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Aprendamos de China

Quizás nosotros también necesitamos algo de ese pragmatismo. Dejar de preguntarnos solamente: ¿Qué podemos importar? Y preguntarnos: ¿Qué tenemos? ¿Qué sabemos hacer? ¿Cómo podemos mejorarlo? ¿Cómo le agregamos valor? ¿Y quién estaría dispuesto a comprárnoslo?

Durante mucho tiempo, cuando hablábamos de China pensábamos en productos baratos, copiaba tecnologías occidentales y competía gracias a sus bajos costos laborales. Esa China ya no exiscte… Hoy construye trenes de alta velocidad, enormes puentes, modernos sistemas de metro, vehículos eléctricos, baterías, robots, drones y paneles solares. Sus universidades forman cientos de miles de ingenieros cada año y sus empresas invierten enormes recursos en investigación y desarrollo.
Quizás ha llegado el momento de dejar de preguntarnos solamente cómo competir contra China y comenzar a hacernos otro pregunta: ¿Qué podemos aprender de China?


Un buen ejemplo acaba de aparecer en la industria automotriz. El Maextro S800, desarrollado por Huawei y JAC, ha entrado directamente en uno de los segmentos que durante décadas parecían propiedad de Alemania: las grandes berlinas de lujo. Por si lo quiere comprar aquí lo puede ver: https://www.youtube.com/shorts/TE_85w0UdxI
No pretende competir con automóviles baratos. Compite contra Mercedes-Maybach, BMW Serie 7, Audi A8 y Porsche Panamera. Y está vendiendo.


Durante décadas, fabricantes europeos, japoneses y norteamericanos fueron a China buscando bajos costos y, sobre todo, participar en su enorme mercado. Primero fabricaron para otros. Después copiaron. Más tarde diseñaron sus propios productos. Luego mejoraron su calidad y finalmente comenzaron a innovar. Hoy algunas empresas chinas ya no preguntan qué está haciendo Europa. Empiezan a preguntarse qué pueden hacer ellas que Europa todavía no está haciendo.
Durante buena parte del siglo XX, el “Made in Germany” significaba ingeniería, precisión, confiabilidad y calidad. 


El automóvil es un magnífico ejemplo porque está dejando de ser una máquina mecánica. Durante mi vida profesional en la induatria del automivil aprendimos a fabricar carrocerías con enorme precisión, mejorar soldaduras, reducir defectos, aumentar productividad y garantizar calidad. Todo aquello continúa siendo necesario. Pero ahora el automóvil incorpora baterías, sensores, cámaras, radares, software, conectividad e inteligencia artificial. Hace diez años ya se decia: Alemania esta poniendo computadoras a los carros, China le estan poniendo ruedas a las computadoras.
China comprendió algo fundamental: no basta producir barato. Hay que aprender, mejorar, innovar y crear productos que otros quieran comprar.


Esa es precisamente la parte que debería interesarnos en El Salvador. No podemos competir con China por tamaño, población, recursos financieros o capacidad industrial. Pero sí podemos aprender de su actitud. Y entonces hacernos nuestras propias preguntas:

 ¿Qué podemos hacer con el café? ¿Continuar exportándolo como materia prima o desarrollar cafés especiales, marcas salvadoreñas, nuevos productos y experiencias alrededor del café que multipliquen su valor?


¿Qué podemos hacer con el turismo? Tenemos playas, volcanes, lagos, pueblos, gastronomía, clima tropical, historia y un territorio pequeño que permite recorrer buena parte del país en pocas horas. ¿Cómo convertimos todo eso en experiencias capaces de atraer más visitantes, conseguir que permanezcan más tiempo y generar miles de empleos?


¿Qué podemos hacer con lo que es propio de aquí? ¿Qué podemos hacer con nuestras frutas tropicales, nuestra gastronomía, nuestras artesanías, nuestra ubicación geográfica y nuestra gente?
Incluso podemos preguntarnos qué hacer con aquello que hoy consideramos un problema. Producimos enormes cantidades de basura. ¿Por qué no convertir esos residuos en materias primas para una moderna industria del reciclaje que sustituya importaciones, genere empleos y pueda exportar?


Ahí está la verdadera enseñanza. China no llegó hasta donde está preguntándose solamente qué podía comprar en otros países. Se preguntó qué podía aprender, qué podía fabricar, qué podía mejorar y qué podía vender al mundo.


Aprender de China, significa tener la humildad de observar qué está haciendo bien y preguntarnos, qué podemos adaptar a nuestra realidad. El Salvador no necesita fabricar millones de automóviles eléctricos ni construir trenes que circulen a 600 kilómetros por hora.


Necesitamos descubrir cuáles son nuestros propios trenes, nuestros propios automóviles, nuestras propias oportunidades. 


Hace décadas Deng Xiaoping resumió el pragmatismo chino con una frase: “No importa el color del gato, lo que inporta es que cace ratones«.


Quizás nosotros también necesitamos algo de ese pragmatismo. Dejar de preguntarnos solamente: ¿Qué podemos importar? Y preguntarnos: ¿Qué tenemos? ¿Qué sabemos hacer? ¿Cómo podemos mejorarlo? ¿Cómo le agregamos valor? ¿Y quién estaría dispuesto a comprárnoslo?


El Maextro S800 es solamente un automóvil. Pero detrás de él hay años de educación, aprendizaje, inversión, investigación y perseverancia. Por eso, además de mirar a China con temor, desconfianza o admiración, deberíamos hacer algo mucho más útil: observarla, comprenderla y aprender de ella. 


Porque quien deja de aprender, tarde o temprano deja de competir.

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