Siempre resulta más barato respetar la ley que terminar peleando durante años entre hermanos
Siempre resulta más barato respetar la ley que terminar peleando durante años entre hermanos

Hay escenas tan salvadoreñas que deberían estar protegidas como patrimonio cultural. Una de ellas ocurre cuando el padre de familia acaba de fallecer. El pastor apenas va por la mitad del Salmo 23, la viuda todavía no logra asimilar la pérdida y los vecinos llegan con café, pan dulce y semitas. Todo parece desarrollarse con respeto hasta que alguien rompe el silencio con la pregunta que inaugura oficialmente la temporada de los pleitos familiares: «¿Y vos sabés dónde dejó mi tata las escrituras de la casa?». En ese momento el duelo comienza a competir con el interés por los bienes del difunto.
Lo curioso es que siempre aparecen los mismos personajes. Está el hijo que durante años visitó a sus padres únicamente en Navidad, pero esa misma noche del velorio ya anda diciendo que irá «a cuidar la casa». Traducido al buen salvadoreño, significa revisar cajones, buscar la libreta del banco, recoger las escrituras, guardar los relojes «para que no se pierdan» y llevarse las llaves del pick‑up «porque no es bueno que quede afuera». Todavía no terminan de repartir el café y la familia ya parece estar celebrando una audiencia preliminar sobre la futura partición de bienes.
Hay una frase que nunca falta: «A mí no me interesa nada». Lo más curioso es que quien la pronuncia suele aparecer al día siguiente preguntando por la escritura del terreno, el título del vehículo o la tarjeta del banco. Mientras más veces alguien asegura que no quiere nada, más rápido descubre dónde queda el Centro Nacional de Registros y hasta aprende vocabulario jurídico. Uno termina pensando que la verdadera vocación de algunos abogados nace en el velorio de un pariente.
Muchas personas viven convencidas de que el patrimonio de sus padres ya les pertenece. Ven que el papá viaja a Europa, pasea por Asia, cambia de vehículo o estrena reloj y, en lugar de alegrarse, hacen cuentas mentales: «Si sigue gastando así, cuando se muera me va a dejar bien poquito». Es como si hubiera trabajado cuarenta años para financiar la tranquilidad económica de los hijos y no para disfrutar el fruto de su propio esfuerzo.
Desde el punto de vista jurídico, esa idea carece de fundamento. Mientras una persona vive, el patrimonio sigue siendo exclusivamente suyo. Los hijos no adquieren derechos de propiedad por el simple hecho de haber nacido. La expectativa de heredar no convierte a nadie en dueño de una casa, un terreno, una cuenta bancaria o un vehículo. Si el padre decide viajar o darse un gusto, está ejerciendo un derecho legítimo sobre lo que él mismo construyó.
Muchos creen que el testamento resuelve todos los problemas. La experiencia demuestra lo contrario. Basta que un hijo reciba una asignación testamentaria mayor para que aparezcan las teorías conspirativas: que la firma es falsa, que el papá ya no estaba consciente o que alguien lo manipuló. Y cuando no existe testamento tampoco llega la paz; simplemente cambia el motivo del pleito. Surge el hijo acaparador que guarda las escrituras «por seguridad», estaciona el vehículo en su casa «para cuidarlo» y responde que todavía no es momento de hablar de dinero.
El derecho sucesorio salvadoreño existe precisamente para evitar esos abusos. La ley establece procedimientos para proteger a todos los herederos y ningún coheredero puede apropiarse unilateralmente de los bienes de la sucesión. Los conflictos nacen cuando alguien confunde administrar con adueñarse y proteger con esconder. Por eso siempre resulta más barato respetar la ley que terminar peleando durante años entre hermanos.
Después de ver tantos pleitos familiares, me permito dar tres consejos. Primero, levántese temprano y salga a buscar sus propias oportunidades. Segundo, emprenda un negocio, aprenda nuevas habilidades y agregue valor a su trabajo. Tercero, fórmese académicamente; una licenciatura, una maestría o un doctorado producirán mejores resultados que pasar la vida esperando la lectura de un testamento. Quien construye su propio patrimonio deja de vivir pendiente del patrimonio ajeno.
Al final, los padres tienen derecho a disfrutar lo que construyeron con años de sacrificio. Si algún día existe una herencia, recíbala con gratitud; pero si toda su estabilidad económica depende de que sus padres no gasten su propio dinero, entonces el problema no está en el testamento ni en la sucesión; está en que usted todavía no ha comenzado a construir su propio patrimonio. La mejor herencia no es la que se recibe después de un funeral; es la que cada persona construye mientras todavía tiene vida.
Abogado y teólogo.
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