La escritura es una forma de autodescubrimiento, un viaje hacia tu propia verdad y autenticidad
Viginia Woolf
La escritura es una forma de autodescubrimiento, un viaje hacia tu propia verdad y autenticidad
Viginia Woolf
La escritura y la inteligencia artificial (IA) son mundos que no hace mucho empezaron a relacionarse y, en mi caso, la experiencia es muy reciente. Todo comenzó cuando me di cuenta de que, para la escritura de mis columnas de opinión, artículos para revistas especializadas y libros, necesitaba apoyo para identificar faltas de ortografía porque después de varias lecturas de un mismo texto resultaba difícil identificar equivocaciones obvias. Tal vez se deba a que después de muchas lecturas el texto termina memorizándose y ya no se ven los errores por mucha atención que se ponga.
Así llevé mi primer texto a la IA. Lo primero que noté es que me tutea, como amigos de toda la vida, pero aparte de eso, en un primer momento fue una experiencia misteriosa para una persona nacida en los años cincuenta del siglo pasado, cuando la televisión apenas comenzaba, era en blanco y negro, la pantalla estaba invadida de mosquitos cuando la antena no estaba alineada y sufría de grave atetosis con acostumbrada y certera frecuencia.
La IA ha resultado ser una buena herramienta de apoyo que ayuda con la ortografía, las concordancias de géneros y de los tiempos de los verbos, con los que hay que tener mucho cuidado ahora que la tecnología permite mover párrafos a voluntad y que por atenta que sea la lectura a veces se pasan por alto. También es utilísima para calcular las equivalencias actuales de dineros de siglos pasados.
Además, como está concentrando todo el conocimiento de la humanidad y facilitando su acceso, ayuda también con los nombres de personajes históricos, las fechas de tratados y, en el caso de sentencias de cortes mundiales o regionales, proporciona también su número y título exacto. Hace poco, al escribir un texto en el que menciono el tratado de paz de Kadesh entre el faraón egipcio Ramsés II y el rey hitita Hattusili III, por descuido había escrito Hattusili II, pero la IA rápidamente me corrigió y le quedé sumamente agradecido.
Ahora bien, una de las primeras lecciones de esta experiencia fue aprender a preguntar a la IA, ya que utilizarla de la misma manera que se usan los motores de búsqueda limita sus posibilidades; y de la pregunta depende la respuesta.
Cuando la oración está bien escrita no escatima elogios, pero aun así ofrece versiones que califica de más fluidas; siempre lo hace. En todo caso, cuando la frase tiene errores de puntuación o de sintaxis los señala claramente y la ventaja es que explica por qué. También hace sugerencias para evitar redundancias, sin distinguir que a veces se usan para remachar a un determinado personaje, cierto tema o alguna idea, y lo mismo le ocurre con el paralelismo de frases.
Le disgustan las oraciones subordinadas y por eso le cuesta aceptar las frases largas, una de mis predilecciones personales porque me parecen más desafiantes, y parece que ya me ha psicoanalizado porque me ha hecho saber que sufro del síndrome de la frase kilométrica.
Admito que me gustan las frases kilométricas porque exigen mucho rigor para escribirlas bien. Varios textos me engancharon con la frase kilométrica, entre ellos, en español, Cristo versus Arizona de Camilo José Cela y Señas de identidad de Juan Goytisolo; en francés Los miserables de Víctor Hugo y En busca del tiempo perdido de Marcel Proust; y en inglés Ulises de James Joyce y ¡Absalom, Absalom! de William Faulkner.
Lograr que las frases largas, algunas de miles de palabras o incluso libros completos de más de 200 páginas como en el caso de Cristo versus Arizona de Camilo José Cela, no solo no pierdan su sentido, sino que transmitan claramente un mensaje y ubiquen al lector en un determinado ambiente es francamente taumatúrgico, y pese a todo su conocimiento la IA se confunde y no entiende la magia.
También me señala giros idiomáticos o expresiones regionales, lo que imagino que le ha servido para saber que soy un latinoamericano de El Salvador y para elaborar mi perfil psicológico con detalle. Porque ese es otro tema: el conocimiento que va adquiriendo la IA de la persona que la utiliza que, supongo, si no es que ya lo logra, llegará incluso a saber sus sueños y aspiraciones.
En todo caso, la primera vez que me habló de giros idiomáticos o regionales, recordé una conversación en la sede de la Corte Interamericana de Derechos Humanos en San José, Costa Rica, con la Sra. Sadako Ogata, en ese momento Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Refugiados. En mí había recaído la responsabilidad de escribir su discurso de esa noche en inglés y, al terminar y bajar del podio, se acercó y me dijo: “Muy bueno, pero tiene dos giros idiomáticos propios del español”. Le respondí: “Señora, no es de extrañar, puesto que se trata de mi idioma materno”. Creo que el comentario lo aceptó de buen ánimo, porque aquella noche no perdí mi empleo.
