El mundo sufre mucho. No sólo a causa de la violencia de las personas malas. También por el silencio de la gente buena
Napoleón Bonaparte
El mundo sufre mucho. No sólo a causa de la violencia de las personas malas. También por el silencio de la gente buena
Napoleón Bonaparte
II/III
En esta serie de tres columnas sobre la influencia de Napoleón Bonaparte en la independencia de Iberoamérica, uso el término América Latina para facilitar la comprensión, pero es importante tener presente que ese concepto sólo apareció durante la segunda mitad del siglo XIX, impulsado fundamentalmente por intelectuales franceses durante el período de Napoleón III, sobrino de Napoleón Bonaparte o Napoleón I, para unir a los pueblos de lenguas romances (español, portugués y francés) de esta parte del mundo, lograr que Francia tuviera un vínculo importante con esa nueva realidad política, económica, social y cultural todavía en formación, y hacer una importante contraposición al mundo anglosajón.
La influencia de Napoleón en la independencia de Iberoamérica no se limita a la ruptura del poder imperial por su invasión de la península Ibérica y deben mencionarse, por ejemplo, la participación de oficiales y soldados de la Grande Armée, el ejército napoleónico, que vinieron a luchar por la independencia, así como el código civil de muchos de los nuevos países.
Muchos franceses, entre ellos oficiales y soldados de la Grande Armée viajaron a esta parte del mundo y lucharon por la independencia. En su estudio titulado Militares y militantes políticos: el actuar de los napoleónicos en la construcción republicana en América latina durante la independencia (1810-1835), Patrick Jacques Puignal, afirma, por ejemplo, que: “hemos podido identificar alrededor de dos mil militares o agentes napoleónicos presentes en América latina, desde México en el norte hacia Chile y Argentina en el sur entre 1810 y 1835. La inmensa mayoría llega para asumir un rol militar en la formación y conducción de los nacientes ejércitos independentistas pero los estudios biográficos y prosopográficos que hemos desarrollado nos permiten hoy día afirmar que una proporción no menor de ellos se involucró en la vida política, social y cultural del país en el cual se radicaron”.
En relación con la visión del mundo de estas personas, Patrick Jacques Puignal señala que: “No debe sorprender esta pertenencia masiva al campo liberal republicano si consideramos que fueron educados durante la revolución francesa o en los ‘liceos imperiales’ creados por Napoleón y en los cuales, contrariamente a lo que podría hacernos suponer el carácter dictatorial del régimen imperial, recibieron una formación basada en los principios revolucionarios de libertad, igualdad y fraternidad. También vivieron la aplicación del Código Civil y de la libertad religiosa. Es decir, siendo no todos conformes con el modelo político imperial (lo que no se contradice con una veneración si no un respeto hacia el emperador), todos rechazan la vuelta de los borbones al trono y muchos participan en las rebeliones liberales fracasadas de Francia, Italia, Nápoles o España en los años 1820. El subcontinente latinoamericano representa entonces para ellos una solución a sus problemas: permite la lucha contra los borbones, contra España donde muchos pelearon entre 1808 y 1813, contra la monarquía y para instaurar un modelo republicano más cercano a sus ideales. No podemos eliminar la aventura como motor de su exilio; lo que descartamos es considerarlos como mercenarios porque, a pesar de no recibir regularmente sus pagos, se casan y se radican definitivamente en América. Menos del quince por ciento volverá definitivamente a Europa a menudo a causa de los problemas políticos que causaron sus acciones”.
