Arreglar un problema alrededor de una taza de café suele ser mucho más agradable que discutirlo frente a un juez.
Arreglar un problema alrededor de una taza de café suele ser mucho más agradable que discutirlo frente a un juez.

Hay personas que tienen un talento verdaderamente extraordinario: reciben un problema de QUINIENTOS DÓLARES y, después de varios meses de esfuerzo, consiguen convertirlo en uno de DOS MIL. No necesitan estudiar economía ni administración de empresas. El procedimiento es mucho más sencillo: no contestan el teléfono, dejan los mensajes en visto, bloquean al acreedor y esperan pacientemente que la deuda, cansada de tanta indiferencia, recoja sus cosas y se vaya de la casa. Pero las deudas tienen muy poca dignidad: aunque usted no les hable, ellas se quedan. Hasta que una mañana alguien toca la puerta. «Buenos días, ¿don Fulano? Le traigo una notificación». Entonces ocurre un verdadero despertar espiritual. El hombre que llevaba seis meses sin contestarle al acreedor llama inmediatamente al abogado: «¡Licenciado, necesito verlo urgentemente! ¡Me cayó una demanda!». No, hombre, no le cayó nada. Usted la venía cultivando desde enero y finalmente dio fruto.
Nuestro glorioso Señor Jesucristo habló de esta realidad hace casi dos mil años, y lo hizo con una claridad que sorprende por su actualidad. En el Sermón de la Montaña dijo: «Ponte de acuerdo con tu adversario pronto, entre tanto que estás con él en el camino, no sea que el adversario te entregue al juez, y el juez al alguacil, y seas echado en la cárcel» (Mateo 5:25). La escena es extraordinaria: existen dos personas enfrentadas por una controversia, hay un camino que recorrer y al final aparece un juez. Sin embargo, nuestro glorioso Señor Jesucristo no les dice: «Apúrense, a ver quién llega primero al tribunal». Tampoco les aconseja preparar un buen pleito. Les dice algo mucho más sencillo y, algunas veces, bastante más difícil: pónganse de acuerdo mientras todavía van por el camino.
Allí está el corazón de esta enseñanza. Nuestro glorioso Señor Jesucristo reconoce que existen adversarios, conflictos, reclamaciones y diferencias que pueden adquirir consecuencias serias. No está describiendo un mundo imaginario donde nadie debe dinero, todos cumplen los contratos y el inquilino paga puntualmente el día cinco sin que haya necesidad de recordárselo. Ese lugar, hasta donde sabemos, todavía no ha sido descubierto. Está hablando del mundo real: uno reclama, otro responde; uno dice «me debe», el otro dice «espéreme»; uno asegura «quedamos para el viernes» y el otro responde aquella célebre expresión de nuestra economía nacional: «Fíjese que estoy esperando un dinerito». Ese pobre dinerito es probablemente el viajero más lento de Centroamérica: sale todos los lunes, pero nunca termina de llegar.
Lo fascinante del texto es que entre el conflicto y el juez aparece el camino. Mientras van caminando todavía pueden hablar. Todavía pueden negociar. Todavía pueden decir: «Mire, dejemos de dar vueltas. ¿Cuánto reclama usted? ¿Cuánto puedo pagar yo? ¿Qué plazo necesitamos? ¿Podemos documentarlo?». Es decir, todavía conservan la capacidad de construir ellos mismos una solución. Pero nosotros algunas veces utilizamos ese camino de manera diferente: en vez de acercarnos, aprovechamos para alejarnos; en lugar de conversar, acumulamos mensajes; y cuando finalmente hablamos ya no buscamos resolver el problema, sino demostrar quién puede hablar más fuerte. Así, una controversia que necesitaba dos sillas y una taza de café termina necesitando dos abogados, un expediente y una paciencia que ninguna de las partes sabía que tendría que desarrollar.
