Hay una frase que aparece con la puntualidad de un cobrador cada vez que una mujer cuenta una mala experiencia con un hombre: “No todos somos iguales”. Nadie la llamó. Nadie la invitó. Pero llega, se sienta en medio de la conversación y exige que suspendamos el relato hasta dejar constancia de que Kevin, de veintinueve años, jamás ha acosado a nadie y una vez incluso ayudó a su mamá a lavar los platos.
Una mujer dice que le da miedo caminar sola de noche y algún hombre escucha: “Tú, específicamente tú, eres culpable y tienes treinta segundos para llamar a tu abogado”. Entonces se defiende. No pregunta qué pasó, no muestra empatía, no considera por qué tantas mujeres comparten ese miedo. Lo importante es proteger su expediente imaginario ante un tribunal que solo existe en su cabeza.
Sí, campeón: sabemos que no todos son iguales. También sabemos que no todos los tiburones muerden, pero si veo una aleta no me meto al mar a solicitar referencias personales. La prevención funciona con información incompleta. Las mujeres no recibimos un certificado de antecedentes emocionales antes de una cita ni una notificación que diga: “Este sujeto acepta el rechazo sin insultar, perseguir ni iniciar un pódcast”. Ojalá.
El problema de “no todos” no es su exactitud; es su inutilidad. Es técnicamente cierto y conversacionalmente torpe. Si alguien cuenta que le robaron en determinada calle, nadie interrumpe indignado para defender el honor de todos los peatones de la zona. Si una paciente denuncia negligencia médica, el cirujano del fondo no grita: “¡Yo sí leo los exámenes!”. Entendemos que describir un patrón no equivale a acusar individualmente a cada integrante del grupo. Misteriosamente, esa comprensión se evapora cuando el grupo son hombres y el tema les incomoda.
Además, quienes más necesitan anunciar que no son como los demás suelen ofrecer la declaración con una energía sospechosamente parecida a los demás. Son los mismos que piden una medalla por no golpear, no engañar o no abandonar a sus hijos. Han convertido el mínimo ético en servicio prémium. “Yo respeto a las mujeres”, dicen, esperando aplausos, una beca y quizá acceso inmediato al cuerpo de una mujer agradecida.
También está el héroe estadístico, ese que responde a cien testimonios con la historia de una prima que escogió mal. Su prima es una navaja suiza argumentativa: demuestra que las mujeres exageran, que los hombres sufren más y que el patriarcado probablemente fue un malentendido administrativo. Todo sin levantarse del sofá ni arriesgar una sola neurona a la autocrítica.
Ser distinto no se proclama: se nota. Se nota cuando una mujer relata algo y no conviertes su dolor en una auditoría de tu reputación. Cuando corriges a tu amigo, aunque no haya mujeres mirando. Cuando aceptas un no sin exigir una tesis con bibliografía. Cuando entiendes que escuchar una crítica sobre conductas masculinas no pone en riesgo tu hombría, no invalida tu infancia y no obliga a tu madre a devolver el diploma de “buen muchacho”.
Claro que generalizar puede ser injusto. Pero resulta curioso que algunos hombres descubran la precisión lingüística únicamente cuando una generalización los roza. Después pasan el día diciendo que las mujeres son interesadas, dramáticas, complicadas, malas para manejar o incapaces de elegir a “un buen hombre”. Ahí no solicitan matices, estadísticas ni revisión por pares. La metodología científica empieza exactamente cuando alguien dice: “Los hombres deberían…”.
Tal vez la respuesta más útil no sea “no todos somos iguales”, sino “demasiadas mujeres han vivido algo parecido”. Una frase desplaza el foco hacia la excepción masculina; la otra reconoce el problema. Una pide consuelo para el hombre que se sintió aludido; la otra acompaña a la mujer que fue lastimada. Y si tu prioridad, frente a una historia de miedo, abuso o hartazgo, es asegurarte de que nadie piense mal de ti, quizá no seas tan distinto como crees.
No, no todos los hombres son iguales. Algunos escuchan, revisan sus conductas y ayudan a cambiar las de su entorno. Otros irrumpen para aclarar que ellos jamás harían eso. Y otros escriben “no todos” antes de terminar de leer. No son iguales, es verdad. Pero qué impresionante esfuerzo hacen algunos por parecerse.
Consultora y Miss Universo El Salvador 2021.