Sobre el código civil, Juan Carlos Fernández Rozas en su escrito El Código de Napoleón y su influencia en América Latina: Reflexiones a propósito del segundo centenario, recuerda que: “La mayoría de las naciones latinoamericanas alcanzaron su independencia entre 1810 y 1825. Como es lógico, las leyes que vinculaban a las excolonias con España fueron derogadas o simplemente quedaron sin efecto. Sin embargo, en lo que respecta a la legislación civil, el cambio llegó más tardíamente. Después de declarada la independencia, los nuevos Estados no sintieron ninguna urgencia en dedicarse a la elaboración de leyes que reemplazaran a la legislación civil española. En la búsqueda de modelos, se puede observar homogeneidad en todas las repúblicas latinoamericanas. Curiosamente, en lo que se refiere a organización política, todas adoptaron el sistema norteamericano, pero en lo que a Derecho Civil se refiere, al menos en el siglo XIX, se sigue en una u otra medida al modelo francés. Posteriormente, sin embargo, surge entre los juristas, políticos e intelectuales en general, que formaban parte de los estratos dirigentes de los nuevos Estados, la pretensión de reformar el viejo Derecho heredado, mediante su sustitución por una legislación nacional [y] no podía menos que ser formulada bajo la forma de códigos al estilo moderno. Ya hemos tenido ocasión de afirmar que durante la primera mitad del siglo XIX, el modelo más prestigioso fue el Código Napoleónico; de hecho, las primeras codificaciones aparecidas en tierras americanas fueron imitaciones y hasta traducciones del Código francés”.
Sea como fuere, si bien no todos los países de América Latina son iguales, hay por lo menos siete paradojas o contradicciones que parecen repetirse en mayor o menor grado:
Primera: Los ideales de la Ilustración, por ejemplo, igualdad, derechos individuales, libertad de culto, separación de poderes, racionalismo, fueron fundamentales para impulsar la lucha por la independencia en las colonias, pero una vez lograda esas ideas se fueron dejando de lado y, en la práctica, la vida en las repúblicas independientes no cambió mucho de la vida colonial. Además, importantes personajes como Simón Bolívar fueron rápidamente desplazados y por eso su célebre frase epistolar: “He arado en el mar, y he sembrado en el viento”.
Segunda: En el plano teórico de la fundación del Estado, formalmente se adoptaron ideales ilustrados como la separación de poderes, instituciones fuertes y justicia independiente, pero en la práctica no se optó por la libertad y democracia y se prefirieron figuras “providenciales” que acapararon todo el poder y por las que se desarrolló una fascinación.
Tercera: Al igual que en los Estados Unidos, los que defendían la Ilustración y el principio de igualdad no veían la contradicción que había con la esclavitud de las personas traídas a la fuerza de África y con la situación de las poblaciones indígenas.
Cuarta: En una región mayoritariamente cristiana (católicos, protestantes, evangélicos, etc.), no se vio una contradicción entre la realidad de profunda desigualdad, aun mayor que en otras partes del mundo, y el cumplimiento de principios fundamentales de la doctrina de Cristo como la protección de los más vulnerables, la justicia social y la equidad.
Quinta: Se crearon países con un espíritu sumamente legalista, con una angustiante necesidad de tener una ley para cada tema y asunto, pero con una práctica basada en una costumbre no codificada que era la que prevalecía y que beneficiaba a ciertas personas y a ciertos grupos. Esto, en muchos casos, llevó a que la justicia, basada en la ley escrita, fuera deficiente y a que la impunidad se hiciera una realidad cotidiana.
Esta es una realidad que escapa a personas de otras partes, pues cuando analizan los problemas de algunos países de América Latina muchas veces lo primero que recomiendan es cambiar las leyes porque ignoran que el problema no está en la ley escrita, sino en una costumbre no codificada que está por encima de toda ley.
Sexta: Si bien en muchos casos se optó por gobiernos autoritarios, incluso dictatoriales, los Estados siguieron siendo débiles, pues en muchos países de la región la construcción de Estados con instituciones fuertes respetuosas del derecho y con el monopolio de la autoridad territorial, sigue siendo una tarea pendiente.
Séptima: Se abrió en la práctica un abismo entre lo dicho y lo hecho, con acalorados y patrióticos discursos llenos de promesas de justicia, desarrollo y lucha contra la corrupción. No obstante, la realidad fue muy diferente y los políticos tuvieron la suerte de contar con electores de corta memoria dados a caer en el encantamiento del doble discurso una y otra vez.
Se trata de paradojas o contradicciones que a más de dos siglos de lograda la independencia no terminan de resolverse en varios países, pues hubo independencia en el sentido de ruptura con España, pero no descolonización. Esto ha conducido, en algunos países, a una indecible tensión permanente, en ocasiones violenta, entre dos opciones fundamentales: seguir con los rasgos semifeudales de la colonia o entrar de lleno en la modernidad.
Abogado y diplomático salvadoreño.
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