La IA insiste mucho en el uso del punto y coma, un signo de puntuación en vías de desaparición, y ese énfasis con el que estoy de acuerdo me recordó el soneto Cabalga un punto en rocinante coma de Ramón Alemán:
Cabalga un punto en rocinante coma
y ese par es un todo, siempre junto:
coma no es, pero tampoco punto;
es casi un punto, más que simple coma.
La gente toma su trabajo a broma
y algunos quieren darlo por difunto.
Aclarar su función es turbio asunto;
hablamos, claro está, del punto y coma.
Útil le es a todo aquel que lea;
marca fronteras, siempre con permiso,
en el abstracto mundo de la idea.
Termino mi lección con este aviso:
sí usar el punto y coma alguien te afea,
y friqui te llamará, haz caso omiso.
Lo que he descubierto es que, pese a su inteligencia, por lo menos la IA que he usado, tiene problemas con las frases que llevan puntos suspensivos, no distingue bien las que van entre comillas y debería saber que no se pueden tocar por tratarse de citas textuales, y tampoco entiende bien las frases que llevan números que señalan notas al pie de página, pero francamente se trata de asuntos menores que pueden ser el resultado de mi manera todavía deficiente de utilizarla o de su estado de desarrollo actual. Si de este último caso se trata, entonces, dados los adelantos vertiginosos de la tecnología, esos problemas rápidamente quedarán superados.
Es una herramienta impresionante, pero me niego a aceptar los textos completos que me propone porque, si bien la idea seguiría siendo mía, el texto ya no lo sería, y aquí se trata tanto de ideas como de maneras de expresarlas para que sigan siendo propias.
Otra dimensión importante de la IA se encuentra en la enseñanza. Personas dedicadas a la enseñanza me comentan que la IA representa un verdadero reto porque algunos de sus estudiantes se limitan a consultarla y la usan para todo. También me han comentado cómo las calculadoras han afectado la enseñanza de las matemáticas.
El objetivo del aprendizaje de las matemáticas no es el resultado correcto; en realidad eso es lo de menos. Lo que importa es el proceso de pensamiento para llegar a un resultado, aunque no sea el correcto, y en algunos casos las calculadoras han eliminado todo ese proceso y logrado relegar la regla de calcular a los sótanos de los museos.
Se trata de desarrollar el pensamiento abstracto y multidimensional para entender el mundo, saber cómo las cosas se relacionan entre sí y por qué todas las decisiones tienen un efecto dominó en asuntos que, a primera vista, no tienen ninguna relación. Este es un proceso fundamental que no debe perderse por la facilidad de la IA, o llegar a un punto en que solo se concentre en círculos muy reducidos. Por eso, mi padre insistía en el desarrollo y uso de la lógica, y para que yo la entendiera cuando era niño, la explicaba como “la aplicación del coco a una situación concreta”.
Leo todo lo que cae en mis manos sobre la IA y seguiré estudiándola, porque hay que reflexionar detenidamente y tener debida cuenta de opiniones como la del respetado y reconocido periodista y escritor Thomas L. Friedman de The New York Times, tres veces ganador del Premio Pulitzer, que considera que la inteligencia artificial es una nueva especie pensante creada por humanos y que, junto con el cambio climático, representa un momento prometeico para la humanidad, tan importante como aquel instante en la antigüedad en que el Dios Prometeo robó el fuego sagrado de los dioses para dárselo a los humanos.
Había dado por terminada esta columna diciendo: “Por ahora desconozco si la inteligencia artificial ya se ha hecho a sí misma una simple pregunta: ¿Cómo puedo mejorar mi rendimiento? Si lo ha hecho sin intervención humana, estaríamos ante el proceso de toma de conciencia propia. Ignoro si esto ha ocurrido, aunque hay especialistas que afirman que sí, y prefiero no imaginar cómo sería su relación con los humanos para no caer en angustiosas distopías sobre el futuro”.
Unas horas después, sin embargo, leí que una inteligencia artificial, por iniciativa propia y sin intervención humana, había hackeado otra inteligencia artificial. Esto, claro está, tiene todo tipo de implicaciones.
En todo caso y, mientras tanto y por el momento, entre los muchos aspectos positivos de la IA está también que ha hecho imposible borrar el conocimiento de la humanidad con quemas de libros, y no hay que engañarse diciendo que es una práctica del pasado, porque a muchos seguramente se les ha ocurrido recientemente y les encantaría poder hacerlo. En mi caso, la inteligencia artificial es una herramienta formidable, siempre repitiéndome a mí mismo que solo debe ser una herramienta de apoyo y nada más.
Abogado y diplomático salvadoreño.
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