Por eso hay una palabra pequeñísima en Mateo 5:25 que merece escribirse con letras enormes: «pronto». Nuestro glorioso Señor Jesucristo dijo: «Ponte de acuerdo con tu adversario pronto». No dentro de nueve meses. No cuando ya se gastaron el equivalente de la deuda discutiendo sobre la deuda. No después de involucrar a la esposa, los hijos, tres primos, dos vecinos y aquel cuñado que no sabe absolutamente nada de Derecho, pero desde que vio una serie de abogados en televisión opina con una seguridad verdaderamente preocupante. Pronto. Porque los conflictos pequeños tienen una peligrosa costumbre: cuando nadie los resuelve, crecen.
Esto resulta especialmente cierto con las deudas. Naturalmente, debemos distinguir entre quien no quiere pagar y quien realmente no puede pagar en las condiciones originalmente convenidas. Hay personas que pierden su empleo, enfrentan una enfermedad, cierran un negocio o atraviesan una crisis económica inesperada. La obligación no desaparece, pero la realidad cambia. Precisamente allí cobra sentido sentarse a conversar. Si usted debe DIEZ MIL DÓLARES y en este momento solamente puede pagar DOSCIENTOS mensuales, apagar el teléfono no hará aparecer los otros NUEVE MIL OCHOCIENTOS. Bloquear al acreedor tampoco extingue la obligación. He revisado bastantes leyes durante mi ejercicio profesional y, hasta hoy, todavía no encuentro el artículo que diga: «La deuda se extinguirá cuando el deudor bloquee al acreedor en WhatsApp». Si algún día lo aprueban, seguramente será una de las reformas más populares de nuestra historia.
Lo sensato es hablar: «Debo. Quiero pagar. No puedo hacerlo en las condiciones inicialmente pactadas. Esto puedo entregar ahora y esto puedo pagar mensualmente». Quizá el acreedor diga que sí, quizá haga una contrapropuesta o quizá no exista ninguna posibilidad de arreglo. Pero por lo menos se habrá hecho aquello que enseñó nuestro glorioso Señor Jesucristo: intentar ponerse de acuerdo antes de llegar al juez. Porque desaparecer no es negociar y guardar silencio no es solucionar. Algunas personas dicen: «No le contesto porque cada vez que me llama es para cobrarme». Bueno… si usted le debe dinero, existe una posibilidad bastante alta de que precisamente para eso lo esté llamando.
Pero también el acreedor debe actuar con sensatez. Tener derecho a cobrar no significa que el dinero aparecerá por generación espontánea porque uno envíe el mensaje en mayúsculas y agregue diecisiete signos de admiración. Si alguien verdaderamente no tiene DIEZ MIL DÓLARES el lunes, probablemente tampoco los tendrá el martes porque usted le haya escrito: «ÚLTIMA OPORTUNIDAD!!!!!!!!». El derecho a exigir el cumplimiento de una obligación es legítimo; otra cosa es negarse a escuchar cualquier alternativa razonable. Una cuota posible, un plazo determinado, garantías adecuadas y un convenio bien documentado pueden algunas veces producir un resultado mucho más práctico que una guerra interminable.
Conciliar no es perder. Negociar no es rendirse. Ponerse de acuerdo no significa necesariamente que uno tenía razón y el otro estaba equivocado. Significa reconocer que existe un problema y preguntarse si todavía podemos resolverlo nosotros mismos antes de pedirle a un tercero que lo haga.
Quienes ejercemos el Derecho conocemos bien esta escena. Algunas personas llegan al despacho y anuncian solemnemente: «Licenciado, yo quiero llegar hasta las últimas consecuencias». Uno escucha respetuosamente. Después explica cuánto podrían tardar las últimas consecuencias, cuáles son los riesgos de las últimas consecuencias y, finalmente, cuánto podrían costar las últimas consecuencias. Es extraordinario observar cómo, aproximadamente en ese momento, comienzan a aparecer virtudes espirituales que cinco minutos antes parecían completamente ausentes. De pronto el cliente pregunta: «Licenciado… ¿y usted cree que todavía podríamos hablar con él?». ¡Claro! Bienvenido nuevamente al camino de Mateo 5:25.
