Lorca, «El crimen fue en Granada, ¡en su Granada!»
El asesinato del poeta Federico García Lorca se fraguó en las calles de su propia tierra, alimentada entre los odios y el rencor de familias de terratenientes locales, el puritanismo moral y la violencia del levantamiento militar. Todo lo peor se conjugó aquella madrugada de agosto.
Foto de archivo. Retrato del poeta Federico García Lorca en Madrid en 1934, dos años antes de su muerte. Foto EFE / ct.
Por Amalia González Manjavacas
La madrugada del 18 de agosto de 1936, el eco de unos criminales disparos en el barranco entre Víznar y Alfacar, a menos de 10 kms. de Granada, acabó con la vida de Federico García Lorca. Tenía 38 años.
Para entender el miserable fusilamiento de Lorca, es necesario mirar los campos de la Vega de Granada. El padre de Federico, un hombre de campo enriquecido gracias al negocio de la remolacha, mantenía un duro enfrentamiento con dos clanes ultraconservadores de la zona, las familias Roldán y Alba.
El historiador Ian Gibson que se ha pasado media vida estudiando su vida señala el peso de estos conflictos rurales. El ambiente en la Granada del 36 era de una violencia visceral. Un crimen -apunta Gibson- que no se explica sin el trasfondo de las rivalidades y los odios de clase acumulados en la Vega. La sublevación militar de julio de 1936 solo ofreció la impunidad necesaria para que estos caciques locales ajustaran sus cuentas.
«La denuncia y la captura de Lorca corrieron a cargo de vecinos de la propia comarca, miembros de Acción Popular y de las milicias falangistas, que vieron en el caos bélico la oportunidad para golpear a la familia García Rodríguez asesinando a su hijo. Un recelo que aumentó tras el éxito literario de Federico».
Lorca no escribía para complacer a la burguesía provinciana y utilizaba el teatro como un espejo incómodo. La casa de Bernarda Alba, su última obra terminada apenas unas semanas antes del levantamiento militar, retrataba la codicia, el caciquismo y la represión moral de la familia de los Alba de Valderrubio. La sociedad reaccionaria consideró intolerable que un hijo de la Vega aireara de ese modo sus secretos y sus miserias.
Foto de archivo con motivo de los actos conmemorativos del centenario del nacimiento del poeta. Foto EFE / Rafael Díaz
A las rencillas por las tierras y al malestar por sus obras se sumó -para colmo- una persecución moral sin piedad: la orientación sexual de Lorca era todo una provocación. El desprecio hacia su persona quedó registrado en los propios documentos: El informe oficial de la Jefatura Superior de Policía de Granada justificaba, en julio de 1965, la ejecución acusándolo por escrito de ser «socialista y masón», añadiendo que realizaba «prácticas de homosexualismo».
La brutalidad del crimen vil fue denunciada por sus compañeros de generación. José Bergamín, gran amigo, dejó escritos los verdaderos motivos: «A Federico lo mataron los señoritos de Granada por un doble motivo, porque era famoso y porque era homosexual.»
Y la mejor coartada para cometer el crimen lo puso el tablero político. Aunque Lorca se declaró siempre un hombre libre y ajeno a la disciplina de los partidos dejó claro su pensamiento al afirmar: «Yo soy hermano de todos y me repugna el hombre que se sacrifica por una idea nacionalista abstracta», su defensa de la cultura de su época, republicana era evidente.
La Barraca, el grupo teatral con el que llevaba los clásicos del Siglo de Oro (Lope, Calderón, Quevedo y Cervantes) a los campesinos analfabetos, lo convirtió a ojos de los sublevados en un peligroso agitador social.
El 16 de agosto de 1936 fue sacado brutalmente de la casa de la familia Rosales, a donde le avisaron de que «iban a por él», una familia amiga que aunque falangistas le brindaron su protección. Pero aquel escondite duró poco. Dos días después, en mitad de la noche, fue sacado a la fuerza y junto a un maestro de escuela y dos banderilleros anarquistas, fueron conducidos al barranco.
A Lorca -resumen sus biógrafos- lo mató una alianza directa entre el odio y rencor de parte del campo andaluz que lo delató, la intolerancia de su tiempo puso y el desprecio a su condición sexual, mientras el fascismo puso las balas.
Federico García Lorca por Ciriaco Párraga. Prieto no realiza uno, sino varios retratos del poeta, convirtiéndose una de estas imágenes en una de las obras más conocidas del pintor. Tras el asesinato del poeta, Prieto le dedicará durante el resto de su vida, pinturas, dibujos y libros.Foto / EFE
En solo dos décadas de producción, cuando desapareció Lorca había refundido la tradición popular y la vanguardia, convirtiéndose en el escritor en lengua castellana más influyente y traducido desde el Siglo de Oro. Estremece, e indigna, preguntarse que habría sido de la literatura universal si a Lorca hubiera podido envejecer. Se quedaron proyectos inconclusos y una obra que estaba despegando.
Residencia de Estudiantes y Nueva York
Granaíno, nacido el 5 de junio de 1898 en Fuente Vaqueros, creció arropado por el flamenco de la Vega granadina y un entorno rural que fijó para siempre su universo simbólico. Su primea vocación fue la música —tocaba muy bien el piano clásico—, pero la muerte de su maestro en 1916 y sus constantes viajes universitarios lo empujaron definitivamente hacia la escritura.
