvidar; andar y desandar. Soñar y despertar. Irse
y volver. Escribir nuestra historia, después borrarla y nuevamente
volver a inventar la leyenda. Erigiendo al alba ciudades que destruiría la guerra al atardecer.
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