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El Mínimun Vial en el trasporte público de pasajeros

Emulando al maestro Masferrer, propongo un “Mínimun vial”, entendido como lo básico, lo elemental, pero que para miles de salvadoreños usuarios del transporte público, hoy día resulta inalcanzable

Carlos Gregorio López Bernal, historiador. Foto EDH / Mauro Arias

El problema del tráfico automotor en el país se acreciente día a día. Aumenta el número de vehículos y las calles se vuelven insuficientes. Esta realidad la vivimos día a día a ciencia y paciencia de las autoridades del ramo. Este problema es antiguo, pero se ha acrecentado en las últimas dos décadas; ante el pésimo servicio de transporte público (con honrosas excepciones), todo salvadoreño que ha podido se compró un auto o una moto. Hace unos años esta opción era funcional; ciertamente resultaba más cara, pero permitía llegar a tiempo y seguro al lugar de destino.

Ya no lo es, los enormes atascos de tráfico alargan los tiempos de desplazamiento y suben el consumo de combustible, cuyos precios llevan mese al alza, gracias a las aventuras bélicas de Donald Trump en el Medio Oriente. Una situación ante la cual, el gobierno guarda silencio y no ofrece ninguna medida que atenúe el impacto de los precios del combustible en el bolsillo de los salvadoreños. Tampoco lo pedimos; gobernar un pueblo tan poco exigente es una bendición para los políticos.

Si uno revisa las “políticas públicas” relacionadas con el problema se encuentra con una realidad: no hay una visión integral del problema y no se avizoran soluciones de mediano plazo. Predominan las ocurrencias populistas, como el tan cacareado “Tren del Pacífico” que al paso que va, será un proyecto para el siglo XXII. Lo mismo sucede con el “metrocable” un proyecto que surge de improviso, totalmente desconectado de una solución integral y que tiene más de marketing electoral que de solución al problema. Uno podría pensar que hay apuestas más serias como la ampliación del paso de Los Chorros, que más parece un conjunto de pirámides a medio hacer que un viaducto; o el Bypass de Apopa, del cual abundan imágenes en redes sociales; sin embargo, están pensadas para agilizar el tráfico, no para disminuirlo. Por el contrario, nada se dice que la supuesta compra de buses chinos para la cual se aprobó un generoso financiamiento hace años.

Lo anterior, nos lleva a una cuestión fundamental: necesitamos un sistema de transporte público de calidad; mientras no lo tengamos, seguiremos sufriendo los atascos de tráfico y pagando muy caro el transporte individual. Y lastimosamente, en lugar de mejorar, tiende a empeorar. Los empresarios de buses se quejan de altos costos de operación con tarifas congeladas desde hace décadas. Este no es un sector que se distinga por la calidad de su gestión y organización, pero ciertamente operan en condiciones difíciles, agravadas en los últimos años por el autoritarismo y la arbitrariedad del este gobierno. Recordemos que hay empresarios presos y que uno murió en la cárcel y nadie sabe qué pasó con las rutas que operaba.

Una solución integral al problema será cara y llevará sus años. ¿Significa que no se puede hacer algo mientras tanto? En absoluto, se puede hacer mucho, a condición de que exista voluntad política y que los funcionarios encargados del ramo hagan su trabajo. En esa lógica, emulando al maestro Masferrer, propongo un “Mínimun vial”, entendido como lo básico, lo elemental, pero que para miles de salvadoreños usuarios del transporte público, hoy día resulta inalcanzable.

  1. Transporte público de pasajeros seguro y puntual. Digo seguro, no pensando en la amenaza de la delincuencia, sino que garantice el fin para el cual existe. Que una persona tenga garantía de horarios y tiempo de desplazamiento.
  2. Trato respetuoso y amable al usuario, especialmente a niños y personas mayores. Esto es educación elemental, pero en ciertas rutas se vuelve artículo suntuario.
  3. Velocidad moderada, conducción responsable. Debe establecerse tiempo reales para los recorridos, de tal modo que el trayecto se realice sin abusos de velocidad. En todo caso, el conductor debe pensar en la seguridad de los usuarios.
  4. Autobuses en buenas condiciones mecánicas y estéticas y cubiertos por seguro obligatorio. Esto es clave para garantizar la seguridad, pero como los imprevistos existen, el seguro es necesario.
  5. Motoristas respetuosos, bien vestidos y bien educados. Conducir cualquier vehículo conlleva responsabilidades. Pero estas aumentan si se conduce un bus. Para hacerlo debiera tenerse cualidades que garanticen conductas adecuadas en todo momento.
  6. Paradas, únicamente en lugares autorizados. Ya sé que así lo establece la ley, pero no se cumple. Y aquí la responsabilidad no es únicamente de los buseros. Los usuarios quieren abordar o bajar en cualquier lugar y se enojan si no les complace. Hacer cola para abordar, debiera ser regla.
  7. Respeto absoluto a las rutas y tiempos establecidos en cada ruta. Ningún bus o microbús puede cambiar de ruta, menos buscar atajos. Cada ruta debe garantizar un tiempo de llegada.
  8. Ningún tipo de música será permitido en los autobuses. El eterno problema que corre parejo con la educación del conductor y la tolerancia de las autoridades. Es realmente inhumano que una persona que ha trabajado ocho o más horas, que demora una hora o más en su trayecto a casa, deba soportar el estruendo de una música, a menudo vulgar, solo porque es la que le gusta al chofer.
  9. Motoristas bien pagados, con jornadas laborales no mayores de 8 horas. Nos quejamos de ellos, los vemos mal, pero se nos olvida que, junto con los vigilantes privados, sufren pésimas condiciones de trabajo: largas jornadas, estrés constante, y bajos salarios.
  10. Respeto absoluto al Reglamento de Tránsito. Todo lo anterior está de algún modo reglamentado, pero no se cumple. Si no funciona es porque las autoridades competentes son incapaces. Así de simple.

De los diez puntos señalados, solo dos tendrían un costo económico (buses en buenas condiciones y choferes mejor pagados). Todo lo demás es simple cumplimiento de la ley. Y la ley no se cumple, las autoridades no lo exigen. Entonces, ellas son las principales responsables del mal servicio. Así de simple, así de claro. Ahora bien, un servicio de calidad debe pagarse, esto es absolutamente lógico. No tiene sentido exigir, por ejemplo, buses nuevos y más confortables pagando la misma tarifa. Un buen servicio se paga y con gusto. El congelamiento de tarifas y la compensación por combustible desmotiva al empresario y afecta al usuario porque anula las posibilidades de un mejor servicio. Pero resulta que este gobierno que pretende ser innovador y disruptivo no ha hecho nada diferente en esos temas.

Carlos Gregorio López Bernal

Historiador, Universidad de El Salvador

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