El tiempo no es una cortesía abstracta ni un recurso que se repone mañana. Es un pedazo de vida.
El tiempo no es una cortesía abstracta ni un recurso que se repone mañana. Es un pedazo de vida.

En El Salvador, una invitación no informa una hora: abre una negociación. Si dice siete de la noche, muchos preguntan: “¿Pero a qué hora de verdad?”. Conocemos tan bien nuestra impuntualidad que ya desarrollamos traducción simultánea: siete significa siete y media; siete y media significa ocho; “ya voy” significa que todavía hay una persona en toalla buscando qué ponerse.
Las bodas perfeccionaron el sistema. La ceremonia empieza a las cinco, por eso la invitación dice cuatro. No hay una hora previa de reflexión matrimonial ni un calentamiento antes del “sí, acepto”. Los novios simplemente saben que varios invitados consideran la hora una sugerencia decorativa, como el código de vestimenta. Nuestra solución fue institucionalizar la mentira: usted me cita antes, yo llego después y ambos fingimos que el problema quedó resuelto.
La persona puntual, mientras tanto, recibe el castigo reservado para quien creyó la invitación: llega a un salón vacío, observa cómo colocan mesas y aprende que cumplir la hora fue su primer error.
A esta costumbre le pusimos un nombre cariñoso: “la hora salvadoreña”. Que es prima hermana de “la hora latina”. Así, una falta de consideración adquiere identidad cultural y hasta cierto encanto tropical. Como si hubiéramos heredado el maíz, la música y una incapacidad para salir de casa a tiempo. “Así somos” siempre suena mejor que “me dio igual hacerte esperar”.
La impuntualidad suele narrarse desde quien llega. Había tráfico. No encontraba parqueo. Se alargó una llamada. El perro manifestó necesidades emocionales. Mercurio probablemente estaba retrógrado. Todo puede ocurrirle a una persona durante los cuarenta minutos en que otra permanece sentada mirando la puerta, excepto, aparentemente, la posibilidad de avisar.
Quien espera también tuvo tráfico, responsabilidades y una vida. Salió antes, dejó algo pendiente, pagó estacionamiento y reorganizó el día. Quizá sacrificó la cena con sus hijos, una conversación con su pareja, una hora de descanso o el placer legítimo de no hacer nada. Pero su tiempo desaparece de la historia porque la persona impuntual llegó agitada y con una explicación larguísima, lo cual, según cierta jurisprudencia social, equivale a una absolución.
Además, hemos creado una tabla de tolerancia muy conveniente. Quince minutos son “nada”. Media hora es “normal”. Una hora merece un “perdón, qué pena” mientras se toma asiento y se pide el menú, como si la vergüenza viniera incluida con la bebida. Si quien esperó se molesta, pasa a ser rígido, intenso o “demasiado puntual”. Logramos convertir el respeto por el tiempo en un defecto de personalidad.
Claro que existen emergencias. El tráfico colapsa, un niño se enferma y el carro decide morir con sentido dramático. Pero cuando la emergencia ocurre en cada cumpleaños, reunión y almuerzo, deja de ser emergencia y se convierte en método. Si cada vez que alguien nos espera sucede una catástrofe, quizá la catástrofe tiene nuestro nombre.
Lo curioso es que sí sabemos ser puntuales cuando hay consecuencias. Nadie llega dos horas después al aeropuerto y exige que el piloto comprenda la idiosincrasia latinoamericana. Pocos entran tarde a una entrevista laboral anunciando: “Disculpe, es que soy bien salvadoreño”. Cuando el médico cobra la cita perdida, el portón se cierra o el jefe toma nota, descubrimos facultades extraordinarias para calcular tráfico, bañarnos antes y localizar las llaves.
La impuntualidad es selectiva. Llegamos tarde adonde creemos que nos esperarán. Por eso quienes más pagan suelen ser la familia, los amigos y la gente que nos quiere demasiado para marcharse. Convertimos la confianza en permiso y después pedimos comprensión, como si el cariño incluyera disponibilidad ilimitada y una silla reservada frente a nuestra ausencia.
Deberíamos dejar de citar a la gente una hora antes y empezar a decir la hora real. Quien llegue tarde tendrá que perderse el inicio, buscar dónde sentarse, descubrir que los demás continuaron sin él. Las costumbres también se corrigen cuando dejan de recibir premios.
El tiempo no es una cortesía abstracta ni un recurso que se repone mañana. Es un pedazo de vida. Cada vez que hacemos esperar a alguien por descuido, decidimos qué podía haber hecho esa persona con su propia hora y concluimos que esperarnos era mejor.
La próxima vez que digamos “así somos los salvadoreños”, convendría completar la frase con honestidad: así hemos decidido ser porque hasta ahora alguien siempre nos esperó.
Alejandra Gavidia
Consultora política y Miss Universo El Salvador 2021
2026 – Todos los derechos reservados
La realidad en tus manos
Fundado en 1936 por Napoleón Viera Altamirano y Mercedes Madriz de Altamirano.
Facebook-f Instagram X-twitter11 Calle Oriente y Avenida Cuscatancingo No 271 San Salvador, El Salvador Tel.: (503) 2231-7777 Fax: (503) 2231-7869 (1 Cuadra al Norte de Alcaldía de San Salvador)
📞 +503 7854 1557
✉️ anunciate@elsalvador.com