Las imágenes de los recientes deslaves en el Himalaya reabren las heridas de las mayores catástrofes por deslizamientos en El Salvador. La furia de la naturaleza, sumada a la vulnerabilidad urbana, vuelve a exigir memoria y ordenamiento territorial
Las imágenes de los recientes deslaves en el Himalaya reabren las heridas de las mayores catástrofes por deslizamientos en El Salvador. La furia de la naturaleza, sumada a la vulnerabilidad urbana, vuelve a exigir memoria y ordenamiento territorial

Las trágicas imágenes difundidas internacionalmente desde las vertientes del Himalaya en Nepal —donde violentas corrientes de barro, rocas y hielo sepultaron poblados enteros tras extremas condiciones climáticas— provocan un recuerdo en El Salvador, que ha vivido hechos similares en el pasado, aunque con origen distinto.
Distantes por miles de kilómetros y geografías contrastantes, el drama humano de la tierra colapsando sobre comunidades indefensas conecta de forma directa a la cordillera asiática con las faldas de la cadena volcánica salvadoreña.
En el Área Metropolitana de San Salvador, la amenaza del suelo inestable no es un concepto teórico de la gestión de riesgos; es un trauma colectivo documentado en los episodios más oscuros del último medio siglo, y también en otras zonas del país. Acá recordamos dos muy puntualmente.
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El primer gran hito de esta geografía del dolor se remonta al domingo 19 de septiembre de 1982. Tras varios días bajo el azote de un temporal histórico que acumuló más de 1,900 milímetros de lluvia, los suelos de la zona alta del cerro El Picacho, en el volcán de San Salvador, cedieron por saturación hídrica.
Aproximadamente a las 6:00 de la mañana, un colosal flujo de detritos —una masa espesa de lodo, rocas pesadas y vegetación desprendida— descendió con fuerza destructiva a lo largo de 4.5 kilómetros por la quebrada El Níspero.
En menos de diez minutos, la corriente de escombros sepultó comunidades enteras en Mejicanos, entre ellas el Reparto Montebello Poniente, San Mauricito, El Triunfo y las lotificaciones San José, Lorena y Santa Margarita.
Bajo capas de lodo que alcanzaron entre dos y siete metros de altura, perdieron la vida entre 300 y 500 personas, destruyendo más de 150 estructuras habitacionales.
Entre el paisaje arrasado, únicamente la conocida «Casa Rosada» logró mantenerse en pie en el límite donde se detuvo el aluvión, convirtiéndose en el icono visual de la tragedia y en un recordatorio mudo de la fragilidad del hábitat urbano frente a las cuencas volcánicas desprotegidas, al desarrollo urbanístico desmedido, y a las inclemencias del tiempo.

El contexto del conflicto armado que atravesaba el país en 1982 complicó aún más los esfuerzos iniciales de rescate, dejando secuelas sociales que perduraron durante décadas.
La masa de lodo no solo sepultó estructuras; expuso la urgencia de regular los asentamientos en las cuencas vulnerables de nuestras montañas.
Además del número de fallecidos, muchas personas fueron reportadas como desaparecidas, quedaron bajo la enorme cantidad de lodo.

Apenas dos décadas después, la historia volvió a repetirse con un detonante distinto pero un resultado igualmente devastador.
El sábado 13 de enero de 2001, a las 11:33 a.m., un potente terremoto de magnitud 7.7 con epicentro en las costas de Usulután sacudió al país durante 45 segundos.
Las severas aceleraciones del terreno provocaron la fractura y el colapso en bloque de la cresta en la cordillera del Bálsamo. Un volumen estimado en cerca de 200,000 metros cúbicos de tierra y ceniza volcánica se desprendió a más de 100 kilómetros por hora sobre la colonia Las Colinas, en Santa Tecla.

En cuestión de segundos, la ladera borró del mapa entre 200 y 300 viviendas residenciales. El saldo fue desgarrador: cerca de 500 personas fallecieron atrapadas en sus hogares en pleno fin de semana, representando aproximadamente el 60 % de la cifra total de víctimas fatales registradas durante ese sismo en todo el territorio nacional.
El caso de Las Colinas avivó una intensa controversia técnica y ambiental, dado que ambientalistas y residentes habían advertido previamente sobre los peligros de la deforestación y la terracería para desarrollos urbanísticos en la cima de la cordillera.
Años más tarde, la zona del deslave fue declarada inhabitable y convertida en un parque memorial.


Tanto los trágicos eventos recientes en las cumbres de Nepal como las heridas históricas de El Salvador reflejan una constante irrefutable: si bien los detonantes sísmicos o meteorológicos son naturales, la dimensión de las tragedias responde directamente a la vulnerabilidad humana, la tala inmoderada y la falta de un ordenamiento territorial riguroso.

La memoria de Montebello y Las Colinas exige mantener la vigilancia sobre nuestras laderas para evitar que el rugido de la montaña vuelva a sorprender a nuestras comunidades.
Cabe recordar que en el pasado también ha habido otros acontecimientos similares, como el terremoto de febrero de 2001, que derivó en enormes rocas y lodo bajando por poblados de San Vicente. Así mismo, en la zona de Nejapa el desvío de un cauce de un río generó un deslave considerable que afectó a varias comunidades.
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