No estoy sugiriendo que todo conflicto deba conciliarse. Sería irresponsable. Existen deudores de mala fe, personas que deliberadamente incumplen, acreedores abusivos, contratos quebrantados y derechos que solamente pueden protegerse mediante la intervención judicial. Para eso existen los tribunales y para eso existe el Derecho. Nuestro glorioso Señor Jesucristo no está ordenando renunciar a la justicia. Su enseñanza apunta hacia algo mucho más profundo: no convierta el tribunal en la primera parada cuando todavía existe una posibilidad razonable de acuerdo.
Porque mientras usted y su adversario están en el camino conservan algo valiosísimo: pueden decidir juntos cómo termina el problema. Pueden establecer cuánto, cuándo y cómo. Pueden reconocer una parte, discutir otra, fijar cuotas, establecer garantías y cerrar definitivamente la controversia. Si dejan pasar esa oportunidad y finalmente entregan el conflicto al juez, entonces será el tribunal quien resolverá conforme al Derecho, y alguna de las partes —o quizá ambas— descubrirá que la sentencia no necesariamente coincide con aquello que esperaba.
Hay una razón por la cual muchos acuerdos fracasan antes de comenzar y no tiene nada que ver con el Código Civil: el orgullo. «Que me llame él». «Que venga ella». «Yo no voy a buscarlo». «Que me demande». Esta última frase merece especial atención. Hay personas que dicen «¡que me demande!» con una valentía impresionante… hasta que efectivamente las demandan. Entonces llegan al despacho sosteniendo la notificación como si fuera un artefacto explosivo: «Licenciado, ¿qué hacemos?». Pues ahora hacemos lo que jurídicamente corresponda, pero aquella conversación que usted rechazó hace cuatro meses comienza a parecer bastante atractiva.
Eso es exactamente lo que nuestro glorioso Señor Jesucristo quiere evitar cuando introduce aquella palabra: pronto. Hay conflictos cuya mejor oportunidad de solución existe antes de que las posiciones se endurezcan. La llamada que hoy cuesta orgullo mañana puede costar dinero. La conversación incómoda de esta tarde puede evitar meses o años de litigio. Y aquel café que usted no quiso tomarse con su adversario puede terminar siendo, retrospectivamente, el café más barato que jamás rechazó.
Por eso Mateo 5:25 debería recordarse antes de pronunciar alegremente aquella frase cinematográfica: «¡Nos vemos en los tribunales!». Quizá tendrán que verse allí. Pero antes asegúrense de que verdaderamente no podían verse en otro lugar.
Si usted debe, hable. Si le deben, escuche. Si puede pagar parcialmente, haga una propuesta seria. Si puede conceder razonablemente un plazo, valórelo. Si existe una diferencia, pónganla sobre la mesa. Números, no insultos. Propuestas, no amenazas. Soluciones, no orgullo. Y si después de intentarlo seriamente resulta imposible ponerse de acuerdo, entonces acudan al juez y que cada uno defienda sus derechos conforme a la ley.
Pero mientras todavía estén en el camino, recuerden las palabras de nuestro glorioso Señor Jesucristo:
«Ponte de acuerdo con tu adversario pronto».
No mañana.
No cuando llegue la demanda.
No después de gastar dinero que ninguno de los dos quería gastar.
Pronto.
Porque mientras van por el camino todavía pueden escoger una solución. Cuando lleguen al final, quizá otro tendrá que escogerla por ustedes.
Y antes de decir con toda solemnidad: «¡Nos vemos en los tribunales!», piénselo bien. Tal vez sea jurídicamente necesario llegar hasta allí. Pero si todavía existe una salida razonable, si todavía pueden sentarse, hablar y cumplir un acuerdo, háganlo.
PÓNGASE DE ACUERDO ANTES DE QUE EL JUEZ LOS PONGA DE ACUERDO.
Porque nuestro glorioso Señor Jesucristo lo enseñó hace casi dos mil años, la experiencia humana lo sigue confirmando y cualquier abogado que lleve suficientes años litigando podría agregar una humilde observación profesional:
arreglar un problema alrededor de una taza de café suele ser mucho más agradable que discutirlo frente a un juez.
Y además hay una pequeña diferencia:
el café lo paga una vez; el pleito… mejor pregúntele a su abogado.
Abogado y teólogo.
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