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La democracia necesita ciudadanos corregibles

La verdadera coherencia consiste en mantener los principios y estar dispuesto a revisar las conclusiones. Lo contrario no es firmeza; es vanidad. Y la vanidad tiene una extraña capacidad para disfrazarse de convicción.

ALEJANDRA GAVIDIA, COLUMNISTA DE EL DIARIO DE HOY thumbnail

La mayor amenaza para una democracia no son los fanáticos, son las personas absolutamente convencidas de que ellas no pueden estar equivocadas.

La diferencia parece sutil, pero no lo es. Los fanáticos siempre han existido. Lo nuevo es que la certeza dejó de ser un problema para convertirse en una virtud. Admiramos a quien nunca duda, aplaudimos a quien jamás rectifica y sospechamos de quien tiene la osadía de decir: “Después de escucharte, creo que estaba equivocado.”


Esa frase, por cierto, está en vías de extinción y es una mala noticia.

Nos gusta repetir que la democracia vive una crisis de polarización. Es una explicación cómoda, pero insuficiente. Las democracias nunca fueron lugares donde las personas pensaban igual. Si así hubiera sido, no habríamos necesitado parlamentos, elecciones, tribunales ni prensa libre. Bastaría una reunión de vecinos y un café.

La democracia nació de una idea mucho menos optimista y bastante más inteligente: que los seres humanos discrepamos, nos equivocamos y, sobre todo, ninguno debería tener el poder suficiente para convertir sus certezas en verdades obligatorias.

En otras palabras, la democracia no fue diseñada para ciudadanos infalibles. Fue diseñada para ciudadanos corregibles.

Toda su arquitectura descansa sobre esa sospecha. La división de poderes existe porque desconfiamos de que alguien tenga siempre la razón. La libertad de expresión existe porque asumimos que incluso las ideas incómodas podrían contener una parte de verdad. Las elecciones existen porque aceptamos que quienes gobiernan también pueden equivocarse.

La democracia, en el fondo, es un sofisticado sistema construido alrededor de una idea profundamente humana: todos somos falibles.

Lo curioso es que esa humildad institucional convive con una arrogancia ciudadana cada vez mayor.

Cada discusión parece un juicio donde todos llegan vestidos de jueces y nadie acepta ser acusado. No conversamos para poner nuestras ideas a prueba. Conversamos para demostrar que las del otro no resisten la prueba.

Hemos dejado de discutir para descubrir quién tiene razón, discutimos para decidir quién merece el ridículo.

Hay algo casi cómico en todo esto. Nunca habíamos tenido acceso a tanta información y, sin embargo, nunca habíamos desarrollado mecanismos tan eficaces para protegernos de cualquier dato que incomode nuestras convicciones. No buscamos información; buscamos confirmación. No seguimos a quienes nos desafían; seguimos a quienes nos tranquilizan.

Y después nos preguntamos por qué ya nadie cambia de opinión. Tal vez porque hemos convertido el cambio de opinión en una derrota.

Hace tiempo entendimos mal la coherencia. Creemos que ser coherente consiste en pensar hoy exactamente lo mismo que hace diez años, aunque el mundo haya cambiado, aunque los hechos sean otros, aunque la evidencia apunte en dirección contraria.

Pero eso no es coherencia, eso es inmovilidad.

La verdadera coherencia consiste en mantener los principios y estar dispuesto a revisar las conclusiones. Lo contrario no es firmeza; es vanidad. Y la vanidad tiene una extraña capacidad para disfrazarse de convicción.

Quizá por eso nuestras discusiones producen tan poca luz y tanto calor. Casi nadie entra en una conversación con la posibilidad real de salir pensando distinto. Entramos para hablar. Muy pocos entran para escuchar.

Lo preocupante no es que haya desacuerdos. Lo preocupante es que hemos dejado de creer que un buen argumento pueda cambiar una mente.

Cuando esa confianza desaparece, el adversario deja de ser alguien con quien vale la pena conversar y se convierte en alguien a quien hay que derrotar. La política deja de ser deliberación y empieza a parecerse a una guerra de trincheras donde el objetivo no es convencer al otro, sino evitar que los propios duden.

La democracia no muere cuando desaparece el consenso, empieza a agonizar cuando desaparece la posibilidad de la persuasión. Porque una sociedad donde nadie está dispuesto a cambiar de opinión es una sociedad donde todos hablan de libertad, pero muy pocos siguen siendo libres frente a sus propias certezas.

Y esa quizá sea la forma más elegante de perder una democracia: conservar intactas las instituciones mientras desaparece la virtud que las hacía posibles.

Las democracias no necesitan ciudadanos que siempre tengan razón. Necesitan ciudadanos capaces de soportar la humillación de descubrir que, a veces, no la tenían.

Alejandra Gavidia
Consultora política y Miss Universo El Salvador 2021

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