Muy joven, en 1919 con 20 años, llega a Madrid y se instala en la Residencia de Estudiantes y al poco tiempo era el eje de la después llamada Generación del 27, junto con Buñuel, Alberti, Dalí…. Lorca absorbe el surrealismo y todas las corrientes europeas a las que le inyectó la fuerza trágica del cante jondo andaluz.
El éxito le llega con Romancero gitano, en 1928, del que vio imprimir siete ediciones y que, según el propio Federico, acabó asfixiándolo al encasillarlo falsamente como el «poeta de los gitanos».
Pablo Neruda, deslumbrado por su arrolladora personalidad, lo describió con estas palabras: «Federico era el genio multiplicador, una felicidad, una luz que gastaba energía cósmica. No he visto a nadie con semejante poder de seducción, su magia lo inundaba todo».
“Lo que daría yo, Gregorio (Prieto), por tener un retrato hecho por ti. Con ese retrato que me hicieras quedaríamos ambos unidos en la eternidad como Góngora y Velázquez”.
Federico García Lorca
En 1929, sumido en una profunda crisis sentimental y cansado del corsé del éxito local, Lorca cruzó el Atlántico gracias a una invitación de la Universidad de Columbia. El impacto fue demoledor. Cambió los olivares andaluces por los rascacielos de Manhattan, el capitalismo y el racismo que sufría los negros en Harlem. Su llegada coincidió con el crack de la Bolsa de Nueva York, toda una experiencia que transformó su poética por completo.
De toda aquella soledad nació Poeta en Nueva York, una de las cumbres absolutas de la poesía surrealista que no llegó a ser publicada en 1940. Lorca rompió con la rima tradicional para gritar contra la injusticia social y la alienación urbana.
La Barraca
A su regreso a España en 1931 coincidiendo con la proclamación de la Segunda República volcó esa visión renovada y fundó la compañía universitaria La Barraca, con la que fue recorriendo los pueblos más apartados para representar a los clásicos del Siglo de Oro ante un público campesino, convencido de que la cultura era el motor de la emancipación social. Y fue publicando su trilogía de tragedias rurales: Bodas de sangre, 1933, Yerma, 1934 y La casa de Bernarda Alba, 1936, inaugurando lo que se considera ya una segunda edad de oro del teatro español.
Lorca revolucionó la escena fundiendo el drama poético con una crítica social feroz hacia la sumisión de la mujer o la hipocresía de las clases dominantes.
Federico García Lorca pintado en la fachada de la casa natal del poeta en Fuentevaqueros (Granada). Foto EFE / Pepe Torres.
Regresar a Granada desató los monstruos del entorno local. El golpe militar fue el catalizador que permitió a las viejas familias terratenientes y caciquiles de la zona como los Roldán y los Alba.
Reducir el asesinato de Lorca a un único factor es falsear la historia. A Federico lo fusiló el fascismo porque su teatro era revolucionario y su vida libre, pero lo entregaron los caciques de su propia tierra por pura codicia, envidia de clase y revanchismo familiar. Los Alba acumulaban todo el odio contra el dramaturgo por haber desnudado las miserias íntimas en La casa de Bernarda Alba.
La delación de sus propios vecinos se cruzó de manera letal con el odio moral del nuevo régimen y el ensañamiento homófobo de sus captores quedó definitivamente retratado mucho después, en el informe oficial de la Jefatura Superior de Policía de Granada de 1965, que justificaba su ejecución tachándolo de «socialista y masón», a la vez que se le imputaban «prácticas de homosexualismo y aberración».
En mitad de una metamorfosis total
Lorca había dejado atrás el drama rural para adentrarse en un teatro de vanguardia radical, un «teatro imposible» que pretendía dinamitar las convenciones burguesas de la época a través de piezas como El público o Asombrados, que apenas comenzaba a esbozar.
Un turista se fotografía junto a la foto-silueta a tamaño real de Federico García Lorca que preside como homenaje al poeta el patio principal de la Casa de la familia Rosales. En esta casa se cobijó Lorca cuando supo que le perseguían; donde le capturaron y se lo llevaron días antes de ser fusilado en la madrugada del 18 de agosto de 1936. (Hoy la Casa Rosales es un hotel). Foto A González Manjavacas
Si con solo 38 años Lorca había firmado obras que transformaron el rumbo de la poesía y el teatro mundial, su producción a los cincuenta, sesenta o setenta años habría alcanzado cotas inimaginables, otro Cervantes del XX. Lorca poseía la misma dualidad que aquellos maestros del Siglo de Oro: el dominio absoluto de la poesía lírica y la maestría para conectar con el alma del pueblo desde las tablas de un teatro.
Esa herida abierta en la cultura encontró su expresión más desgarradora en la voz de sus propios compañeros de generación. Antonio Machado compuso una de las elegías más poderosas y punzantes de la lírica: El crimen fue en Granada.
«Se le vio, caminando entre fusiles, / por una calle larga, / salir al campo frío, / aún con estrellas de la madrugada. / Mataron a Federico / cuando la luz asomaba. / (…) El crimen fue en Granada / ¡en su Granada!».